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Nivel superior En el camino de la esperanza 2005 Junio Editorial


Junio 2005, La Santísima Trinidad

Editorial Junio 2005

La Trinidad es el modelo de toda comunidad humana. Siempre es tiempo propicio para la contemplación del primero, y uno de los más fascinantes misterios de nuestra fe: La Santísima Trinidad.



Fuente preciosa de la que surge la vocación de la humanidad “a formar una sola familia” [1], sin acepción de razas o culturas. El buen Dios es uno y trino porque es comunión de amor. Es la frontera del infinito que no inicio, del presente eterno, y el límite de lo que será, “el primer y último horizonte del universo y de la historia: el Amor de Dios, Padre, e Hijo y Espíritu Santo” [2].

En el principio el Padre amaba en si mismo al Verbo, el Verbo al Espíritu y en el Espíritu unidos en una espiral ascendente de amor sumo e incontenible, vibrando en tan alta tensión que se rehusó a la soledad de su unidad, para explotar y dar vida, para crear y otorgar una paternidad perfecta mediante un sumo sacerdocio eterno. Una persona nos manifiesta a la otra, en una amamos a la otra. Y nosotros, ¿cómo hemos respondido al mandato del amor que emana siempre victorioso e imperante de las Sagradas Escrituras, y que proclamamos día con día como la verdad que nos sostiene, como la causa de nuestro proceder? El amor al próximo es la señal más clara del amor a Dios. “La teología se ha servido del término «naturaleza» o «sustancia» para indicar en Dios la unidad, y del término «persona» para indicar la distinción. Por esto decimos que nuestro Dios es un Dios único en tres personas. La doctrina cristiana de la Trinidad no es una regresión, un compromiso entre monoteísmo y politeísmo. Es un paso adelante que sólo Dios mismo podía hacer que diera la mente humana. La Trinidad es el modelo de toda comunidad humana, desde la más sencilla y elemental, que es la familia, a la Iglesia universal. Muestra cómo el amor crea la unidad en la diversidad: unidad de intenciones, de pensamiento, de voluntad; diversidad de sujetos, de características y, en el ámbito humano, de sexo. Y vemos precisamente qué puede aprender una familia del modelo trinitario.” (P. Cantalamessa, Predicador de la Casa Pontificia)

¿Cuál ha sido nuestra aportación concreta a este llamado de la unidad? ¿Podemos tranquilos decir “consumatum est” al final de nuestro camino?
La sede petrina tiene el dignatario que Dios ha dispuesto, Benedicto XVI, y es una gracia que se suma al fervor de los desbordantes motivos de esperanza propios de una Pascua coronada de Pentecostés, bajo el maternal amparo de María Santísima, Madre de la Unidad, que hace descender entre sus manos nuestra Iglesia, sacramento de salvación, Madre y Maestra, teofanía magnífica que sirve y enseña, acoge y perdona. El Espíritu no la abandona, y renueva su vocación con incesantes signos, entre los muchos significativos el Nuevo Pentecostés que nos vino con el Concilio Vaticano II. La unidad de la Iglesia “se funda expresamente en la acción del Espíritu Santo, está garantizada por el ministerio apostólico y sostenida por el amor recíproco” [3] . Como Iglesia tenemos la obligación de reproponer hoy, desde el testimonio de nuestras vidas, lo que es esencial en la fe cristiana: amar. Amar hasta hacer la unidad es consecuencia de ser dócil a la acción del Espíritu Santo que reproduce a Jesús en nosotros, transformándonos , renovándonos. La contemplación es para ello esencial. Así nos enseña el apóstol san Pablo: “Reflejando como en un espejo nuestro rostro descubierto la gloria del Señor, nos vamos transformando”.

En recientes declaraciones nuestro actual Papa aclaró que “Jesús nos ha revelado el misterio de Dios: Él, el Hijo, nos ha hecho conocer al Padre que está en los Cielos, y nos ha dado al Espíritu Santo, el Amor del Padre y del Hijo [...] La teología cristiana sintetiza la verdad sobre Dios con esta expresión: una sola sustancia en tres personas [...] Dios no es soledad, sino comunión perfecta, la persona humana, imagen de Dios, se realiza en el amor, que es don sincero de sí mismo.” (S.S. Benedicto XVI).

Notas:

1. S.S. Juan Pablo II, durante el rezo del Ángelus el 15 junio 2003.
2. Ibid
3. Tertio millennio adveniente n.47









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