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Nivel superior En el camino de la esperanza 2004 Febrero Articulos


 

Hago el mal que no quiero y no el bien que quiero

Recuerdo que, cuando inicie mi conversión, mi directora espiritual me decía: “¡Cuidado con las pasiones!”. Yo tenía alguna relación con el mundo del arte y la cultura, así que el consejo me parecía demasiado mocho.



Ímpetus pasionales


Recuerdo que, cuando inicie mi conversión, mi directora espiritual me decía: “¡Cuidado con las pasiones!”. Yo tenía alguna relación con el mundo del arte y la cultura, así que el consejo me parecía demasiado mocho. Pero la cuestión se agudizaba cuando remataba: “la prudencia [sobrenatural y no la de los respetos humanos] debe gobernar incluso sobre el amor”. Mi visión romántica de la vida chocaba con tan “pragmática” sugerencia. El tiempo le han dado la razón a tan santa mujer...

Siempre me ha llamado la atención aquélla vehemente exclamación de San Pablo: “...hago el mal que no quiero y no el bien que quiero”. Y sobre ello sobra que reflexionar, pero en esta ocasión atenderemos a la orientación de esa fuerza que también camina de la mano con nuestra conocida y bendecida fragilidad, pues: “cuando soy débil, entonces soy fuerte”.
Analicemos sus componentes en orden:

  1. El amor hay que encausarlo: a) en el orden natural: a la familia, a las amistades buenas, a la ciencia, al arte, a la patria...; b) en el orden sobrenatural: a Dios, a Jesucristo (el amigo más fiel y generoso), a María, a los ángeles y a los santos, a la Iglesia, a las almas...
  2. El odio hay que orientarlo hacia el pecado –y no al pecador-, enemigos de nuestra alma (mundo, demonio y carne) y todo aquello que pueda rebajarnos y envilecernos en el orden natural o sobrenatural.
  3. El deseo hay que trasformarlo en legitima ambición: natural, de ser provechoso a la familia y a la patria, y sobrenatural, de alcanzar a toda costa la perfección o santidad.
  4. La fuga o aversión, tiene su objeto más noble en la huída de las ocasiones peligrosas, en evitar cuidadosamente todo aquello que pueda comprometer nuestra salvación o santificación.
  5. El gozo hemos de hacerlo recaer en el cumplimiento perfecto de la voluntad de Dios sobre nosotros, en el triunfo de la causa del bien en el mundo entero, en la dicha de sentirse, por la gracia santificante, hijo de Dios y miembro vivo de Jesucristo.
  6. La tristeza y el dolor hallan su expresión adecuada en la contemplación de la pasión de Jesucristo, de los dolores de María, en los sufrimientos y persecuciones de que es víctima la Iglesia o los mejores de sus hijos, del triunfo del mal y de la inmoralidad en el mundo...
  7. La esperanza ha de alimentarse en la soberana perspectiva de la felicidad inenarrable que nos aguarda en la vida eterna, en la confianza omnímoda en la ayuda de Dios durante el destierro en la seguridad de la protección de María “ahora y en la hora de nuestra muerte”...
  8. La desesperación hay que trasformarla en una discreta desconfianza en nosotros mismos, fundada en nuestros pecados y en la debilidad de nuestras fuerzas, pero plenamente contrarrestada por una confianza total en el amor y misericordia de Dios y en l ayuda de su divina gracia.
  9. La audacia ha de convertirse en animosa intrepidez y valentía para afrontar y superar todos los obstáculos y dificultades que se interpongan ante el cumplimiento de nuestro deber y en el proceso de nuestra santificación, recordando que “el Reino de los Cielos padece violencia, y solamente los que se la hacen a si mismos lo arrebatan” (Mt 11,12).
  10. El temor ha de recaer en la posibilidad del pecado, único verdadero mal que puede sobrevenirnos, y en la pérdida temporal o eterna de Dios, que sería su consecuencia; pero no de manera que nos lleve al abatimiento, sino como acicate y estímulo para morir antes que pecar.
  11. La ira, en fin, hay que trasformarla en santa indignación que nos arme fuertemente contra el mal.










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