Deberes Básicos del Católico

En la Vida Política.

En este artículo queremos desarrollar algunas de las cuestiones esenciales que debe asumir hoy el católico al ejercer la política. Esta noble profesión, tan necesaria y a la vez tan vituperada, es una auténtica realización del mandato evangélico del servicio, pues… ¿qué otra cosa quiere decir “ministro” sino “servidor”? Entender este servicio como servicio a Dios, a la Nación y a cada uno de los hombres y mujeres es comprender la vocación política del dirigente [1].

En nuestra actuación diaria dos dinámicas se expresan de manera personal y colectivamente: la vida espiritual y la actuación para transformar el mundo por la lógica del amor. San Pablo nos dice que toda la creación gime desde la culpa original, en el dolor y el sufrimiento de este mundo, que espera la culminación de la historia con el retorno de Jesucristo [2]. Este sufrimiento puede ser mitigado, atenuado, por nuestra actuación personal y colectiva; obviamente religiosa, pero también en el sentido cultural social y político.

La política tiene que estar reinterpretada desde el amor. Y eso exige utilizar las concepciones y los instrumentos que hacen posible pasar de la dimensión religiosa a la intervención en una realidad, un mundo, una sociedad que son autónomos. En este proceso la concepción que se desprende del Magisterio es esencial.

La vida espiritual significa plegaria, contemplación, meditación de la Palabra y Sacramentos, dirigido todo al seguimiento de Jesucristo, en la transformación de uno mismo. Así, cuando hablamos de “transformar” significa, primero trascender, ir más allá de uno mismo; encontrarse con el otro y darse. El dolor del mundo, del otro, sólo se mitiga en el amor. La política es expresión de la caridad (Juan Pablo II), es decir, de la más alta expresión del amor.

La cuestión práctica es cómo transformar este fundamento en aplicaciones políticas cotidianas. Esta transformación se hace a través de la conciencia personal, que se esfuerza en formarse de manera continuada a partir de la Doctrina Social del Magisterio de la Iglesia.

El Magisterio nos ayuda en la interpretación de la Palabra. Fuentes básicas del Magisterio son los documentos papales y especialmente las cartas y encíclicas y el Catecismo de la Iglesia, como compilación básica. La Doctrina Social de la Iglesia es el campo del conocimiento más vinculado a la concepción práctica política.

Es fundamental el sentido de pertenencia a la Iglesia. Fidelidad a la fe [3], significa en el marco de la Iglesia católica, fidelidad a la Tradición, entendimiento en su sentido estricto - transmitir lo que nos ha sido dado - que necesita del Magisterio, que proviene de la Autoridad, que nace de la primacía de Pedro y la continuidad apostólica. Si alguien no es fiel a estas cuestiones tan inmediatas y de naturaleza humana - en una de sus dimensiones, la histórica - ¿cómo puede pretender ser fiel a Dios? Jesucristo ya lo advirtió (Lc. 16,10-13) que "el que no es fiel en lo pequeño, tampoco lo será en lo grande".

La fidelidad a la Iglesia no es una simple contingencia humana (un partido, una asociación, unos liderazgos personales), sino apertura y participación en el Misterio. La Iglesia junto con su dimensión humana, y por tanto marcado por el pecado, es también Cuerpo Místico de Cristo y Comunión de los Santos.

La pertenencia sólo es posible compartiendo la experiencia cristiana. Ésta es la cuestión práctica más importante. Nosotros que no vivimos de una ideología, sino del encuentro con el Cristo resucitado, necesitamos transmitir esta realidad viva y actuando, y eso quiere decir actuar en el espacio público. En consecuencia la acción común de los cristianos en la vida pública, por tanto también la política, forma ya parte de la respuesta, porque la acción en si misma es generadora de sentido.

Para ganar sentido de Iglesia el criterio fundamental radica en la mejora de la práctica y la formación personal en el seguimiento de Cristo en el marco de la Iglesia. La fe vivida como un continuo paso hacia el Misterio para redescubrir el primate de la iniciativa de Dios y la escucha creyendo. Éste es el fundamento de toda la respuesta, porque sin él ocurriría aquello que no es. Se produciría el error de transformar el hecho cristiano que es experiencia, encuentro, testigo, encarnación, vida en definitiva, en una ideología.

La pluralidad y la naturaleza laica de la sociedad política y el Estado, entendida en el sentido de la aconfesionalidad, son consecuencia de aquello que es inherente a la condición humana y condición de su dignidad: la libertad. Es en nombre de esta libertad que buscamos exponer mejor la buena nueva de Jesucristo y mostrar cómo la vida social, las instituciones con sus leyes, sus prácticas y sus estructuras, pueden verse mejoradas, inspiradas en su ejemplo, transmitidas a lo largo de los tiempos por su Iglesia. Ser católico no implica votar de una determinada manera, tener un programa económico concreto y tantas otras cosas, pero ser católico tampoco significa no ser nada. Pensar y actuar de manera que la fe no se hace visible porque se traduce en obras, que son inadecuadas o incluso no sirven a la fe sino al mundo contra ella. Es desde la pertenencia a la Iglesia y el seguimiento del Magisterio, no desde el individualismo subjetivista, o la voluntad de instrumentalizar la Iglesia a favor del "partido del mundo", desde donde podemos distinguir, acotar y definir allí dónde acaba el necesario pluralismo social cultural, económico y político, y donde empieza la desdichada diáspora, causa fundamental de nuestro débil testimonio evangélico.

Notas

  1. Card. F. X. Nguyen Van Thuan.- Mil y un pasos en el camino de la esperanza, n. 835: “Dirigir es servir: servir al Señor, servir a aquellos a quienes guía, servir al bien común. El dirigente debe hacerse servidor”.
  2. Cfr. Rom. 8, 19.
  3. Ib., n. 653: “Sólo los hombres renovados por su fidelidad al Evangelio renovarán la sociedad”.