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Nivel superior En el camino de la esperanza 2004 Febrero Articulos


 

La Paz es Posible y Necesaria

Mensaje de Año Nuevo 2004 de Monseñor Arizmendi.



La paz es una bendición


Al iniciar el nuevo año, la Iglesia nos invita a celebrar a la santísima Virgen María como Madre de Dios, porque por medio de ella nos llegó el Salvador, a quien se puso el nombre de Jesús, a los ocho días de haber nacido. En Jesús, Dios Padre nos ha colmado de bendiciones, y una de ellas es la paz. Por eso, desde 1968, el Papa Pablo VI estableció este día como “Jornada Mundial de la Paz”, y el Papa Juan Pablo II ha seguido fielmente la tradición. Con este motivo, nos ha enviado un mensaje titulado: “Un compromiso siempre actual: educar a la paz”.
La paz es la mayor bendición para las familias y los pueblos. Esta bendición tiene su origen en Jesucristo, pues “El es nuestra paz” (Ef 2,14). Al hacernos como El, hijos del mismo Padre celestial, nos constituye en hermanos, y por tanto llamados a vivir en paz. Así lo expresa San Pablo: “Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estábamos bajo la ley, a fin de hacernos hijos suyos. Puesto que ya son ustedes hijos, Dios envió a sus corazones el Espíritu de su Hijo, que clama ‘¡Abbá!’, es decir, ¡Padre! Así que ya no eres siervo, sino hijo; y siendo hijo, eres también heredero por voluntad de Dios” (Gál 4,4-7).

En Cristo, por él, y en él, somos hermanos, miembros de una sola familia. Nada, pues, más absurdo que vivir en conflictos constantes y en guerras. Por ello, al empezar un nuevo año, es muy oportuno hacer esta oración del Salmo 66 (67): “Ten piedad de nosotros y bendícenos; vuelve, Señor, tus ojos a nosotros… Las naciones con júbilo te canten, porque juzgas al mundo con justicia; con equidad tú juzgas a los pueblos y riges en la tierra a las naciones”. Que el Señor nos bendiga con su paz durante todo este año, y siempre.

Somos conscientes, sin embargo, de que la realización de la paz es algo complejo, y por esto difícil de lograr plenamente. En la Biblia, se resaltan estos elementos: las buenas relaciones con los vecinos y con Dios, la ausencia de pleitos, la abundancia de frutos sobre la mesa de los pobres, la justicia como recompensa del actuar humano, la defensa de los pobres, la liberación de una situación calamitosa. Esta paz, fruto de la justicia, se equipara con el Reino de Dios, con Jesucristo, don del Padre, y se va realizando en mediaciones históricas, siempre parciales y progresivas.

No es fácil construir la paz. Por esto, advierte el Papa en su mensaje: “Los hombres, ante las tragedias que siguen afligiendo a la humanidad, están tentados de abandonarse al fatalismo, como si la paz fuera un ideal inalcanzable” (No. 4). No es así. “¡Aún hoy, al inicio del nuevo año 2004, la paz es posible! Y, si es posible, la paz es también una necesidad apremiante” (Introd.). “La humanidad necesita más que nunca reencontrar la vía de la concordia, al estar estremecida por egoísmos y odios, por afán de poder y deseos de venganza” (No. 1). “Los cristianos sentimos, como característica propia de nuestra religión, el deber de formarnos a nosotros mismos y a los demás para la paz” (No. 3). “La Iglesia no se cansa de repetir: La paz es necesaria. Esta se ha de construir sobre las cuatro bases indicadas por el Beato Juan XXIII: la verdad, la justicia, el amor y la libertad” (No. 4).
Este mensaje de paz, ¿qué aplicaciones concretas tiene para Chiapas? ¿Cómo debemos educarnos para ser constructores de la paz que tanto anhelamos? ¿Qué podemos ofrecer los cristianos, para que el Evangelio de Jesús sea fuente de paz y de bendición?

A diez años del EZLN


Al cumplirse diez años de la aparición pública del “Ejército Zapatista de Liberación Nacional” (EZLN), muchos nos preguntan: ¿Qué frutos ha dado? ¿Ha mejorado la suerte de los indígenas? ¿Qué perspectivas hay para la reanudación de diálogos con el Gobierno? ¿Cuál es la tarea de la diócesis?

Ante todo, debemos decir que la lucha por que los indígenas tengan mayor conciencia de su dignidad y de sus derechos, que sean sujetos de su historia, tanto en la Iglesia como en la sociedad, y que vivan con mayor justicia, es una tarea que por muchos años ha desarrollado esta diócesis. Mons. Samuel Ruiz García luchó arduamente por ello, lo que le causó muchas incomprensiones. No se le puede negar su gran mérito en la promoción de los indígenas y en la defensa de sus derechos. En esa línea hemos procurado mantenernos, pues la “opción por los pobres” es una exigencia del Evangelio, que no se debe perder nunca, ni aquí ni en ninguna parte.

Ya desde el mismo 1 de enero de 1994, los tres obispos de Chiapas (Samuel Ruiz, Felipe Aguirre y Felipe Arizmendi), emitimos un documento en que sosteníamos que era justa la causa por la que algunos se habían levantado en armas, pues la pobreza, el racismo y la marginación no son ni humanas ni cristianas; sin embargo, no aprobábamos el recurso a las armas. Esta ha sido nuestra postura, y nos sostenemos en ella.

No puede haber paz permanente si no hay justicia plena. México no puede estar tranquilo, mientras miles de indígenas, descendientes de los primeros pobladores de estas tierras, dueños legítimos de una cultura milenaria y de territorios propios, sigan siendo marginados y excluidos, al no reconocerles plenamente sus justos derechos.

Por tanto, la lucha pacífica por la justicia debe seguir, y en ella todos hemos de involucrarnos, sin esperar que todo lo resuelva el Gobierno. En este sentido, aplaudimos que el EZLN haya obedecido la indicación que le dio la sociedad civil de no acudir más a las armas, sino de ser como un movimiento político de transformación social. Alabamos que no haya recurrido al terrorismo, al secuestro, ni a nuevos enfrentamientos bélicos. Luchar por cambiar el sistema económico mundial, por mejorar nuestro sistema político, social y cultural, e incluso por lograr una “reforma del Estado mexicano”, es una tarea a la que hemos de sumarnos, pues en la medida en que haya justicia, democracia y libertad para todos, en especial para los pobres, se harán innecesarias las armas. Como los mismos dirigentes zapatistas han dicho, luchar por la justicia es la mejor manera de desarmarlos. Que se desgasten, pues, las armas, que su pudran, que desaparezcan; pero que no se desgaste la lucha pacífica por la justicia.

Avances y retrocesos


Desde antes que apareciera públicamente el EZLN, ya el Gobierno había hecho algunos esfuerzos por atender el grave rezago de varias regiones de Chiapas, como la Sierra (que era la más marginada), la Selva, los Altos y el Norte. Después del 94, se han volcado muchos recursos, que se han traducido en obras de infraestructura. La situación ha mejorado; hay más carreteras, escuelas, clínicas, electrificación, agua entubada, viviendas, etc. Se dio un paso importante en la legislación sobre derechos y cultura indígenas, a pesar de que no fue satisfactoria para muchos. Es un proceso que no se ha cerrado, y que exige creatividad para avanzar. Se ha distribuido mejor la tierra, aunque no siempre en forma concordada con los anteriores dueños. Se empieza a dar su lugar a las mujeres. Se han promovido muchas organizaciones sociales y cooperativas, para trabajar en común y lograr mejores precios para sus productos. En especial, hay que resaltar que muchos indígenas han retomado conciencia de su dignidad y de sus derechos.

A pesar de estos y otros logros, es vergonzosa la marginación que aún persiste. Hay muchas pequeñas poblaciones que carecen de los servicios más elementales, como agua entubada, luz eléctrica, carretera y escuela. Todavía muchos niños y mujeres mueren por enfermedades curables, sin servicios médicos. A veces hay clínicas o casas de salud, pero sin medicinas. El bajo precio del café y de lo que producen los campesinos, provoca una creciente migración, con peligro de desintegración familiar y pérdida de identidad cultural. Nos inquieta y cuestiona el hecho de que cada vez más indígenas viven en una preocupante transición cultural, queriendo como borrar de su historia su identidad indígena. No se ha erradicado el racismo tan inhumano y anticristiano en algunos sectores mestizos de la sociedad. Algunos indígenas han caído en un racismo de revancha ante los mestizos.

Nos anima la esperanza de que no se avizora una posible reactivación de la guerrilla, con acciones bélicas; pero nos preocupa que no haya perspectivas de un nuevo diálogo con el Gobierno, pues hay desconfianza y desencanto. Lo más delicado en este momento es la división interna en las comunidades. Lo doloroso es que ahora se enfrentan indígenas contra indígenas, unos zapatistas y otros no zapatistas, pobres contra pobres. Unos aceptan programas del Gobierno, y otros los rechazan, con lo cual se pierde lo más típico de los pueblos indígenas, que es el consenso y los acuerdos comunitarios. Por las divisiones, no se puede, por ejemplo, construir ni pavimentar una carretera, que es vital para una vida más digna.

Los conflictos por pertenecer a diversos partidos políticos u organizaciones, por problemas agrarios, y en algunos pocos casos también por diferencias religiosas, a veces acaban en violencia. No han desaparecido las armas, lo cual siempre es un peligro para la convivencia pacífica. La decisión de aplicar las autonomías, sin un marco legal reconocido constitucionalmente, ha generado la existencia de dos marcos jurídicos, no fáciles de compaginar. Dicen que lo consideran legítimo, aunque no sea legal; pero esto provoca graves fracturas en los pueblos. Ha habido abusos en el ejercicio de la autoridad, incluso violaciones a los derechos humanos, que tratan de remediar las “Juntas de Buen Gobierno”.

Aporte de la Iglesia


Nuestra tarea como Iglesia es promover la justicia y la paz, la reconciliación y el perdón, la unidad y el amor fraterno; por ello, acompañamos la lucha por un desarrollo más humano y por un sistema político y económico más justo. Como diócesis, reafirmamos nuestro compromiso con las mayorías empobrecidas y les ratificamos nuestro cercano acompañamiento.

Nuestra misión es hacer presente el amor de Jesucristo, sirviendo como de puente que una a las personas y a los grupos. La Iglesia es espacio de comunión de los que son diferentes, para que cada uno aporte sus dones al bien de todo el cuerpo social. Como dice claramente el III Sínodo Diocesano, “como Iglesia no podemos identificarnos ni depender de partidos y organizaciones políticas y militares” (No. 89), sino que, a partir de nuestra fe “en el Evangelio de Jesús, que es un Evangelio de paz (No. 81), hemos de continuar con nuestro compromiso diocesano, de ser promotores y mediadores de la paz y cumplir con el ministerio de la reconciliación que Dios nos dio para cambiar esta situación de guerra y de conflictos entre hermanos, evitando el pleito, el odio, el chisme y el rumor en nuestras comunidades” (No. 84). Queremos ser una Iglesia signo de paz y de unidad.

Movidos por este servicio evangélico a la paz, pedimos a gobernantes, legisladores, ejército federal, zapatistas, partidos políticos, medios informativos, organizaciones populares, líderes religiosos, educadores, hombres y mujeres de buena voluntad, que colaboremos en construir y fortalecer un clima de distensión en estas regiones de Chiapas, reconocidas como “zona de conflicto”. Esto, para seguir creando condiciones favorables a la reanudación de un diálogo pacificador, donde se esclarezcan los justos derechos de los indígenas, tanto en su legitimidad, como en su legalidad. Los “Acuerdos de San Andrés” son una base sobre la que se pueden construir fecundos diálogos. Así, todos nos haremos corresponsables de la paz del país.

Que el Espíritu Santo nos conceda la sabiduría, la fortaleza y la prudencia necesarias, para que disfrutemos de la paz que Jesucristo nos trajo, y que confirmó desde la cruz, destruyendo los muros del odio y las divisiones entre sus seguidores.

Del 1 de enero al 31 de diciembre de 2004, por decisión unánime del episcopado mexicano, celebraremos el “Año de la Eucaristía”, con ocasión del Congreso Eucarístico Internacional, a realizarse en Guadalajara en octubre próximo. Que la participación en la Eucaristía nos contagie del amor de Jesucristo, para que los cristianos seamos constructores de paz, de justicia y de fraternidad. Y que Santa María de Guadalupe nos congregue en el amor de una sola familia mexicana.



+ Felipe Arizmendi Esquivel
Obispo de San Cristóbal de Las Casas

+ Enrique Díaz Díaz
Obispo Auxiliar de San Cristóbal de L. C.









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