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Nivel superior
En el camino de la esperanza
2004
Marzo
Articulos
EloÃ, EloÃ, Lema sabactanÃ. “En mi primer defensa nadie me asistió, antes bien todos me desampararon, [...] Pero el Señor me asistió y me dio fuerzas para que, por mi medio, se proclamara plenamente el mensaje” (2 Tm 4, 16-17).
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En estas palabras de Pablo se refleja mi experiencia durante los duros años de cautiverio. No es que mis fieles y mi sacerdotes me hubieren abandonado, pero nadie podÃa hacer nada por mi. Me quedé completamente aislado y experimenté el abandono. Pero “el Señor me asistió”; asà que el Padre, incluso cuando se oculta, no nos abandona.
La prisión donde me hallaba los primeros meses está en la parte más católica de la ciudad de Nhatrang, de la que fui obispo durante ocho años.
Desde mi celda oigo, mañana y noche, las campanas de mi catedral y, durante todo el dÃa las de muchas parroquias y comunidades religiosas. Hubiera preferido estar en el monte para no oÃr.
Durante la noche, en silencio, oigo el ruido de las olas del Pacifico, que en otro tiempo veÃa desde la venta de mi despacho. Nadie sabe donde me encuentro, si bien la carcel sólo dista unos kilómetros de mi casa. ¡Vivo el absurdo!
La noche del 1 de diciembre de 1976, como ya he contado, nos sacan de la prisión de Hai-Phong. Aquella noche, en espera de embarcar, nos hacen sentarnos en el suelo, en medio de la oscuridad. A lo lejos, a tres kilómetros, veo las luces de la ciudad de Saigon, centro de la diócesis de la que fui nombrado coadjutor el 24 de abril de 1975. Sé que tengo ante mà un viaje que me llevará lejos de aquÃ. El dolor dentro de mi me angustia. Pienso en el apóstol Pablo, cuando en Mileto se despide de los ancianos de Éfeso sabiendo que no los volverÃa a ver nunca más. Y yo no puedo despedirme de los mÃos. No puedo ni confortarlos ni darles algún consejo. Dentro de mà les digo adiós, especialmente a mi buen arzobispo anciano Pablo Nguyen Van Binh, con el corazón herido al pensar que ya no los volverÃa a ver. Hasta hoy no los he vuelto aver.
He sentido un profundo sufrimiento pastoral por todo esto, pero puedo testimoniar que el Padre no me ha abandonado y que me ha dado fuerzas.
BibliografÃa
“Testigos de esperanza”, Cardenal Fco. X. Nguyen Van Thuan, Ciudad Nueva, p. 101
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