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Nivel superior En el camino de la esperanza 2005 Mayo Articulos


Mayo 2005, ¡Habemus Papam!
 

La Conciencia Moral

La conciencia es la capacidad que Dios nos ha dado de distinguir el bien del mal y de inclinar nuestra voluntad a hacer el bien y evitar el mal. La conciencia no es más que la propia inteligencia humana cuando juzga prácticamente sobre la bondad o la maldad de los actos.



Ordena en el momento oportuno, practicar el bien y evitar el mal. Juzga las opciones concretas aprobando las buenas y denunciando las malas. La conciencia dicta a cada momento lo que se debe y lo que no se debe hacer. Al hacer algo bueno, la voz de la conciencia lo aprueba, al hacer algo malo, esta misma voz acusa y condena sin dejar en paz.

Pero su función no se limita a emitir un juicio después un acto, sino que valora las decisiones antes de que actuar y es testigo de los actos. La conciencia no es algo que podamos ver o tocar. Sin embargo, podríamos compararla con los elementos que forman un juicio: en él hay un juez que da la sentencia, un testigo que dice qué fue lo que pasó y una ley en la que el juez se basa para dar el veredicto. La conciencia es testigo de nuestros actos y para dar su sentencia como juez, se basa en las leyes naturales que Dios ha escrito en el corazón del hombre. La conciencia recta conoce la verdad. Está atenta para iluminar en cada momento de la vida.

Una conciencia bien formada siempre invitará a actuar de acuerdo con los principios y convicciones acordes con la opción fundamental por Jesucristo, impulsándonos a servir a los hombres, a promover lo positivo y eliminar lo negativo.

La conciencia moral es la capacidad de percibir el bien y el mal y de inclinar nuestra voluntad a hacer el bien y evitar el mal. La conciencia moral se expresa a través del juicio “bonum facendum, malum vitandum”, debemos hacer el bien y evitar el mal.

“¿Por qué la conciencia de los jóvenes no se rebela contra el mal en la sociedad? ¿Por qué tantos se acomodan en comportamientos que ofenden la dignidad humana y desfiguran la imagen de Dios? Lo normal sería que la conciencia señalara el peligro mortal que encierra el hecho de aceptar tan fácilmente el mal y el pecado. Y en cambio, no siempre sucede así. ¿Será porque la misma conciencia está perdiendo la capacidad de distinguir el bien del mal? Jóvenes, no cedáis a esa falsa moralidad en la que lo bueno es lo que me gusta o me es útil y lo malo es lo que me disgusta. ¡No asfixiéis vuestras conciencias!” .[1]

Esta interpelación de Juan Pablo el Grande nos recuerda que el hombre no sólo tiene el derecho, sino el deber de seguir el dictamen de su conciencia, y más en la etapa de la juventud, cuando se percibe con mayor fuerza las situaciones de injusticia, en la búsqueda de la madurez. Una persona es madura cuando se comporta según el juicio de la recta conciencia. Una conciencia recta puede mermar como puede progresar y perfeccionarse. En ese sentido el estado de la conciencia en un momento dado puede ser una muestra de la madurez moral y la coherencia de vida de la persona. Es importante saber cuáles son las principales desviaciones de la conciencia y los medios prácticos para llevar a cabo un trabajo de superación.


Deformaciones de la conciencia

La deformación de la conciencia generalmente es fruto de malos hábitos, no es algo que se dé de un día para otro. Se puede deformar la conciencia poco a poco, sin darnos cuenta, aceptando voluntariamente pequeñas faltas o imperfecciones en los deberes diarios. A fuerza de ir diariamente haciendo las cosas “un poco mal”, llega un momento en el que la conciencia no hace caso de esas faltas y ya no nos pone en guardia ante el mal. Se convierte en una conciencia indelicada, que va resbalando de forma fácil del “un poco mal” al “muy mal”.

También puede suceder deformar nuestra conciencia a base de repetirle principios falsos como: “No hay que exagerar”, “Tómalo con calma”, “Todo el mundo lo hace”, “A cualquiera le puede pasar”. Se convierte así en una conciencia adormecida insensible e incapaz de darnos señales de alerta. Esto se da principalmente por la pereza o la superficialidad, que nos impiden entrar en nosotros mismo para analizar lo que hacemos.
Podemos convertir nuestra conciencia en una conciencia domesticada si le ponemos una correa, con justificaciones de todos nuestros actos, cada vez que quiera llamarnos la atención, por más malos que estos sean: “Lo hice con buena intención”, “Se lo merecía”, “Es que estaba muy cansado”, etc. Es una conciencia que se acomoda a nuestro modo de vivir, se conforma con cumplir con el mínimo indispensable.

También puede ser que nuestra conciencia sea una conciencia falsa, es decir, que nos dé señales erróneas porque no conoce la verdad. Esto puede ser por nuestra culpa o por culpa del ambiente en el que vivimos. Hay varios tipos de conciencia falsa:

— Conciencia ignorante. Es la que realmente no sabe si los actos son buenos o malos y permite que cometamos actos malos sin darnos cuenta de su maldad. Es el caso de cuando no se conoce una ley y se quebranta. Si no la conocemos porque no teníamos forma alguna de conocerla, entonces no tenemos ninguna culpa; pero si no la conocemos porque no queríamos conocerla, entonces la culpa es mayor.

— Conciencia escrupulosa. Para este tipo de conciencia todo es malo. Es opresiva y angustiante pues recrimina hasta la falta más pequeña exagerándola como si fuera la peor falta.

— Conciencia laxa. Es lo contrario de la escrupulosa. Este tipo de conciencia minimiza las faltas graves haciéndolas aparecer como pequeños errores sin importancia.

— Conciencia farisaica. Es la que se preocupa por aparentar bondad ante los demás, mientras en su interior hay pecados de orgullo y soberbia. Es hipócrita, quiere que todos piensen que es buena y eso es lo único que le importa. Se preocupa de cumplir las normas y reglas exteriores y se olvida de la caridad y de la justicia: “Reza mucho, pero es la que más critica a los demás”.

Notas:

1. JUAN PABLO II. Homilía a los Jóvenes en Denver, Agosto de 1993.









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