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Nivel superior
En el camino de la esperanza
2005
Agosto
Artículos

Agosto 2005, Caminos de Unidad |
La Virtud de la Prudencia (I)
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Sabemos que la prudencia es una de las virtudes cardinales, pero pocas veces vamos más allá. Por lo general, consideramos esta virtud como una mezcla de diplomacia o hipocresía con taciturnidad. Sin embargo, va más allá, puesto que nos ayuda a saber decidir convenientemente lo que es bueno, en el hablar o en el callar, en el actuar o en el esperar[1] .
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NATURALEZA DE LA VIRTUD DE LA PRUDENCIA
Aristóteles habla de ordenar el actuar personal de acuerdo a su propio fin. El hombre prudente es aquel que sabe decidir convenientemente lo que es bueno y útil para alcanzar la felicidad. La prudencia es un ordenar los actos como fruto de varios elementos:
• memoria del pasado,
• captación del presente,
• habilidad para percibir el futuro,
• docilidad para comprender y discernir consejos sabios que se nos pueden dar,
• reflexión sobre diversos aspectos a tener en cuenta al actuar: fin, medios, sujeto, circunstancias, etc.
Los Padres recogen la tradición aristotélica y la enriquecen con los datos de la revelación: la prudencia es la disposición propia de todo acto virtuoso. La prudencia lleva a decidir “hic et nunc” (aquí y ahora) lo que es necesario para alcanzar el fin. La prudencia es la forma de todas las virtudes en cuanto a los medios para alcanzar el fin. No se contrapone, por tanto, a la caridad, que es la forma de todas las virtudes en cuanto al fin. Aristóteles y los Padres llaman a la prudencia la auriga virtutum, la conductora de las virtudes
Santo Tomás de Aquino afirma que no puede haber un acto de virtud que a la vez no sea acto de prudencia. Por ello, es necesario vivir todas las virtudes para vivir la prudencia en grado pleno. Afirmar de un hombre que es prudente equivale a decir que vive todas las virtudes [2].
En siglos posteriores, la conciencia viene a ocupar el centro de la responsabilidad moral, trayendo como resultado la primacía de la subjetividad. Son dos perspectivas que se complementan, no que se contraponen.
En el momento presente, por una parte hay una pérdida de la significación (se le considera prudente al que no obra, al astuto, al calculador, visiones todas peyorativas); junto a esto, la teología moral ocupa un lugar en la renovación de la teología (es necesario que ilustre la grandeza de la vocación de los fieles en Cristo y su obligación de producir frutos de santidad para el mundo [3]). La prudencia no es un freno a la creatividad, sino un impulso de la libertad para poder dar la respuesta más adecuada a cada situación concreta. La prudencia es la virtud que en cada acción lleva a elegir según la propia vocación, según la llamada de Cristo a realizar la propia santidad.
LA DOCTRINA BÍBLICA SOBRE LA PRUDENCIA
Se encuentra sobre todo en los libros sapienciales. Las características que aparecen al hablar de la prudencia son varias: En primer lugar, está muy unida a la sabiduría. A veces se traduce o bien por prudencia o bien por sabiduría, como si fueran términos difíciles de separar [4].
Sin sabiduría no hay verdadera prudencia; vivir la prudencia es la verdadera sabiduría. Se le une con la ley eterna. Siempre se muestra como un don de Dios (“De la boca del Señor procede la ciencia y la prudencia”; “mía es la prudencia” [5]). La prudencia es don de Dios y al mismo tiempo el hombre tiene que prepararse a recibirla y a vivirla (Efe 1,8 “hay que pedirla”; Prov 10,17: “es necesario ser dócil” —aprenderla—; Eclo 19,19 y Prov 3,5: “para adquirirla se necesita la experiencia” —formarse, actuar—). La acompañan una serie de bienes: Prov 2,11: preserva de los caminos del pecado; Baruc 3,14: preserva de la perdición; Prov 10,19: lleva a hablar y a callar en el momento oportuno; Dt 32,28: le pertenece el buen consejo.
Los enemigos de la prudencia son la pereza y el afán de riquezas[6]..
Jesucristo encarna el ideal de la virtud de la prudencia con su enseñanza y con su vida.
Con su predicación (Mt 10,16: han de ser prudentes como las serpientes y sencillos como las palomas —prudencia unida a la sencillez—; Mt 10,20: dóciles al Espíritu Santo; Mt 25,1: parábola de las 10 doncellas —la máxima prudencia es la vigilancia—).
Con su vida (Lc 2,47: Jesús perdido y hallado en el templo).
Donde actúa con más prudencia es en la cruz (1 Cor 1,19: la suma prudencia está en ganar la vida perdiéndola).
La prudencia que vive el Señor está unida a la fidelidad (Mt 24,45ss: el siervo fiel y prudente es puesto al frente de los asuntos de su Señor).
San Pablo recomienda a los cristianos de Éfeso que caminen no como tontos, sino como prudentes (Efe 5,15). La prudencia es necesaria en todos los estados de la vida y para todos. En la Epístola a los Romanos habla de las dos prudencias, la de la carne y la del espíritu. La del espíritu es la que sigue los dictados del Espíritu Santo que al robustecer a la inteligencia le da fuerza para vencer la prudencia de la carne.
• Rom 12,12: prudencia que nos ha de transformar de modo que podamos comprender cual es la voluntad de Dios; lo bueno, lo agradable, lo perfecto.
• Por “carne” se entiende el conjunto de tendencias que inclinan al hombre al pecado, la concupiscencia. El salario de la prudencia de la carne es la muerte.
En 1 Cor 7 trata de cuestiones matrimoniales.
Notas:
[1] CARDENAL F. X. NGUYÊN VAN THUÂN.- Mil y un pasos en el camino de la esperanza, p. 73: “Después de hacer sus milagros el Señor prohibía hablar de ellos (…). Mantén tu ideal y actúa. El mundo está dispuesto a criticarte y a oponérsete si careces de discreción”.
[2] SANTO TOMÁS DE AQUINO.- Summa Theologiae. II-II, q. 47-56, BAC, Madrid 1988.
[3] Decreto Conciliar Optatam Totius, n. 6
[4] Prov 3,13-20; 4,5-9; Rom 8,6-7
[5] Prov 2,6; Prov 8,14 y Sab 8,7
[6] Prov 10,4-5; Prov 33,4-5
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