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Nivel superior
En el camino de la esperanza
2004
Octubre
ArtÃculos

Octubre 2004. Número dedicado a la labor misionera. |
Lo recuerdo como si fuera ayer, a pesar de que ya han pasado casi diez años, cuando llegamos a casa de Juanita en la comunidad de Santa Ana Jilotzingo, Edo. de México.
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La Misión apenas iniciaba, y eramos todavÃa unos cuantos. Entre ellos estaba Ubaldo, un joven misionero que evangelizaba con unos tÃteres que él mismo confeccionaba, y la Sra. MarÃa Elena, una mujer también misionera, de aproximadamente 50 años de edad que daba catecismo en ésta comunidad.
Entramos en la casa de Juanita con Doña Margarita, todo un personaje de la comunidad que nos guiaba a las casas de las personas más necesitadas o alejadas de Dios. Nos encontramos en una casucha de tablones y cartones de leche, muy pequeña y con techo bajÃsimo de lámina y desperdicios. Recuerdo que tenÃamos que doblar mucho el torzo para poder entrar. Dentro nos encontramos con una señora y cuatro niños. La señora era viuda y no sabÃa leer ni escribir, trabajaba su pequeña porción de tierra. La señora nos guió a una habitación en donde estaba postrada, sobre una estructura a manera de cama elevada sobre ladrillos, una jovencita de 17 años prácticamente en los huesos. Estaba recostada volteada hacia la pared, le hablamos pero no nos contestó, su madre nos dijo que llevaba dos semanas asà y que poco a poco habÃa dejado de consumir alimentos y que ahora sólo tomaba agua, pues si comÃa algo sólido devolvÃa. No olvido la impresión que esto me causo, además la chica olÃa muy mal pues no se paraba para ir al baño, asà que la madre la limpiaba en la cama pero las cobijas ya estaban impregnadas de olor a orina y excremento. Nuestro intentos por entablar comunicación fueron inútiles, la joven ni siquiera se movió, mi impacto fue mayor cuando escuche a la madre de la joven decir que preferÃa que ya se muriera pues era una verdadera carga para ella ya que atenderla le demandaba mucho tiempo, tenÃa cuatro hijos más que atender, los quehaceres de la casa y además trabajar la tierra. Al salir de la casa regresamos a donde estaba mi esposo –Ricardo- con el resto de los misioneros. Les platicamos de lo sucedido, discutimos el asunto y decidimos volver a casa de Juanita en nuestra siguiente visita a Jilotzingo.
Cuando llegamos por segunda vez a casa de Juanita logramos que hablara con nosotros. La escena fue conmovedora, recuerdo a Ubaldo con sus tÃteres en una función especial para ella, la joven dejaba de pronto entrever una sonrisa, pero estaba muy débil y demacrada. Platicando le hablamos de cómo Dios le amaba y se interesaba por ella, le explicamos como nuestra visita era reflejo de este amor y que de alguna manera Dios se valÃa de nosotros como sus instrumentos para hacerle llegar este mensaje. Salimos muy contentos pues Juanita se quedó muy animada.
A partir de la tercera visita las cosas comenzaron a cambiar, cuando llegamos nuevamente a verla el rostro se le iluminó y nos encontramos con la sorpresa de que habÃa empezado a comer un poco y ya se sentaba en una silla cerca de una pequeña ventana. En esta ocasión hablamos de su estado fÃsico, nos dijo que le dolÃan mucho los huesos y que sentÃa un malestar general. Pedimos autorización a la madre para llevarla al centro de Salud de Toluca, ella accedió. Después de varios dÃas de estudios y exámenes nos dieron el diagnóstico que nos cayó como balde agua frÃa, Juanita tenÃa cáncer en los huesos y era demasiado tarde para poder que cualquier tratamiento clÃnico la sanara. Le hablamos de su enfermedad y de la preparación que debÃa tener en caso de que la voluntad de Dios fuera llevarla con Él, ella lo entendió mucho mejor de lo que esperábamos y desde ese momento comenzamos a ocuparnos mucho más de su salud espiritual. Juanita no habÃa hecho la primera comunión pero nos expresó su deseo de recibir a Jesús Sacramentado.
Aunque el diagnóstico era tan poco prometedor fÃsicamente hablando no cesamos de buscar los medios para atenderla. Todos participamos, nos turnábamos para acompañarla al hospital y para conseguir los medicamentos que necesitaba. A pesar de su enfermedad su estado de ánimo no decayó, la llevamos junto con otros enfermos a la BasÃlica de Guadalupe, pedimos a la Virgen su intercesión para que Juanita pudiera aceptar la voluntad de Dios cualquiera que esta fuera. El dÃa que regresamos de la BasÃlica ella estaba radiante, habÃamos asistido a la EucaristÃa ese dÃa y venÃa por el camino de regreso muy animada y hasta contando chistes, otra persona muy diferente de la que encontramos meses atrás postrada en la cama. Pocos dÃas después de haber hecho su primera comunión Dios la llamó a participar de la Vida Eterna.
Juanita fue una persona que tocó mi vida, sé que como misionera soy un instrumento de Dios, pero también sé que ella fue otro instrumento de Dios para tocarme a mà en lo más profundo de mi ser al experimentar la transformación de esta joven de 17 años que a los ojos del mundo estaba sentenciada a morir, ella lo sabÃa pero aún asà era feliz porque tenÃa a Dios, ella me ayudó a ver que para Dios nada es imposible.
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