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La Virtud de la Prudencia (II)
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Nivel superior
En el camino de la esperanza
2005
Septiembre
Articulos
La prudencia es un hábito del entendimiento práctico que dirige nuestro juicio para discernir e imperar en cada uno de nuestros actos lo que es bueno y debe hacerse porque nos conduce hacia el último fin, y lo que es malo y debe omitirse porque nos aparta del último fin.
La prudencia está dirigida a lo operable: inclina al hombre a actuar de acuerdo con su condición humana, según la razón, y en el caso del cristiano, según la fe, conformando la acción con el fin último que tiene que conseguir.
Busca la rectitud en la acción que se va a realizar a la vez que la perfección de la persona que realiza la acción.
• Santo Tomás afirma el resultado de la prudencia es el bien humano.
Está relacionada al último fin y por tanto, está relacionada con la fe, que es la que nos descubre cual es el fin de la conducta humana. Pero es la prudencia la que en la complejidad de la vida y la multiplicidad de los actos humanos nos lleva a discernir lo que es conveniente en cada momento (“hic et nunc”) para conseguir ese fin que nos descubre la fe y lo que es obstáculo para conseguirlo.
Aplica lo general (la norma moral) a lo concreto (deben ser buenos tanto el fin como los medios y el modo concreto de actuar para conseguirlo).
• Esto no se refiere a la moral de situación, en la que la norma moral se identifica con el subjetivismo. En ese caso la conciencia serÃa no sólo la norma próxima sino también la norma última de la moralidad.
Para que una persona obre con rectitud moral es necesario que además de querer hacer el bien, sepa hacerlo, y luego, que lo haga. La prudencia es la virtud que lleva a hacer bien el bien. Por eso la prudencia deshace esa aparente dicotomÃa entre la autonomÃa y la heteronomÃa. No es el hombre el que se marca el fin. El hombre no es autónomo en ese sentido, sino en el sentido de que es capaz de descubrir esa orientación y de quererla.
Es necesario evitar dos extremos:
• el quietismo: no actuar para dar paso a Dios;
• el absolutismo: cada uno puede hacer lo que quiera.
Aristóteles y los Padres llaman a la prudencia la “auriga virtutum”, la conductora de las virtudes.
La prudencia es la raÃz de la rectitud en el obrar, la “conciencia de los principios” y la “conciencia de las situaciones”
Es necesario el conocimiento (la ciencia), pero no basta. Santo Tomás (S. Th. II-II, q. 47, a. 3): el prudente necesita conocer tanto los principios universales del obrar (sindéresis) como el saber obrar en cada caso concreto (saber aplicar los principios al caso concreto). Para ello podemos aplicar la siguiente fórmula:
Prudencia = “conciencia de los principios” + “conciencia de las situaciones”.
Spaemann: la prudencia le hace justicia a la verdad, a la realidad; la dependencia de la verdad es fundamental en el ejercicio de la prudencia.
Toda virtud depende de la prudencia en cuanto que la prudencia lleva a poner en acto aquellas acciones de la virtud de que se trate en cada caso.
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