Se molestan legisladores del Distrito Federal porque la jerarquÃa católica calificamos como un asesinato su propuesta de liberalizar totalmente el aborto, y quieren que las autoridades federales nos callen la boca. Se defienden diciendo que no impulsan el aborto, sino que sólo protegen la salud de las mujeres con embarazos no deseados. Nos acusan falsamente de que no nos importa la vida de esas mujeres, y nos hacen aparecer como insensibles ante ellas. Es una manera de defenderse, vituperándonos por todos los medios posibles.
Uno que otro legislador chiapaneco se está subiendo al barco proabortista, como si no hubiera otras urgencias en nuestro Estado. Quizá obedezca a consignas de su partido, y si no lo hace pierde oportunidad de subir. Quizá carezca de ideas propias y sea un oportunista.
Otros legisladores, demostrando su crasa ignorancia de lo que es la fe, sostienen que una cosa es la religión, y otra la vida polÃtica, y que no se deben mezclar. Al respecto, dice el Papa Bendedicto XVI, en su Exhortación Sacramentum Caritatis: “El culto agradable a Dios nunca es un acto meramente privado, sin consecuencias en nuestras relaciones sociales: al contrario, exige el testimonio público de la propia fe. Obviamente, esto vale para todos los bautizados, pero tiene una importancia particular para quienes, por la posición social o polÃtica que ocupan, han de tomar decisiones sobre valores fundamentales, como el respeto y la defensa de la vida humana, desde su concepción hasta su fin natural, la familia fundada en el matrimonio entre hombre y mujer, la libertad de educación de los hijos y la promoción del bien común en todas sus formas. Estos valores no son negociables. Asà pues, los polÃticos y los legisladores católicos, conscientes de su grave responsabilidad social, deben sentirse particularmente interpelados por su conciencia, rectamente formada, para presentar y apoyar leyes inspiradas en los valores fundados en la naturaleza humana” (No. 83).