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Nivel superior En el camino de la esperanza 2007 Julio Artículos


 

¿Existe una relación entre inteligencia y felicidad?

Dedicado a un hermano, a un hombre que busca y encuentra.



Antecedentes y Supuestos


“Inteligencia” y “felicidad” son conceptos muy amplios, imposibles de agotar y acotar en este espacio. La intención de estas líneas es pues una pronta pero no menos profunda aproximación.

Dios le dio a la persona humana cuatro cualidades que, lo hacen semejante a Él y superior al resto de las criaturas, para alcanzar la felicidad: inteligencia (descubre un bien.), voluntad (quiere conseguir ese bien), libertad (decide alcanzar ese bien), capacidad de amar (es la capacidad inteligente, voluntaria y libre de darse uno mismo al prójimo, de entregarse totalmente a los demás sin poner condiciones).

Frente a lo racional tendría la primacía la experiencia, concreta, sensible; el conocimiento que se manifiesta en los sentimientos íntimos; el conocimiento místico, o aquel que va más allá de lo racional que se llega por el amor humano o por la experiencia religiosa. De estos niveles de conocimiento, lo racional quedaría excluido.

Santa Teresa habla con toda naturalidad de las "potencias del alma", refiriéndose a la inteligencia y a la voluntad, y cuenta cómo Dios "toca" estas potencias cuando viene a su encuentro en la experiencia mística. Esta concepción del hombre no peca de reduccionista, porque el hombre no queda reducido a sus "potencias".

Inteligencia y Sabiduría


Hoy se reconocen tres tipos de inteligencia: intelectual, emocional, y moral.

Para mí, la palabra inteligencia participa del concepto de sabiduría. Y sabio es alguien que ha llegado a un punto de notable paz interior, no de frenética búsqueda del saber. Esto es importante, porque la sociedad actual no posee sabiduría, sino una loca búsqueda de saber más y más, de acumular conocimientos. El sabio sabe lo que quiere, busca lo esencial, aquello que hace al bien de la gente, busca la armonía de las cosas y de los hombres, el balance perfecto. Tiene silencios y pausas, reflexiones y meditación. Pero por sobre todo lo demás, quien es sabio ha llegado a un punto en que es capaz de reconocer sus propios límites: se ha visto tantas veces enfrentado a no poder explicar cosas, hechos, situaciones, que ya sabe que él tiene su campo de entendimiento acotado, y que superarse consiste justamente en reconocer y respetar ese limite, a tiempo.

¿Quién es realmente inteligente? Pienso que es aquel quien acepta a Dios tal como es, Creador y Omnipotente, Omnisciente y Omnipresente. Todo lo puede, todo lo sabe, está en todas partes, es quien creó todas las cosas. Si Dios nos ha dado el don de la inteligencia, es para que la pongamos a su servicio. Estar dotado de una inteligencia superior al promedio es un don que Dios nos da, pero también es una prueba a la que él nos somete. Por eso podríamos concluir que ser sabio es poner tu inteligencia al servicio de Dios.

Fe y Razón, una lectura a la luz del Magisterio de la Iglesia.


Examinando en una perspectiva histórica tanto el racionalismo como el fideísmo, es claro que se necesita “una fuerte alianza entre la razón y la fe, las dos alas con las que el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad” (Cardenal Poupard). Y al respecto escribió S.S. Juan Pablo II que la fe y la razón se enriquecen mutuamente en el descubrimiento de las múltiples dimensiones de la verdad.

Con los medios de nuestra razón, debemos encontrar los caminos y hallar los medios más adecuados para ser felices. Empero es fácil advertir que las cosas que nos proporciona el mundo material, o incluso intelectual, no responden a las necesidades más profundas del hombre, porque el hombre tiene el deseo del infinito. El hombre necesita a Cristo porque tiene deseo del infinito. Lo necesita porque, Cristo, con su sacrificio, restituye en nosotros la posibilidad de la vida eterna. Es sabido que no puede el hombre saciarse de una felicidad plena en este mundo, es esta vida que, como diría santa Clara, “no es la verdadera vida”. Sin embargo, la búsqueda de dicha felicidad terrena, que se debe transitar por la vía de la verdad, es la que nos lleva a la felicidad infinita. La fe no es algo que produce miedo, sino todo lo contrario; es fuente de la auténtica felicidad

Esta vida de fe es un acontecimiento divino que nos transforma y se opone incluso a nuestras pretensiones y a nuestros valores. El Señor cambia siempre nuestras pretensiones y abre nuestros corazones.

Me parece que precisamente nuestro tiempo, con sus contradicciones, sus desesperaciones, su refugiarse en callejones de la droga, manifiesta visiblemente esta sed de infinito, y sólo un amor infinito (Cristo, La Verdad) que entra en la finitud (este orden temporal), y que se convierte en un hombre como yo, es la respuesta a la felicidad infinita. El Señor mismo distingue al preguntar a sus apóstoles qué dice la gente y qué dicen ustedes. Pregunta qué dicen aquellos que le conocen de segunda mano, o de manera histórica, literaria, y después qué dicen aquellos que le conocen de cerca y han entrado realmente en un encuentro verdadero, tienen experiencia de Su verdadera identidad. Sólo este Dios nos salva del miedo del mundo y del ansia ante el vacío de la propia existencia.

Pero la razón esta distorsionada en los casos patológicos, por ello, es humanamente difícil para ellos, la búsqueda de la verdad.

Sólo hemos descubierto el Amor, y así la felicidad, si hemos descubierto el rostro de Dios. Esto debe motivarnos a una constante conversión basada en una convicción interior, de lo contrario no sería una verdadera conversión.

“El Catecismo de la Iglesia Católica es una guía para descubrir la auténtica felicidad. El impulso primordial del hombre, que nadie puede negar, y al que en último término nadie se opone, es: el deseo de felicidad, de una vida lograda, llena. El Catecismo pone en relación esta tendencia innata en el hombre con las bienaventuranzas de Jesús, que liberan al concepto de felicidad de todas las banalidades, le dan su auténtica profundidad y, de este modo, permiten ver el lazo entre el bien absoluto, el bien en persona -Dios- y la felicidad». (Joseph Ratzinger)
Conclusiones

El destino del hombre según el cristianismo, es aprehender la verdad aquí abajo, por medio de la inteligencia, aunque sea de modo oscuro y parcial, mientras espera verla en su completo esplendor. Verdaderamente, lejos de despreciar el conocimiento, lo acaricia: intellectum valde ama.
Lo aquí escuetamente descrito, sólo introduce a nuestro tema que es por demás extenso. Lo que aquí se pone en cuestión es el alcance de la inteligencia humana, la capacidad de la inteligencia humana de llegar a Dios. Y para ello se apela al hombre de hoy, un hombre que quizás no ve siquiera el sentido de trascender su existencia concreta para elevarse hasta el conocimiento del Creador, y por tanto, a su felicidad.
La inteligencia es entonces, capacidad necesaria pero no suficiente para alcanzar la felicidad.

Así, hay que dar la razón a Étienne Gilson cuando dice con santo Tomás que el intelecto es la creación más maravillosa de Dios; pero eso no significa en absoluto ceder a un racionalismo ni a un fedeídismo unilateral.

Termino con una frase de santa Teresa: “los momento de felicidad [en esta vida] son pocos, y se riega con lágrimas”.

Fuentes:

Comentarios sobre el CIC, cardenal Joseph Ratzinger,
“Demasiada Inteligencia”, P. Pedro Mereu SDB.
“Para Salvarte” la ciencia moderna con la fe cristiana, del Padre Jorge Loring.
S.S. Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza, Plaza & Janés, Barcelona 1994
“Libro de la Vida”, Santa Teresa de Jesús, cap. 17,

Ricardo Fco. Padilla C.









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