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Nivel superior
En el camino de la esperanza
2004
Diciembre
Articulos

¡Feliz Navidad! - Diciembre 2004 |
¡Noche regocijada la de Belén!
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¡Los cielos se abren; la tierra se estremece; los ecos del Universo repiten los cánticos de gloria y de paz! ¡Gloria in excelsis Deo et in terra pax hominibus bonae voluntatis! (Lc 2, 14)
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En medio de la noche, cuando todo calla, el Verbo Omnipotente de Dios desciende de las regias moradas. “Cuando todas las cosas dormÃan en el silencio, y la noche iba a la mitad de su carrera, tu Palabra omnipotente descendió de las regias moradas” (Lit. Of. Dom inf. Oct. Nat. – Sb 18, 14-15).
¡Oh admirable comercio! ¡Dios se hace hombre para hacernos dioses, se hace pobre para hacernos ricos, comparte nuestras penas para darnos su felicidad! Este comercio admirable constituye el fondo del Cristianismo, es la tesis sublime de la Escritura, es el drama vivido de la Historia, porque es el misterio de Cristo.
Belén es el principio; allà aparecen Dios y el hombre unidos indisolublemente; Belén es el principio del dolor de Dios que habrá de consumarse en la agonÃa, el principio de la gloria del hombre que hallará su remate en la noche de la Resurrección.
Un niño se nos ha dado; un hijo nos ha nacido que lleva en sus hombros un imperio formado con todas las glorias del cielo y todos los dolores de la tierra; su nombre es: Admirable, Dios, Fuerte, Padre del siglo futuro, PrÃncipe de la Paz.
En torno suyo se agruparán los hombres y los siglos; de todos los confines del mundo vendrán a Él, trayéndole los simbólicos presentes: oro, el incienso y la mirra.
La noche de Belén es noche de alegrÃa, es la aurora que despierta y regocija a la naturaleza con un beso de luz suavÃsima y una caricia muy llena de frescura; es el amor que hace en las almas su entrada deliciosa sin que adivinen las almas, en su prÃstino candor, ni los tesoros de amargura ni los abismos de felicidad que lleva ocultos aquel huésped anhelado y misterioso; es el ósculo primero de Dios y el hombre que con su idÃlica suavidad encubre la trágica ignominia de la Cruz y la epifanÃa gloriosa de la Resurrección.
¡Alégrese tierra y regocÃjense los cielos, porque ha venido el deseado de collados eternos!
Ya el hombre podrá ver con sus ojos, escuchar con sus oÃdos y palpar con sus manos al Verbo de la vida. ¡Gloria a Dios en la alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad!
BibliografÃa
Monseñor Luis MarÃa MartÃnez, “Jesús”, página 17 y 18, Editorial “La Cruz”.
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