¿Qué es la Doctrina Social
de la Iglesia?

Una Breve Introducción.

Recientemente hemos sido testigos del lanzamiento por parte del Pontificio Consejo de Justicia y Paz de un nuevo Compendio de Doctrina Social. Hace algunos años esta publicación hubiese provocado un movimiento de grandes dimensiones en los grupos de acción social, política y cultural, pero hoy ha sido pasado por alto en nuestras comunidades, grupos e institutos. ¿Por qué? ¿Sabemos de qué se trata?

La sociedad está inundada y sumergida muy profundamente en una concepción tecnocrática, y esta concepción incluye a casi todos, incluso a importantes grupos de acción social de la propia Iglesia. Esta mentalidad lleva a muchos a entender la doctrina social como palabras vacías o de carácter genérico que en nada importan a la masa y que en nada contribuyen a mejorar sus vidas diarias. Como advierte el mismo Secretario del Pontificio Consejo de Justicia y Paz, el Obispo Gianpaolo Crepaldi, al criticar el hecho que se conciba la doctrina social como “un elenco de valores entendido como exigencias éticas genéricas” insistiendo en que “no la entiendan como un elenco de buenos sentimientos, sino como verdad que debe hacerse amor inscrita en la cultura moderna”.

Si añadimos la indiferencia religiosa propia de nuestra época y la difícil etapa por la que atraviesa la Iglesia, resulta fácil comprender el bajo interés y la indiferencia al nuevo Compendio de Doctrina Social.

La persona es el fundamento de la Doctrina Social de la Iglesia

Si nos adentramos en la primera capa de ideas de la Doctrina Social inevitablemente toparemos siempre con el concepto de persona. Aquí se encuentra el vértice de inclinación de toda la filosofía cristiana y por oposición se traduce en visiones del hombre y la sociedad vitalmente distintas al de otras escuelas filosóficas. El hombre de la filosofía cristiana es un ser dotado de cuerpo y alma y llamado en primer lugar al gozo eterno de Dios. Esto supone que todo el orden humano esta subordinado al fin primario del hombre. En virtud de esta dimensión espiritual el hombre es una criatura sagrada, fin de toda la creación y fin del orden social.

Sin embargo el hombre también goza de una dimensión material, dimensión plenamente integrante de su ser, y que le permite vincularse a otros en sociedad. El hombre debe satisfacer adecuadamente sus necesidades materiales, de otro modo no le es posible alcanzar sus fines espirituales y por tanto toda la dimensión trascendente del hombre queda truncada obviando dichas necesidades. Es por ello que la sociedad, y en especial el Estado, ha de volcarse a dar a cada uno, y por tanto al todo, aquello mínimo indispensable para que el hombre realice adecuadamente su dignidad propia.

Bajo esta concepción del hombre, el desarrollo de la doctrina socialcristiana entra en un todo armónico, situando a la persona humana como elemento central de la sociedad y a Dios como fin superior de esta. Así la sociedad se debe a cada hombre y cada hombre se debe al bien de toda la sociedad.

La triple dimensión de la Doctrina Social Cristiana

Sintetizamos la Doctrina Social en una triple dimensión: promoción y defensa de la vida humana; conquista de la justicia social; respeto y amor por el prójimo.

La promoción y defensa de la vida humana

Ésta nace de la concepción de la vida como un bien inviolable y de carácter trascendente. Puesto que el hombre está llamado a un fin trascendente (lo que para muchos puede llevar a un desinterés respecto de la vida transitoria) nos conduce a afirmar que la vida es inviolable puesto que este fin superior supone una trascendencia de la persona en sí misma que es llamada a alcanzarlo. El hombre tiene carácter de todo y no puede ser considerado como parte o como medio para realizar algún fin “La dignidad de la persona manifiesta todo su fulgor cuando se consideran su origen y su destino. Creado por Dios a su imagen y semejanza, y redimido por la preciosísima sangre de Cristo, el hombre está llamado a ser hijo en el Hijo y Templo vivo del Espíritu; y está destinado a esa eterna vida de comunión con Dios, que le llena de gozo. Por eso toda violación de la dignidad personal del ser humano grita venganza delante de Dios, y se configura como ofensa al Creador del hombre”.

Esta concepción del hombre, recogida en la Declaración de Derechos Humanos de 1948, importa la profunda convicción que desde el mismo momento de la concepción comienza la vida humana con la misma trascendencia espiritual que la de cualquier otra persona. Importa también descartar cualquier atentado contra la vida y respetarla por tanto hasta la muerte natural. Ningún fin justifica atentar contra la vida, salvo que se trate de la defensa de la vida propia en casos extremadamente calificados... Hay gobiernos que permiten o estimulan atentados contra la vida humana en gestación bajo diversas excusas. “La iglesia, pues, en virtud del evangelio que se le ha confiado, proclama los derechos del hombre y reconoce y estima en mucho el dinamismo de la época actual, que está promoviendo por todas partes tales derechos. Debe, sin embargo, lograrse que este movimiento que imbuido del espíritu evangélico y garantizado frente a cualquier apariencia de falsa autonomía. Acecha en efecto, la tentación de juzgar que nuestros derechos personales solamente son salvados en su plenitud cuando nos vemos libres de toda norma divina. Por ese camino la dignidad humana no se salva; por el contrario, perece”.

La concepción cristiana sin embargo, no se agota en una mera defensa de la vida, cual actitud reaccionaria frente a todo cambio; no, el cristianismo además debe trabajar para dignificar la vida del hombre en la realidad concreta y crear las condiciones necesarias para su desarrollo en plenitud.

Justicia Social

El grupo social del cual el hombre es parte, es vital para el desarrollo íntegro de la persona humana, puesto que este desarrollo solo se logra en plenitud en comunión con otros. Sin embargo, si el conjunto social no se ocupa de dar a cada miembro de la sociedad lo necesario para su desarrollo, el bien del todo se deteriora, puesto que ese todo habrá sido incapaz de contribuir al desarrollo pleno de sus miembros.

A esto le llamamos justicia social, que consiste en hacer a la sociedad deudora frente a cada miembro que carece de lo necesario para subsistir dignamente. Así nace el deber del estado de generar condiciones, leyes y transformaciones culturales y sociales necesarias para que cada miembro sea auténticamente integrante del todo social. Somos testigos de grandes polos de marginalidad y pobreza; sectores que antaño podían estar protegidos hoy están expuestos a la llamada vulnerabilidad social que crea estados permanentes de desprotección; es necesario también pasar de un concepto cuantitativo del desarrollo social (más educación, más salud, etc.) a un concepto cualitativo que solucione eficazmente los problemas sociales en una sociedad post- Estado de bienestar; la organización de las ciudades y la descentralización, con sus subsecuentes consecuencias en la calidad de vida, han de plantearse como nuevos desafíos para nuestro país. “La justicia es, al mismo tiempo, virtud moral y concepto legal. En ocasiones, se la representa con los ojos vendados; en realidad lo propio de la justicia es estar atenta y vigilante para asegurar el equilibrio entre derechos y deberes, así como el promover la distribución equitativa de los costes y beneficios. La justicia restaura, no destruye; reconcilia en vez de instigar a la venganza” “...queda por instaurar una mayor justicia en la distribución de los bienes, tanto en el interior de las comunidades nacionales como en el plano internacional... Las relaciones de fuerza no han logrado jamás establecer efectivamente la justicia de una manera durable y verdadera”.

Respeto y amor por el prójimo

Nuestra fe nos llama a amar al prójimo como hermano puesto que todos somos hijos de un mismo padre. Sin embargo, una visión de razón inspirada en la fe cristiana nos indica que la autoafirmación de mi propia existencia como sujeto de derechos y esencialmente digno me ha de llevar a afirmar la misma dignidad respecto de nuestros pares. Lo que hace la doctrina social es traducir esta afirmación en consecuencias sociales concretas. La primera de ellas es el respeto a la libertad como uno de los ejercicios más profundos y manifestación radical de la dignidad y trascendencia espiritual de la persona humana.

La libertad es un derecho inalienable del hombre. Sin libertad no es posible que el hombre se realice como persona; cuando se suprime la libertad en el fondo se suprime al hombre “La libertad en su esencia es interior al hombre, connatural a la persona humana, signo distintivo de su naturaleza. La libertad de la persona encuentra, en efecto, su fundamento en su dignidad trascendente: una dignidad que le ha sido regalada por Dios su creador, y que le orienta hacia Dios... Ninguna fuerza o apremio exterior la podrá jamás arrebatar (al hombre) ya que constituye su derecho fundamental, tanto como individuo cuanto como miembro de la sociedad. El hombre es libre porque posee la facultad de determinarse en función de lo verdadero y del bien.” La libertad cristiana siempre se ha entendido en base a la verdad, es decir, el hombre es auténticamente libre cuando opta actuar según la verdad.

Lamentablemente hoy día aún vemos países donde pensar distinto al gobernante de turno es un delito que merece las más crueles penas. Incluso con tristeza vemos que importantes políticos que lucharon por la libertad y la democracia se presentan curiosamente distraídos o como apologetas de regímenes que suprimen sistemáticamente la libertad y la dignidad de las personas.

Por ello es necesario que los cristianos se pronuncien por un sistema que garantice la libertad y la dignidad humana. La Doctrina Social se ha preocupado de ahondar el concepto de democracia como aspiración evangélica y ratificando la democracia como el mejor de los sistemas, ha buscado su sentido auténtico. “La Iglesia aprecia el sistema de la democracia, en la medida en que asegura la participación de los ciudadanos en las opciones políticas y garantiza a los gobernados la posibilidad de elegir y controlar a sus propios gobernantes, o bien la de sustituirlos oportunamente de manera pacifica” “ ... Si hoy se percibe un consenso casi universal sobre el valor de la democracia, esto se considera un positivo signo de los tiempos, como también el Magisterio de la Iglesia a puesto de relieve varias veces. Pero el valor de la democracia se mantiene o cae con los valores que encarna y promueve”.