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EDITORIAL Agosto 2006 |
La Paz se afianza solamente con la Paz, la Paz no separada de los deberes de la Justicia, si no alimentada por el propio sacrificio, por la clemencia, por la misericordia, por la caridad.
La Paz, es en la realidad histórica, obra de una continua cura terapéutica; su salud es por su naturaleza precaria, compuesta por relaciones entre hombres prepotentes y volubles; reclama un continuo y prudente esfuerzo de la fantasÃa que llamamos diplomacia, orden [nacional o] internacional, dinámica de las negociaciones. ¡Pobre Paz! ¿Cuáles son entonces tus armas? ¿El terror de inauditas y fatales conflagraciones que diezman o aniquilar a la humanidad?
Hay que dar a la paz otras armas, las que den fuerza y prestigio al derecho. Primeramente, la de observar los pactos, dar consistencia al diálogo efectivo entre los estados para la estabilidad dela justicia [al interior y] entre las Naciones […] Se hace apologÃa de las nuevas instituciones internacionales, mediadoras de consultas, de estudios, de deliberaciones, que deben de excluir absolutamente la llamada vÃa del hecho consumado, es decir el litigio de las fuerzas ciegas y desenfrenadas, que siempre llevan consigo vÃctimas humanas y ruina sin número de culpa, y que difÃcilmente alcanzan el objetivo puro de reivindicar una causa verdaderamente justa. En una palabra: las armas, las guerras hay que excluirlas de los programas de la civilización.
El Profeta del Nuevo Testamento proclamó la decadencia de la costumbre arcaica, primitiva e instintiva y anunció con Palabras que encierran potestad en sà mismas, no sólo de denunciar y de anunciar, si no de crear a ciertas condiciones, una humanidad nueva: “No penséis que he venido a abrogar la ley y los profetas, no he venido a abrogarla si no a consumarla... Habéis oÃdo que se dijo de los antiguos: no matarás, el que matarse será reo de juicio. Pero yo os digo que todo el que se irrita contra su hermano será reo de juicio...” Ya no se trata de una simple, ingenua y peligrosa utopÃa. Es la nueva ley de la humanidad que progresa y arma a la paz con un formidable principio: “Todos vosotros sois hermanos”
La civilización camina en pos de una Paz armada únicamente con un ramo de olivo. Tras ella los Doctores con sus pesados tomos sobre el Derecho evolutivo de la humanidad ideal; detrás los PolÃticos; expertos no solo en cálculos de ejércitos omnipotentes y envilecidos, sino en los recursos de la psicologÃa del bien y de la amistad. La justicia sigue también este sereno cortejo, pero no altanera y cruel, si no decidida a defender a los débiles, a castigar a los violentos, a asegurar un orden extremadamente difÃcil, pero el único que puede llevar aquel nombre divino: el orden en la libertad y en el deber responsable.
No nos será difÃcil encontrar en el evangelio los cánones de una Paz, que podrÃamos llamar renunciataria. Recordemos por ejemplo: “y al que quiera litigar contigo para quitarte la túnica déjale también el manto”. Y además la conocida prohibición de vengarse. Mas aun en vez de defenderle ¿no agrava la condición del ofendido? : “si alguno de abofetea en la mejilla derecha, dale también la otra“. Por lo tanto nada de represalias, nada de venganzas (¡ y ello con más razón si estas fueran hechas para prevenir ofensas no recibidas ¡) ¡cuantas veces recomienda el evangelio el perdón, no como el acto de vil debilidad ni de abdicación frente a la justicia, si no como signo de justicia de fraterna caridad, erigida como condición para obtener nosotros mismos el perdón, mucho más generoso y para nosotros más necesario, por parte de Dios!
Recordemos el compromiso de indulgencia y de perdón que hemos adquirido, y que invocamos en el Pater Noster, al poner nosotros mismos la condición y la medida de la misericordia que deseamos obtener: “Y perdónanos nuestras deudas, asà como nosotros perdonamos a nuestros deudores”.
La Paz se afianza solamente con la Paz, la Paz no separada de los deberes de la Justicia, si no alimentada por el propio sacrificio, por la clemencia, por la misericordia, por la caridad.
Fuente:
Vaticano, 18 de Octubre 1975.
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