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Nivel superior En el camino de la esperanza 2006 Marzo Articulos


Marzo 2006
 

La Misión de los Laicos Hoy: el Desafío Cristiano (I)

Para contribuir a concretar el papel de los laicos en nuestras sociedades, es preciso partir de un diagnóstico que nos permita ajustar los objetivos y las diferentes prioridades.



¿En qué consiste el desafío cristiano hoy?


Para entrar derechos a la cuestión debo decir de buen inicio que el concepto básico sobre el que gira todo el diagnóstico es el de la ideología de la Desvinculación. Este es el problema central de los católicos y de la Iglesia.

Por desvinculación entendemos aquella ideología, en el sentido peyorativo del término, aquel conjunto de ideas que transmiten una representación falsificadora de la realidad y constituyen una forma falsa de conciencia.

La desvinculación considera que la realización personal se encuentra exclusivamente en la satisfacción del propio deseo y sus pulsiones. La realización del deseo es el hiperbien al que tienen que supeditarse todos los demás, y se impone a todo compromiso sea formal o personal, a toda tradición, norma, religión, y vínculo entre personas. En el proceso desvinculador se da la ruptura del reconocimiento de la alteridad y de la trascendencia, porque la satisfacción del deseo necesita de la transformación del sujeto en objeto. De esta manera, toda la concepción de la vida se transforma en utilitaria porque es vista como fuente de mi satisfacción.

Esta ideología desarrolla, desde la década de los sesenta, el carácter de cultura de masas y se convierte en hegemónica en buena parte de Europa. Este hecho comporta necesariamente que la satisfacción del deseo ya no se mueva sólo en el ámbito individual, como opción personal, sino que pasa a convertirse en un elemento estructurador de la política, como por ejemplo la ley del divorcio. No podía ser de otra manera. Cuando una cultura deviene popular y hegemónica, sus contenidos tienden a traducirse en políticas concretas. En realidad la desvinculación se impone, porque el pensamiento vinculado, y en primer término el catolicismo, no ha sabido construir otro marco referencial, otra cultura en el espacio público, en el ámbito de la cultura mediática.

El análisis desde la perspectiva de la desvinculación y su sacralización de la realización individual por el deseo, permite entender mejor la lógica interna de algo que funciona como un único sistema que relaciona realidades y distintas políticas como el divorcio -que significa la desvinculación de la pareja-; el aborto -la desvinculación con el hijo-; la eutanasia y también el matrimonio y adopción homosexual, como ruptura con el vínculo antropológico, y otras muchas que ocupan un lugar cada vez más central en Europa. La desvinculación se da, así mismo, en el plano de la representación política. El fracaso en Francia y Holanda de la Constitución Europea es, en último término, la rebelión contra un caso extremo de política desvinculada, es decir política formalmente democrática, construida sin embargo al margen de las personas concretas. Se da, no puede ser de otra manera, en el plano económico con la incapacidad de establecer una vinculación entre trabajador y empresa.

El concepto de desvinculación puede completarse con la definición de Charles Taylor en su magnífico y brevísimo “Las variedades de la religión hoy” que señala el origen próximo del desarrollo social de la desvinculación en la revolución cultural que se produce a partir de los años sesenta del siglo XX, y que marca una profunda inflexión cultural y moral. Es una revolución individualizadora que se añade a un cierto individualismo propio de la cultura de la modernidad. Es lo que Taylor denomina “individualismo expresivo”, consistente en un cultivo desmesurado del “Yo”, una singularidad propia de algunas de las élites del siglo XIX y XX que se convierte en cultura de masas. Representa un cambio que se produce en el seno de una sociedad propia de la modernidad que Taylor califica de “sociedad fracturada”. Este desarrollo del individualismo, junto con la fractura de la cohesión social propia de la modernidad, acentúa la dificultad de disponer de valores compartidos, y esta carencia es substituida en la política por el énfasis en el procedimentalismo.

El procedimiento está unido a la práctica democrática, esto no es cuestionable, lo que sí es cuestionable es reducir tota la democracia a un puro procedimiento, porque entonces desaparece toda voluntad de buscar y conocer la verdad, y promover la construcción de la sociedad sobre la experiencia de la virtud, como formula MacIntyre, pero tal objetivo deviene imposible porque la virtud nunca puede ser un procedimiento. Ser bueno y verdadero ya no importa, sólo cuenta el procedimiento. Ya no importa, por consiguiente, saber qué es ser bueno; desaparece así el impulso de servir a la verdad.

Esta perspectiva individualizadora conlleva una concepción esencialmente relativista que surge de la ruptura con todo vínculo normativo. No hay principios absolutos ni en el plano ético, ni en el religioso. Toda dictadura depende de la circunstancia y de la subjetividad. En el plano moral el resultado es el relativismo ético por el que nada es bueno o malo en el marco de un código universal.

La ideología de la desvinculación propicia varios desarrollos, siendo uno de ellos, posiblemente el de mayor significación política y cultural, el de la ideología de género, en el sentido de convertir la diferenciación sexual, que constituye un vínculo absolutamente biológico ocasionado por la determinación de la naturaleza, en una categoría cultural y, en este sentido, voluntaria, opcional.

La desvinculación necesita de unas concepciones que alimenten sus marcos de referencia entre los que destacan cinco componentes:
 la cultura de la trasgresión;
 el cientismo y el materialismo práctico;
 el utilitarismo;
 el relativismo,
 y el que está en su fundamento, el laicismo de la exclusión religiosa.

Estos son los componentes de lo que podemos llamar complejo ideológico de la desvinculación, que alimentan lo que Charles Taylor denomina marcos referenciales en “Las Fuentes del Yo”, es decir, aquellos que proporcionan el trasfondo explícito o implícito, para nuestros juicios, intuiciones, o reacciones morales. Articular un marco referencial es explicar lo que da sentido a nuestras respuestas morales. Todo este complejo ideológico ha ido destruyendo los marcos referenciales preexistentes en Eurico y en toda América. Este proceso de destrucción y substitución va alterando las condiciones de vida personales y sociales, por tanto, también las condiciones políticas y económicas.

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