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Nivel superior En el camino de la esperanza 2004 Marzo Secciones


 

¿Puede Dios ser abandonado?

El abandono de Jesús. “Dios le hizo pecado por nosotros”, leemos en la Segunda Carta a los Corintos (cf. Co 5, 21).


Y es allí, en la cruz, donde Jesús, poco antes de morir, se dirige al Padre gritando: “Dios mío, Dios mío. ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15, 34; Mt 27, 46).

Grito misterioso de un Dios que se siente abandonado por Dios. En el momento culminante de su vida, Jesús había sido traicionado por los hombres, los suyos ya no estaban con Él, y ahora Dios, ese Dios al que llamaba Padre, Abbá, parece callar. El Hijo sostiene el vacío de su ausencia, pierde la sensación de su presencia. La certeza inquebrantable de que no estaba nunca solo (cf. Jn 11,42), de que era instrumento de su voluntad, deja paso a la súplica llena de angustia.

Entonces parece que de oscurece lo que era más suyo: su íntima unión con el Padre, hasta el punto de no sentirse hijo: “Dios mío, Dios mío”, grita, y no “Padre”.
Así penetra S.S. Juan Pablo II con una profundidad impresionante este misterio: “Se puede decir que estas palabras sobre el abandono nacen en el terreno de la inseparable unión del Hijo con el Padre, y nacen porque el Padre “cargó sobre Él la iniquidad de todos nosotros” (Is 53,6) y sobre la idea de lo que dirá San Pablo: “A quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros” (2 Cor 5,21). Junto con este horrible peso, midiendo todo el mal de volver la espalda a Dios contenido en el pecado, Cristo, mediante la divina profundidad de la unión filial con el Padre, percibe de modo humanamente inexplicable este sufrimiento que es la separación, el rechazo del Padre, la ruptura con Dios” (Salvifici doloris, n.18).

Lo cual afirma San Juan de la Cruz –fue el mayor desamparo sensitivamente que había tenido en su vida, [...] quedando así aniquilado y resuelto así como en nada”.
Y sin embargo –prosigue San Juan de la Cruz-, “en él hizo la mayor obra que en toda su vida con milagros y obras había hecho ni en la tierra ni en el cielo, que fue reconciliar y unir al género humano por gracia con Dios”.

Aquel vértice de dolor que alcanzó el Hijo de Dios se abre de par en par ante nuestros ojos como el ápice de su amor por nosotros.

En una intensa oración, Chiara Lubich dice:

“Para que tuviéramos luz, te hiciste ciego.
Para que tuviéramos unión, experimentaste la separación del Padre.
Para que poseyéramos la sabiduría, te hiciste ignorancia.
Para que nos revistiéramos de la inocencia, te hiciste pecado.
Para que esperáramos, casi te desesperaste.
Para que Dios estuviera en nosotros, lo hiciste lejos de ti.
Para que fuera nuestro el cielo, sentiste el infierno.
Para darnos una estancia gozosa en la tierra entre cien hermanos y más, fuiste excluido del cielo y de la tierra, de los hombres y de la naturaleza.
Eres Dios, eres mi Dios, nuestro Dios de amor infinito”.









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