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Nivel superior
En el camino de la esperanza
2005
Mayo
Articulos

Mayo 2005, ¡Habemus Papam! |
¿Quién eres tu EspÃrituo Santo?
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Aunque confesamos que el EspÃritu Santo es la Tercera Persona de la SantÃsima Trinidad, pocas veces sabemos más.
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Quizá aún, tras haber asistido a la liturgia y catequesis, hayamos oÃdo también que se le llama “Paráclito” (palabra griega que significa “Consolador”), e incluso “Abogado” (ya que es quien defiende la causa de los hombres ante Dios); y profundizando más, hasta podemos saber que en las Sagradas Escrituras se le llama también el EspÃritu de Verdad, el EspÃritu de Amor, el EspÃritu de Dios. Y punto. Ya. Esto es lo que sabemos. Y por ello, no sin causa, podemos decir que, de las Tres Personas Divinas, el EspÃritu Santo es el Gran Desconocido [1]. No llega a sucedernos como a los efesios, que, según nos narra el libro de los Hechos de los Apóstoles, cuando San Pablo les preguntó si habÃan recibido el EspÃritu Santo, respondieron: “Ni siquiera sabÃamos que habÃa EspÃritu Santo”[2] .
Nuestro Señor Jesucristo fue quien nos reveló la existencia del EspÃritu Santo. Por la razón natural podemos llegar a conocer la existencia de Dios, pero no de la Trinidad o de las Personas Divinas, eso ya es un don, un regalo, hecho en la Revelación [3].
Es el dogma de la Trinidad. Por explicar de algún modo la procedencia del EspÃritu Santo (lo confesamos en el SÃmbolo de la Fe [4] , “procede del Padre y del Hijo”), podrÃamos seguir la analogÃa clásica: el Padre serÃa el Pensador, el Hijo, el Pensamiento, y de ambos, por esa unidad de naturaleza divina en las dos Personas, procede el Amor divino, la Tercera Persona; o, de otro modo, serÃa Dios que conoce (Padre), Dios conocido (Hijo) y Dios Amante-Amado (EspÃritu Santo). Complicado para nuestra inteligencia… Nos adentramos en el misterio de amor intratrinitario: Tres Personas, iguales en su naturaleza divina, coeternos, omnipotentes [5].
Asà pues, podrÃamos concretar más diciendo que el EspÃritu Santo es el amor infinito que fluye eternamente entre el Padre y el Hijo, Amor viviente, Amor en persona. Por lo general, aunque no sea teológicamente exacto, atribuimos unas funciones especÃficas a cada una de las Divinas Personas, sin que esto rompa su absoluta e indivisible Unidad, ya que es un solo Dios, no tres dioses, pero Tres Personas, no una sola persona. Por ello atribuimos al Padre el ser Creador; al Hijo, el ser Salvador; y al EspÃritu, el ser Santificador. Teológicamente inexacto, ya que en toda actuación ad extra actúan las Tres Personas Divinas, no hay un acto de una sola de ellas, pero nos entendemos...
AsÃ, creemos en el EspÃritu Santo, el que habló en la Ley y anunció en los profetas y descendió sobre el Jordán, el que habla en los Apóstoles y habita en los santos; y asà creemos en El que es EspÃritu Santo, EspÃritu de Dios, EspÃritu perfecto, EspÃritu consolador e increado" [61]. El EspÃritu Santo es pues, el Santificador, el Dador de los dones (Dator munerum) como lo recuerda la Liturgia [7] .
Como lo habÃa prometido Jesús antes de marcharse de nuevo al cielo, desde allá nos envÃa, junto con su Padre, al Paráclito [8], y fue Él quien iluminó el entendimiento de los Apóstoles en las verdades de la fe, y los transformó de ignorantes, en sabios; fortificó su voluntad, y de cobardes los transformó en valerosos defensores de la doctrina de Cristo, que todos sellaron con su sangre. No descendió sólo para los Apóstoles, sino para toda la Iglesia, a la cual enseña, defiende, gobierna y santifica: la enseña, ilustrándola e impidiéndole que se equivoque (es "EspÃritu de verdad" (Juan 16, 13); la defiende, librándola de las asechanzas de sus enemigos; la gobierna, inspirándole lo que debe obrar y decir; la santifica con su gracia y sus virtudes.
Pero es más aún, porque, como nos recuerda el Papa Pablo VI, es el alma de la Iglesia: “El EspÃritu Santo es el animador y santificador de la Iglesia, su aliento divino, el viento de sus velas, su principio unificador, su apoyo y su consolador, su fuente de carismas y de cantos, su paz y su gozo, su premio y preludio de la vida bienaventurada y eterna”[9].
El EspÃritu Santo es el santificador de nuestras almas, es necesario que los hombres nos esforcemos en conocerle, tratarle y seguir sus enseñanzas, demostrando asà que le queremos. Debemos hablar con El, pedirle ayuda, tratarle con intimidad, como dice la Secuencia: "Concede a tus fieles, que en ti confÃan, tus siete sagrados dones. Dales el mérito de la virtud, dales el puerto de la salvación, dales el eterno gozo".
Por ello, añadimos aquà la Secuencia Ãntegra del dÃa de Pentecostés… ¡Ojalá cada dÃa la rezásemos, para que el Paráclito y Santificador aliente en nuestras vidas el fuego divino y poder asà ser testigos de la esperanza del mensaje de Cristo!
Veni, sancte SpÃritus, Ven, EspÃritu Santo,
et emÃtte coelitus y envÃa desde el Cielo
lucis tuae rádium. un rayo de tu luz.
Veni, pater páuperum, Ven, padre de los pobres;
veni, dator múnerum, ven, dador de los dones;
veni, lumen córdium. ven, luz de los corazones.
Consolátor óptime, Consolador óptimo;
dulcis hospes ánimae, dulce huésped del alma;
dulce refrigérium. dulce refrigerio.
In labóre réquies, Descanso en el trabajo,
in aestu tempéries, frescura en el estÃo,
in fletu solátium. consuelo en el llanto.
O lux beatÃssima, ¡Oh luz beatÃsima!
reple córdis Ãntima llena lo Ãntimo del corazón
tuórum fidélium. de tus fieles.
Sine tuo númine, Sin tu divina ayuda
nihil est in hómine, nada hay en el hombre,
nihil est inóxium. nada que sea inocente.
Lava quod est sórdidum, Lava lo que está sucio;
riga quod est áridum, riega lo que esté árido;
sana quod est sáucium. sana lo que está enfermo.
Flecte quod est rÃgidum, Doblega lo que esté rÃgido;
fove quod est frÃgidum, calienta lo que está frÃo;
rege quod est dévium. rige lo que esté desviado.
Da tuis fidélibus, Dales a tus fieles,
in te confidéntibus, que confÃan en Ti,
sacrum septenárium. tus siete sagrados dones.
Da virtútis méritum, Dales el mérito de la virtud;
da salútis éxitum, dales el éxito de la salvación;
da perénne gáudium. dales la alegrÃa eterna.
Amen. Allelúia. Amén. Aleluya.
Notas:
1. Esta expresión la utilizan ya muchos de los autores espirituales y teólogos para referirse al Paráclito, como Leo J. Trese, Yves Congar o Raniero Cantalamessa, por citar algunos.
2. Hch. 19,2.
3. Constitución Dogmática Dei Verbum, del Concilio Vaticano II, sobre la Divina Revelación.
4. SÃmbolo Niceno-constantinopolitano.
5. El SÃmbolo Atanasiano (el famoso SÃmbolo Quicumque) recoge bellamente esta doctrina.
6. SÃmbolo de EpifanÃa, Dz. 13
7. Secuencia de la Misa de Pentecostés, Veni Sancte Spiritus, atribuida al Papa Inocencio III.
8. Cfr. Hch. 2, 1-5.
9. Pablo VI, Insegnamenti di Paolo VI, X (1972), pronunciadas el 29 de Noviembre de 1972.
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