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Nivel superior En el camino de la esperanza 2005 Agosto Artículos


Agosto 2005, Caminos de Unidad
 

La Alianza de Dios con los Hombres

Muchas veces empleamos la palabra “alianza”, y en muchos sentidos: puede referirse al anillo matrimonial, a una coalición de personas que comparten una ideología, o simplemente a un acuerdo entre grupos o seres que persiguen un fin común. Sin embargo, y sin dejar de ser certeros estos sentidos, debemos buscar su significación primigenia en la Alianza que Dios quiere para con cada uno de nosotros, sus hijos, y con su pueblo, la Iglesia.



Para comenzar acertadamente la ubicación de este término, tenemos que hacer un rápido estudio de lo que es la Biblia. La colección completa de los libros de la Biblia consta de dos par¬tes, llamadas “Antiguo Testamento” y “Nuevo Testamento”. La pala¬bra “testamento” equivale aquí a “alianza”, “pacto”, y se refiere en primer lugar a la alianza que estableció Dios con el pueblo de Israel por medio de Moisés en el monte Sinaí, que obligaba tanto a Dios como el pueblo, y que fue sellada con un sacrificio (cfr. Ex 24,1-8). Como esta alianza se rompió por la infidelidad del pueblo, Dios prometió otra (Jer 31,31 -3 4). Esta alianza fue sellada con la sangre de su Hijo, y su com¬promiso alcanza a toda la humanidad (Mt 26,28). La Epístola a los Hebreos llama “antigua” a la primera alianza (Heb 8,13), y en la Segunda Carta a los Corintios San Pablo llama “nueva” a la otra (2 Cor 3,6.14). Por metonimia las dos expresiones “antigua alianza” y “nueva alianza” (=antiguo y nuevo testa¬mento) pasaron a dar nombre a la co¬lección de escritos sa¬grados relacionados, respectivamente, con la pri¬mera o con la se¬gunda alianza.

Vemos, pues, que las dos alianzas (que en realidad son una sola, puesto que se refieren a la misma acción del Dios Creador y Salvador) hacen referencia no sólo a una colección de textos, sino a una acción, acción salvífica en concreto.

El término “testamento” corresponde en la versión griega de los Setenta a diatheke, que traduce el hebreo be¬rit. Los Setenta podrían haber utilizado para traducir, tal vez más literalmente, esa palabra hebrea el término griego hor¬kíon, que significa “juramento”, pero que es el que se utiliza normalmente para hablar de “alianzas”, selladas con una li¬bación y sacrificios a los dioses. Pero tal vez por las conno¬taciones idolátricas que podía sugerir prefirieron utilizar la palabra diatheke . Ahora bien, mientras berit significa “alianza” (contrato bilateral), diatheke significa en griego clásico “disposición”, “última disposición de bienes propios”, “testamento” (contrato unilateral). Sin embargo, el hecho de que los Setenta traduzcan habitual¬mente berit por diatheke sugiere que daban a este vocablo griego el sentido propio del hebreo, esto es, “alianza”. Los escritores del Nuevo Tes¬tamento y los Santos Padres, cuando emplean el término diatheke le dan este sentido.

Fijémonos en algunos de los textos de la Sagrada Escritura, a fin de comprender el contexto:

“Moisés subió hacia Dios. El Señor lo llamó desde el monte y le dijo: Así di¬rás a los hijos de Israel: ya habéis visto lo que he hecho con los egipcios, y cómo a vosotros os he llevado sobre alas de águila y os he traído a mí. Ahora, pues, si de ve¬ras escucháis mi voz y guardáis mi alianza, vosotros seréis mi propie¬dad personal entre todos los pueblos, por¬que mías es toda la tie¬rra; seréis para mí un reino de sa¬cerdotes y una nación santa” (Ex 19,3-6).

De la revelación a Abraham nace el Pueblo de Israel, el Pueblo de Dios. Dios sella la constitución del Pueblo con una Alianza cuyo contenido es una relación de fidelidad: Dios será siempre fiel a su promesa, y a cambio exige que el Pueblo le reconozca como único Dios (Gen 17,3-8). La revelación de Dios se muestra inseparablemente unida a la salvación: el Dios que se revela es un Dios salvador (Gen 15,14-16).

“Por ti se bendecirán todos los linajes de la tierra” (Gen 12,3). La elección de Israel es, de esta manera, el comienzo de un cuidado más intenso de todas las naciones. Destino universal de la bendición de Dios.

En la llamada de Moisés en Egipto, en la época del faraón Ramsés II (1298-1225 a.C.), Dios se manifiesta a Moisés para cumplir la Alianza hecha con el Pueblo. La ocasión es la esclavitud y el aniquilamiento a que están siendo sometidos los israelitas en Egipto. En la teofanía de la zarza ardiendo (Ex 3), Dios se revela a Moisés como el Dios vivo de la historia: el “Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob” (Ex 3,6; 6,3), el Dios de la Alianza que va a cumplirla con su brazo poderoso; y al mismo tiempo se revela por primera vez como Yahwé, como El que es, sin restricción alguna (“Yo soy el que soy”; “Yo soy” me ha enviado a vosotros»: Ex 3,14, Cfr. Ex 6,3). A la revelación de Dios le acompaña la llamada a Moisés, el envío para cumplir una misión: “Yo te envío a Faraón para que saques a mi pueblo” (Ex 3,10).

La acción salvadora y reveladora de Dios se muestra con las palabras y las acciones. Estos hechos son, por un lado, cumplimiento de la promesa inicial, pero por otro, no son el cumplimiento definitivo, sino sólo su figura.

En el Sinaí, Dios confirma solemnemente la Alianza con Israel y determina los contenidos en los que la fidelidad del Pueblo se debe expresar: “las diez palabras”, la Torah (Ex 20-24). A partir de ese momento, Dios quiere habitar en medio de su Pueblo (el Arca de la Alianza). La respuesta del Pueblo: a la Alianza no está exenta de vaivenes (Ex 32). Las acciones prodigiosas y positivas de Dios junto con sus palabras actúan haciendo superar al pueblo la tensión que experimentaba entre la llamada de Dios y la tendencia a asimilarse con otros pueblos con los que se mezcló. Esa asimilación no es siempre condenada por Yahwé.

Así, ya vamos concretando más la definición que buscamos: una acción, pero una acción que obliga, que tiene lazos de reciprocidad en el cumplimiento de la misma. Si lo contrastamos con las “alianzas” humanas, a las que tan acostumbrados estamos, vemos que radicalmente falta un sentido de temporalidad que inicia pero no termina, o sea, que, como está en el plan divino, establece un “desde ahora”, pero no marca un “hasta cuándo”. Nuestras alianzas son temporales, la alianza de Dios es eterna, máxime la Nueva Alianza, sellada por la Sangre de Cristo, derramada de una vez para siempre (no hay, en este sentido, diferencia entre la Antigua y la Nueva Alianza, puesto que es la misma pero perfeccionada).

Pensemos, pues, qué es lo que Dios quiere con nosotros a través de su Alianza. ¿Meramente unir ideas dispersas? ¿Un intercambio de palabras? ¿La consecución de un proyecto temporal? Mucho más que esto. Quiere una unión de voluntades y corazones, un compromiso permanente encaminado a la felicidad. Sólo así puedo comprender plenamente porqué al anillo nupcial que se entrega en el intercambio de votos matrimoniales durante el Sacramento se le llama “alianza”: porque es indisoluble, porque quiere la felicidad plena de una sola carne en un solo amor.

El hombre, hecho a imagen y semejanza de Dios (como bien nos recuerda el libro del Génesis), lleva inscrita también en su corazón de manera implícita la Alianza que busca Dios con él. Sin embargo, nuestro naturaleza débil caída, pequeña, humana… hace que no captemos inmediatamente el propósito divino de nuestra felicidad en el amor. Por eso nuestras alianzas, incluso con el propio Dios, son mezquinas, frágiles, llenas de compromisos a medias, de propósitos incumplidos… como si de políticos mediocres se tratara.

La Alianza. Mía. Personal. Dios y yo, para expandirse a la totalidad de yoes, la Iglesia, la Sociedad, la Familia, la existencia humana. Si para ello consideramos que hemos sido comprados con la Sangre del mismo Dios y Hombre, Jesucristo… ¿no pensaremos de nuevo los términos de mi alianza con Él? Pero no para negociar, porque el acto de fe no admite componendas: o creo, o no creo. O decido vivir la Alianza eterna, o no la vivo. O soy coherente con mi fe, entregado al servicio por Dios, o soy hipócrita con las palabras que salen de mi boca, entregadas a la apariencia con el mundo.

Nunc est hora de somno surgere!, Ahora es el momento de salir del sueño. Esta expresión de San Pablo puede hacernos entender que Dios nos espera desde siempre, y siempre dispuesto a tendernos su mano, extensión de su Corazón, en la Alianza que es la felicidad plena.

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