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Nivel superior En el camino de la esperanza 2005 Octubre Editorial


San Francisco entre nosotros Octubre 2005

Editorial Octubre 2005

Hay santos que son ampliamente identificados, que son admirados, venerados, incluso su culto o devoción llega a convertirse en tradición. Conocemos que, algunos de ellos, realizaron prodigios y milagros grandiosos. Celebramos sus memorias, colgamos imágenes de ellos en nuestros hogares, oficinas, y hasta en el automóvil. Incluso hasta llegamos a estudiar su vida, cuando con fortuna -o con menos que eso- nos libramos de una biografía mimosa o novelera. Entonces pues, ¿por qué nos cuesta tanto imitarles?



Hace apenas unos días, ya entrada la tarde, salía de la Solemne Misa dominical en Catedral. Se conoce que entre los participantes podemos ubicar diversos sectores de la sociedad provincial. Todos ellos se enorgullecen de conservar una sólida tradición cristiana, “catoliquísimos” como en este terruño querido se ufanan en llamarse.

Salía también quién esto escribe de la mano de mi esposa (o sea, bien acompañado). Cruzamos la calle, y en medio de un mar de fieles alcancé a percibir una figura adosada entre mantas, recostada en una plataforma con rueditas casi al ras del suelo, flanqueada por una adolescente sosteniendo un vasito para las limosnas. La gente pasaba frente a ellos, algunos miraban de soslayo, otros distraídos no notaban la presencia.

La figura interpelaba, el hombre tendido estaba imposibilitado de moverse, con el cuerpo contrecho y atrofiado, delataba el padecer de muchos años. La hidrocefalia ya había ocasionado un crecimiento notable de la cabeza disforme sin cabello visible. Sin ser experto supuse que sería un caso clínico difícil. Entre cobijas hechas jirones se revelaba una vestimenta tradicional de los indígenas chamulas, etnia propia de la Región de Los Altos de Chiapas.

Me agache para poder saludarlo de cerca. Destapé su cabeza casi sin advertirlo. Encontré sin ver su mano, o mejor dicho, él encontró la mía. Me tomo con “fuerza”, y me miro a los ojos. Lo hizo sin darme antes la oportunidad de saludarle, y con ello, recibí el más cálido y afectuoso “hola”. Me descubrí anonadado... gentilmente capturado. Era la mirada del Cristo doliente que vive en los que sufren y son despreciados. El inmerecido premio revelado a través de la artimaña del amor. El Cristo que espera ser hallado en los anawim de Dios.

Me dijo su nombre, e hice lo propio. Se presentó a su vez la pequeña, que ahora lucía más joven. Pasada la introducción pregunté que podía hacer por él. Entonces quedamos de vernos al día siguiente y analizar su caso para decidir juntos cómo podíamos servirle mejor.

Mientras tanto los más pasaban sin voltear, o volteaban sin parar. Con alivio aprecié que hubo quienes se detenían, le compartían una mirada, y dejaban caer alguna moneda en el vaso. Estos aparentemente en su mayoría destacaban por ser personas de nivel socioeconómico medio bajo o bajo. Me emocionó distinguir entre estos un niño de cabellera ceniza y desquebrajada (“de la calle” se diría) que cargaba su cajoncito para vender chicles, quien desenfadadamente depositó a su vez algunas monedas. Le siguió, no sin retardo, una mujer joven que adiviné de condición humilde, cargaba dos pequeñitos de pobres ropas y dos más le seguían a pie con calzado desgastado y sucio. El afortunado patrón se repitió más de una vez en ese breve lapso. Me liberé del suave yugo de sus manos que me retenían. Apenas audible repitió mi nombre dos o tres veces, y me despedí agradecido.

Octubre es el mes de San Francisco de Asís, figura a quien profeso una grandísima devoción, incluso antes de mi conversión... Sabemos de él que le fue duro anteponerse a la animadversión que sentía por los leprosos, concluyendo este cautiverio del alma con un profuso abrazo a uno de ellos. Y nosotros, ¿porqué no?

Pidamos la intercesión de San Francisco para que nos sea concedida gracia de la caridad, y empujemos nuestra voluntad a decidirse a arrebatar las llaves del Reino.

Te compartimos este número 39 de “Camino de Esperanza”, agradecemos tu paciente lectura y tu compañía, que más que virtual, la asumimos virtuosa.

Unidos en la oración. ¡Dios te bendiga!

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