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Nivel superior
En el camino de la esperanza
2005
Febrero
Editorial

Número dedicado al ecumenismo. |
Editorial Febrero 2005 -Ut unum Sint
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TodavÃa, suspendido en la atmósfera del espÃritu, se percibe el aroma de la semana de oración por la unidad de los cristianos. Y es que la imperiosa necesidad y el afortunado deseo de unidad empuja las fronteras de la oposición con tal brÃo que enciende a su paso los corazones de los fieles cristianos. Este “empeño ecuménico” es asunto divino, “es un imperativo”, asà que abran paso.
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Hace muy poco tiempo tuve la oportunidad de visitar a un sacerdote amigo. Supo que la obra se desarrolla satisfactoriamente en la diócesis de San Cristóbal de las Casas, Chiapas, donde la discrepancia entre diversas eclesiologÃas, la activa presencia de múltiples denominaciones cristianas, y la proliferación de sectas y grupos polÃticos antagónicos, crean un caldo de cultivo para la discordia y la confrontación. Por ello sin dejo de fascinación me atajó con la pregunta: “¿Cómo hicieron para lograr trabajar en Chiapas?”. Lo primero que me vino a la mente fue la certeza de que la misericordia divina sustituye la escasez de nuestros méritos, y que estos se han gestado de rodillas ante es SantÃsimo Sacramento del Altar y la siempre maternal intercesión de Maria, Madre de la Unidad -la abundancia reiterativa de pruebas me mantiene en la certeza de que soy la persona menos apta para llevar esto a cabo-. Después recordé como los encuentros con otros actores de la diócesis fueron entre personas con rostros concretos, con intereses comunes sobre los que hemos unido fuerzas, procurando dejar a un lado, quizá al menos por el momento, las diferencias; hemos trabajado sin dar espacio a la discusión. Yo no puedo renunciar a mis principios, asà que después de proponer ¿cómo exigir que ellos compartan mi parecer? Estaba pues frente a personas que actuaban como pensaban era lo correcto, y mucho de ellos apostaban y gastaban su vida por ello; seres con historia personal, con debilidades como las mÃas, con sueños, y con la intención de llevarlos hasta sus últimas consecuencias.
Y es que como dice el querido padre Larrañaga: “si supiéramos comprender no harÃa falta perdonar”. Asà concluyo que la “receta” ha sido: “Amar hasta hacer la unidad”. El amor sobrenatural hace posible a obrar cristianamente.
La apertura demanda una sólida identidad que, lejos de mermar la fe, la fortalece. De ahà que la formación, partiendo de la catequesis –y hasta la exégesis-, sea fundamental para generar una nueva actitud, pues “no se puede dialogar con gente que no tiene clara la propia identidad” (cardenal Walter Kasper).
La unidad es un don de EspÃritu Santo, y como tal requiere de acogida y respuesta por parte de cada alma, desde su derivación en conversión hasta la meta de santidad. Es una exigencia que se revela contundente en la Sagrada Escritura: “Esforzaos por mantener la unidad del EspÃritu, con el vÃnculo de la paz. Un solo cuerpo y un solo EspÃritu, como una sola es la meta de la esperanza en la vocación en la que habéis sido convocados. Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todo, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo”, (Ef. 4,3-6).
¡MarÃa, Madre de la Unidad, llévanos dóciles y fieles al Buen Pastor!
Amar hasta hacer la unidad
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