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Nivel superior
En el camino de la esperanza
2004
Octubre
Secciones

Octubre 2004. Número dedicado a la labor misionera. |
En ocasiones hablamos de obediencia “ciega”, pero nunca de obediencia “sorda”, ya que la palabra “obedecer” proviene del término latino que significa “escuchar”.
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Cuando descubrà el origen de esta palabra, me liberé poco a poco del concepto equivocado que tenÃa de la obediencia, como la eliminación pasiva de mi voluntad. Me di cuenta entonces de que obedecer no quiere decir ser de voluntad débil. Los que obedecen no anulan su libertad, sino que la exaltan. No desperdician sus talentos, sino que los canjean en la lógica de la oferta y la demanda. No se abajan como si fueran robots autómatas, sino que actúan bajo el concepto de la escucha y el diálogo.
La espléndida frase “obedecer de pie” muestra la auténtica naturaleza de la obediencia, que presupone que uno es el que habla y el otro el que responde. Uno hace una proposición con respeto, y el otro accede por amor. Uno desarrolla un plan, sin rastro de coerción alguna, y el otro la lleva a cabo con gusto.
De hecho, sólo se puede obedecer, estando de pie. Al arrodillarse, uno se somete en vez de obedecer, cede en lugar de amar, condesciende en vez de colaborar. La obediencia no se traga una afrenta, sino que experimenta todo con libertad.
La obediencia no se resigna al silencio ante las vejaciones sino que acepta con agrado un proyecto mayor. La obediencia no significa quedarse callado y con rencores. Responde con amor; no obstante, el amor requiere cortesÃa, en vez de superioridad por parte del que solicita.
Lo que obedecen no suprimen su voluntad, sino que se identifican de tal forma con la persona que aman que alinean sus voluntades con las del otro. Aquà encontramos el motivo profundo de la obediencia de MarÃa. No permitió que se le privara de su libertad, ni siquiera por el Creador. Más bien, al decir que “sÔ, ella se abandonó libremente a Él y entró en la historia de la salvación con una conciencia responsable. Por ello, el ángel Gabriel retornó al cielo y le trajo al Señor una anuncio no menos grandioso que el que él habÃa llevado a la tierra.
Santa MarÃa, mujer de abandono, tuviste la gracia de caminar “a la vista del Señor”; ayúdanos, como tú, a “buscar su rostro”. Haz que entendamos que sólo hallaremos paz en su voluntad. Aun cuando, nos empuje a saltar a la oscuridad, de modo que podamos alcanzarlo, libéranos del vértigo del vacÃo. Danos la certeza de que todo el que obedece al Señor no se estrella en el suelo, sino que cae en los brazos amorosos de Dios.
Santa MarÃa, tú sabes bien que mientras caminamos por este mundo podemos encontrar el rostro de Dios sólo en los diversos rostros intermediarios que vemos, y que sus palabras nos llegan únicamente en los pobres ecos de nuestro vocabulario terrenal. Danos ojos de fe, de modo que podamos encontrar a Dios en todos los sucesos de la vida diaria, a través del diálogo con aquellas personas a quienes Él ha elegido como signo de su voluntad eterna. Sin embargo, presérvanos también de la complacencia y la tentación de permanecer cómodos donde estamos, sin tratar de subir hasta ti.
Santa MarÃa, para salvar la vida de tu Hijo, tú evadiste la orden del dictador tirano y huiste a Egipto. En ese instante, te convertiste en un icono de la resistencia pasiva. Enséñanos a discernir y danos la fuerza para combatir la injusticia, defender los derechos de los no nacidos, de los niños, de los pobres... Que tu sabidurÃa nos inspire a juzgar “cuándo debemos obedecer a Dios, en lugar de a cualquier otra autoridad humana” (Hech. 5, 29). PermÃtenos invocarte en esta forma: “Santa Maria, mujer que no se sometió a la injusticia, ruega por nosotros”.
Traducción: Hna. MarÃa H. Hernández
BibliografÃa
Antonio Bello, “MarÃa mujer, humana y santa”, capÃtulo 18.
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