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Qué meditar y cómo meditar
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Nivel superior
En el camino de la esperanza
2007
Octubre
Articulos
Un doble obstáculo hay que evitar en lo relativo al método o forma de practicar la meditación: la excesiva rigidez y el excesivo abandono.
Método de la meditación.-
Un doble obstáculo hay que evitar en lo relativo al método o forma de practicar la meditación: la excesiva rigidez y el excesivo abandono. Al principio de la vida espiritual es poco menos que indispensable la sujeción a un método concreto y particularizado. Pero a medida que va ya creciendo y desarrollándose sentirá cada vez menos la necesidad de aquellos moldes, y llegará un momento en que su empleo riguroso representaría un verdadero obstáculo e impedimento para la plena expansión del alma en su libre vuelo hacia Dios.
Todos los métodos que se practican en la Iglesia tienen sus ventajas e inconvenientes. Al hacer la elección téngase en cuenta, sobre todo, que el mejor procedimiento para cada uno es el que le empuje con mayor eficacia al amor de Dios y desprecio de sí mismo.
San Ignacio de Loyola señala en sus Ejercicios espirituales varios métodos de oración mental:
• La aplicación de las tres potencias: memoria, entendimiento y voluntad; contemplación imaginaria de los misterios de la vida de Cristo;
• Aplicación de los cinco sentidos;
• Tres “modos de orar”, que consisten:
1. Una especie de examen en torno a los mandamientos, pecados capitales, etc;
2. En considerar una por una las palabras de una determinada fórmula de oración, v.gr., el Padrenuestro;
3. “Oración por compás”, en pronunciar de una manera rítmica y acompasada (a cada respiración) alguna palabra de una fórmula determinada (el Padrenuestro, por ejemplo) mientras se va meditando en ella. En la famosa “contemplación para alcanzar amor” propone un método para ascender de las criaturas a Dios, a semejanza de San Buenaventura en su Itinerario.
San Francisco de Sales señala: la preparación (presencia de y , invocación, proposición del misterio), consideraciones, afectos, propósitos y conclusión con el fruto y ramillete espiritual.
Materias que se han de meditar.-
En las condiciones ordinarias no conviene proponer al espíritu más que un pequeño número de pensamientos. Cuando se sabe orar, uno, dos, tres, a lo sumo, bastan para alimentar la más larga oración. No se olvide nunca: no se trata aquí de ver sino para amar o querer. La oración es, ante todo, un ejercicio del corazón. En general, los libros presentan una abundancia tal, que transforma la meditación en lectura espiritual. Claro que no toda la culpa la tienen los libros; de una mesa servida con demasiada abundancia no se debe comer de todo, sino tan sólo según el gusto y el apetito. Son preferibles, sin embargo, los libros que no indican para cada día más que dos o tres pensamientos; éstos son los mejores en su clase. Los que para una sola meditación condensan tratados enteros sobre la materia, acusan en sus autores una noción muy defectuosa de la oración; en lugar de simplificarla y facilitarla, la complican y en parte la suprimen.
Las materias ordinarias que es conveniente meditar son las que unen al alma con Dios, la mantienen en la fiel observancia de sus mandamientos y la ayudan a santificar su vida. Las obligaciones de su estado, los vicios y las virtudes, los novísimos, Dios y sus perfecciones, Jesucristo, sus misterios, sus ejemplos y las palabras; la bienaventurada Virgen María y los santos, las solemnidades y los aspectos diversos del ciclo litúrgico; tales son las consideraciones más propias para excitar la devoción y alimentar la piedad. Pero hay para cada uno puntos particulares sobre los que conviene insistir con frecuencia, tales como el defecto dominante, el atractivo especial de la gracia, los deberes y peligros de su condición y estado. Fuera de éstos y en ellos mismos, las circunstancias, el movimiento interior y los consejos de un sabio director determinan el verdadero campo de la meditación. En todo caso es siempre útil repetir, aunque sea muchas veces, las que más nos han movido y empujado a la oración....
Pero, cualquiera que sea la materia particular que se medite, el objeto principal de nuestras consideraciones y afectos ha de ser siempre Nuestro Señor Jesucristo. Nuestras oraciones, lo mismo que nuestras obras, no son agradables a Dios sino en la medida en que hayan sido hechas en unión con el divino Mediador.
Detalles complementarios.-
TIEMPO.- La eficacia santificadora de la oración depende en gran escala de la constancia y regularidad en su ejercicio. Los momentos más propios son: por la mañana temprano, por la tarde antes de la cena y a medianoche. Si no se puede vacar a la oración más que una sola vez al día, es preferible la mañana. El espíritu, refrescado por el reposo de la noche, posee toda su vivacidad; las distracciones no le han asaltado todavía, y este primer movimiento hacia Dios imprime al alma la dirección que ha de seguir durante el día”.
Los sagrados libros señalan también la mañana y el silencio de la noche como las horas más propias para la oración: “Ya de mañana, Señor, te hago oír mi voz; temprano me pongo ante ti, esperándote” (Ps 5,4); “...y mis plegarias van a ti desde la mañana” (Ps 87, 14); “Me levanto a medianoche para darte gracias por tus justos juicios” (Ps 118, 62); “...y pasó la noche orando a Dios” (Lc 6,12).
LUGAR.- Suele ser la capilla o el coro. Y aun en privado conviene hacerla allí por la santidad y recogimiento del lugar y presencia augusta de Jesús sacramentado. Pero en absoluto se puede hacer en cualquier lugar que convide al recogimiento y concentración del espíritu. La soledad suele ser la mejor compañera de la oración bien hecha.
POSTURA.- La postura del cuerpo tiene una gran importancia en la oración. Sin duda es el alma quien ora, no el cuerpo.
En general, conviene una postura humilde y respetuosa. Lo ideal es hacerla de rodillas, pero esta regla no debe llevarse hasta la rigidez. Como dice Santa Teresa, “regalo y oración no se compadecen” (Camino 4,2); y la segunda, porque es una postura excesivamente penosa e incómoda podría ser motivo de distracción y aflojamiento en el fervor, que es lo principal de la oración.
DURACIÓN.- La duración de la oración mental no puede ser la misma para todas las almas y géneros de vida. El principio general es que debe estar en proporción con las fuerzas, el atractivo y las ocupaciones de cada uno.
Fuente: “Teología de la Perfección Cristiana” de Padre Martín Arroyo. Editorial BAC.
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