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Nivel superior En el camino de la esperanza 2006 Marzo Articulos


Marzo 2006
 

Vivamos la Cuaresma… ¿Sabemos la Malicia del Pecado?

Comenzamos la Cuaresma, los cuarenta días de preparación a la Fiesta de Fiestas, la Pascua, la Resurrección del Señor. Para ello, procuremos examinar biennuestra conciencia y conocer la malicia del pecado; sabemos qué es el pecado (vivir lejos de la felicidad que Dios nos quiere dar), y que somos pecadores, pero no conocemos muchas veces la ramificación del pecado y su malicia.



La malicia fue el mayor estorbo que tuvo Adán para ser restaurado. Si Adán tan sólo hubiera pensado que Dios lo buscaba porque lo quería ayudar, hubiera corrido hacia Él y le hubiera confesado su pecado, admitiendo sin excusas su culpabilidad. Pero la malicia, una forma agravada de desconfianza, le estorbó.

La malicia es otro síntoma de un caminar torcido. Se manifiesta como una expectación de que los demás desean nuestro mal. Toda corrección se interpreta como agresión o humillación, y siempre se desconfía de los motivos de otros cuando se acercan para ayudar; particularmente cuando alguien desea ayudarnos a ver que estamos viviendo equivocadamente.

Otro efecto clásico del pecado es la irresponsabilidad crónica. La persona nunca parece asumir cabal responsabilidad por sus acciones y aprende a vivir así. Siempre busca repartir su responsabilidad entre los demás y se vuelve maestra en inventar excusas.
Un efecto notorio del pecado es que tiende a relajar los límites de la conducta moral. Esto provocará que gradualmente la persona se vaya involucrando en conductas cada vez más graves y escandalosas. La pérdida de límites y la insensibilidad de la conciencia, eventual-mente harán que la persona llegue a cometer pecados que antes se hubiera avergonzado siquiera de imaginar.

Esto en forma natural le insensibilizará más y más, hasta llevarlo a un estado de absoluto cinismo. Llega una señora, se sienta y con una sonrisa en los labios le dice al sacerdote: “Mi problema es que no amo a mis hijos, y me fastidian; yo ya recibí al Señor pero tengo estos problemitas”. Al rato confiesa además un adulterio que cometió, todo lo hace en una atmósfera de risitas y de plática ligera de café, sin sentir una gota de vergüenza. ¿Por qué ha perdido la vergüenza? Porque al acallar la voz de su conciencia y resistir por tanto tiempo sus argumentos, ya no tiene referencias para evaluar sus acciones. Jeremías dice: “¿Se han avergonzado de haber hecho abominación? Ciertamente no se han avergonzado en lo más mínimo, ni supieron avergonzarse...” (Jer. 8:12a.)

Una vez que la persona ya no tiene la ley moral de Dios en su conciencia como regla de conducta, hará lo que otros hacen o lo que los deseos le dicten. Hallar a muchos otros que estén haciendo lo malo, le servirá como calmante temporal de la conciencia.

El límite de nuestra libertad moral es el precepto de Dios. El ser humano no debe mirar cómo se comportan otras personas, aunque se digan cristianas, para saber cómo regir su vida; y si lo hace, continuará degradándose más y más. Esto es porque siempre podrá encontrar un grupo de personas más perdidas que él mismo, que le sirvan como punto de referencia para engañarse diciendo: “Los demás también lo hacen”.

El último paso dentro de los efectos del pecado es la pérdida completa del control de las pasiones, deseos, apetitos, etc. Al decir que se pierde el control, me refiero a que la persona estará siendo gobernada, totalmente y de continuo, por sus pasiones y deseos animales. De hecho, vivirá como esclava de ellos para satisfacer sus cada vez más exigentes demandas. Muchas de las decisiones que tomará ahora serán en respuesta automática a estas pasiones sin importar los costos en salud, futuro, familia, daños a terceros, etc. Cuando hablo de pasiones no me refiero exclusivamente al deseo sexual; aunque ciertamente éste está incluido entre las pasiones. Hay cuatro pasiones específicas que van a estar controlando a la persona y cada una de ellas prevalecerá sobre las otras tres según tenga la oportunidad. Estas pasiones son: la cobardía, la ambición, el deleite sensual y la ansiedad.

Así, por momentos la cobardía gobernará expresándose en temor, inseguridad y en ocasiones encubriendo estos temores con violencia. La conciencia culpable es la raíz de los miedos en el hombre, así pues, éste vivirá en la expectación de que algo malo le sucederá y ello controlará muchas de sus decisiones. La Escritura reconoce esa relación entre la culpa y el miedo cuando dice: “El temor lleva en sí castigo.” (1ª Jn. 4:18)

En ese caso el hombre vivirá con toda clase de miedos: temor a estudiar por el posible fracaso; a viajar; a casarse y a no casarse; a ser rechazado; a ser desplazado, etc. La cobardía lo llevará a evadir sus problemas personales y familiares en vez de enfrentarlos e intentar solucionarlos, a dejar de cumplir sus deberes, a ceder a la presión grupal y hacer cosas que no hubiera deseado, a ser una persona fácil de moldear al gusto de los demás. Esto a su vez complicará las cosas haciendo que la persona se desprecie a sí misma y se sienta poca cosa. Su inseguridad le llevará también a no enfrentar y vencer obstáculos en la vida. Esto le hará sentir peor mal, conducirá a formar un carácter defectuoso, que se rinda fácilmente, irresponsable, desobligado, etc.

En otros momentos surge la ambición, la segunda pasión que mencionamos, puede obrar a través de la vanagloria, y la soberbia tomará delantera. Entonces, la persona procurará afanosamente ser admirada por todo lo que posee o no posee. Anhelará ardientemente ser admirada por su dinero o conocimiento; por sus títulos, por su trabajo, por sus hijos, por su apellido, por su casa, por el carro que maneja, por los talentos que posee, por su voz para cantar, por la ropa con que se viste; aun en las cuestiones religiosas buscará ser muy reconocida. Esta vanagloria nutrirá aún más su soberbia para tener un concepto más alto de ella misma, que el que debería. Así pues, emprenderá grandes proyectos que después quedarán inconclusos, y esto le llevará a la frustración o a la amargura haciéndole una persona difícil por su mal carácter. Los sueños de grandeza le llevarán a hablar de más y a jactarse de que hará esto o aquello, pero después quedará en ridículo ante sus amigos. Esto le irritará todavía más. “Donde abundan los sueños, también abundan las vanidades y las muchas palabras...” (Ec. 5:7)

El soberbio se alimenta de fantasías, y su imaginación y sus deseos de obtener la aprobación de los demás, lo llevarán también a fingir y a tratar de dar buenas apariencias. También lo llevarán, por un camino diferente al de la cobardía, a hacer cosas vergonzosas para comprar aceptación. En otras palabras, la soberbia y vanidad son en realidad evidencias de falta de autovaloración adecuada.

Una autovaloración de la dignidad personal que se obtiene en Cristo al comprender el amor de Dios en la expiación y al entender las implicaciones de que el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios.

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