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Nivel superior En el camino de la esperanza 2007 Abril Actualidad


Pascua 2007
 

“La tumba de Jesús”

Es cosa de sentido común (el menos común de los sentidos las más de las veces) no dejarse envolver por fascinaciones diseñadas para incautos dispuestos a “tragarse” un cuento, inventado por individuos astutos que se presentan como descubridores poseedores de secretos ancestrales, cuyo descubrimiento “viene a alterar el rumbo de la historia y a cambiar el destino de la humanidad”.



Hombre respetable y miembro del Sanedrín (el Consejo de Ancianos) era José de Arimatea, aquel que, armándose de valor, fue ante Poncio Pilato para pedirle que le concediera el cuerpo muerto de Jesús. Se extrañó Pilato de que ya estuviese muerto y, llamando a un centurión, le preguntó si había muerto hacía tiempo. Informado por el centurión, concedió el cuerpo a José, quien, habiendo comprado una sábana, lo descolgó de la cruz, lo envolvió en la sábana y lo puso en un sepulcro que estaba excavado en roca; luego hizo rodar una piedra sobre la entrada del sepulcro mientras María Magdalena y María la de Josét se fijaban dónde era puesto.

El acontecimiento había tenido lugar el viernes 7 de abril del año 30 en Jerusalén, por la tarde, a unos minutos de la puesta del sol en el horizonte y de que las trompetas del templo de Salomón anunciaran el inicio del Shabbát, el sábado, el séptimo día de la semana que había sido santificado por Dios y reservado por las leyes del judaísmo a rituales de culto que excluían cualquier otra tarea. Todo crucificado era considerado un “maldito de Dios” como lo consignaba también la ley, por lo que descolgarles implicaba una afrenta, y mucho más lo era sepultarles, pues los cuerpos de los condenados permanecían colgados hasta ser devorados por las fieras y aves de rapiña.

La tarea de José de Arimatea no debió ser sencilla, por lo comprometedor hacia su persona, de las circunstancias, que lo hacían parecer ante Pilato como un simpatizante del agitador acusado de incitar al pueblo a no pagar el tributo debido al César, y ante el Sanedrín como un seguidor de ese Jesús que tan inconveniente había resultado, por sus predicaciones, hacia el centro del poder judío.

Era común la práctica del “curifragium” consiste en fracturar, a golpe de garrote, las piernas de los crucificados a fin de acelerar su muerte al perder el tercer punto de apoyo, el de las piernas, que les permitía alargar la agonía al incorporarse en la cruz para jalar aire y respirar. Cuando el centurión acudió al Gólgota, por orden de Pilato, para constatar la muerte del nazareno, en lugar de fracturarle las piernas, tomó su lanza romana y con el brazo derecho encajó la punta de hierro de 40 centímetros en el costado izquierdo de Jesús, tal y como tantas veces le habían enseñado durante los entrenamientos para las batallas: “la lanza debe dirigirse hacia el corazón para matar de inmediato al contrincante”. Era un movimiento automatizado que al instante hizo brotar la sangre del corazón de Jesús y que le permitió al centurión afirmar que, sin lugar a dudas, había muerto.

Al domingo siguiente, el primer día de la semana, muy de madrugada, las mujeres que habían visto el lugar en que José de Arimatea había colocado el cuerpo muerto del Señor, se dirigieron al sitio para encontrarse con que la piedra había sido removida y con que el sepulcro estaba vacío. Corriendo fueron a dar la noticia a Pedro y a los demás discípulos.

El hallazgo del sepulcro vacío le costó la vida a muchos de los seguidores de Jesús, pues acusados de haber robado y ocultado su cuerpo, morían durante las torturas que pretendían arrancarles la verdad sobre el sitio donde le habían ocultado, según los verdugos, para forzar el acontecimiento de la Resurrección.

Ni el riesgo corrido por José de Arimatea, ni la lanzada del centurión romano, ni los martirios de los apóstoles y discípulos, ni las muertes de los primeros cristianos en el Circo de Nerón, ni la ulterior debacle de Pilato, exiliado, abandonado y despojado de su carrera política y de sus posesiones, por la injusticia perpetrada, coinciden con recientes aseveraciones de que “Jesús no murió en la cruz, se casó con María Magdalena, tuvieron hijos y sus cuerpos fueron hallados, hace veinte años en una tumba”.

Es cosa de sentido común (el menos común de los sentidos las más de las veces) no dejarse envolver por fascinaciones diseñadas para incautos dispuestos a “tragarse” un cuento, inventado por individuos astutos que se presentan como descubridores poseedores de secretos ancestrales, cuyo descubrimiento “viene a alterar el rumbo de la historia y a cambiar el destino de la humanidad”.

De la reciente difamación que aparece en esta Cuaresma, como sucediera también en años pasados con intentos similares de inquietar a los creyentes en la Resurrección del Señor, lo más ridículo es la aseveración de que al supuesto hijo que concibió con Magdalena, Jesús le haya puesto por nombre: Judas. Eso ya es cosa de risa.

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