Encontrado en: http://materunitatis.org/article/articleprint/546/-1/235/

Sección Bioetica - Después del Aborto


Nivel superior En el camino de la esperanza 2006 Junio Secciones

Así dice el Señor “Se oye una voz en Ramà de alguien que llora por sus hijos y no quiere ser consolada porque ya están muertos”. Pero dice el Señor: “Raquel, no llores más. Ya no derrames tus lágrimas pues tus penas tendrán su recompensa…. Hay una esperanza para el futuro”. Jr 31, 15-17.

Recientemente Rocío acudió al Centro de Ayuda para la Mujer, solicitando atención médica pues presentaba una infección ginecológica muy severa. Ella es una mujer soltera y manifestó que había quedado mal desde su último aborto (4 meses atrás).

Durante la entrevista inicial, casi no podía expresarse por el llanto que casi la convulsionaba y que era una manifestación de la intensidad de su sufrimiento. Narraba que había tenido dos embarazos; ella vive con su hermana mayor quien está casada, y su cuñado, que habiendo abusado sexualmente de ella era el responsable. “Cuando mi hermana se enteró de mis embarazos, (comentaba) me obligaron a abortar; ella y su esposo me llevaron forzadamente con una partera, me amarraron y me quitaron a mis niños. Fue espantoso, un dolor insoportable y lo peor, algo que no puedo olvidar es haber visto a mis hijos muertos, el primero con 3 meses y el otro de 5 meses de gestación”.

Ante la evidencia del daño psicológico que presentaba, se le dio información acerca del Síndrome Post-Aborto y se le ofreció la alternativa para la atención terapéutica indispensable para quienes viven las consecuencias de un aborto, y puedan borrar ese recuerdo que las atormenta y rehagan su vida, la cual consiste en sanar y liberar el complejo de culpa, en rehabilitar a la madre desde la experiencia del amor misericordioso de Dios y la conciencia de sentirse perdonada.

El aborto destruye la vida, y nos reta a reconocer que hay, por lo menos, dos víctimas en cada aborto: el bebé y su madre, en cuya memoria permanece para siempre el eco de la vida que fue destruida.
La realidad del aborto, continúa produciendo acalorados debates entre sus partidarios y sus opositores. Se oye hablar de los “derechos de la mujer” contra los “derechos de los no nacidos”; “de la libertad para elegir”; de la “capacidad para controlar el propio cuerpo”, de “ir contra las creencias de otra persona”, etc. etc. Suele argumentarse que el aborto remedia el estrés y la ansiedad producidos por un embarazo no planeado, que disminuye las presiones internas y externas generadas por una concepción “no deseada”. El argumento es, en parte legítimo. Después de un aborto muchas mujeres experimentan, al principio, un cierto alivio. No un sentimiento de alegría o agradecimiento, sino una tranquilidad por haber “podido superar” su culpa o su vergüenza. Todo se olvidó. Todo pasó. Sin embargo, muchas historias de aborto no terminan ahí. En realidad, para más y más mujeres, sus historias apenas comienzan.

Lo que generalmente no se nos ha informado, es que si bien es cierto que el aborto alivia inicialmente el estrés y la ansiedad, es considerado, actualmente como causa importante de estrés y ansiedad. Se trata de una experiencia traumática cuyos elementos destructivos permanecen durante meses o años en la o las personas involucradas.

Cada día es más intenso el clamor de quienes buscan ayuda después de un aborto. Son hombres y mujeres comunes y corrientes, los hay jóvenes, viejos, ricos, pobres, creyentes y no creyentes, trabajan, estudian, son casados o solteros. Las consecuencias del aborto no conocen límites y todos llevan muy adentro algo en común: la cicatriz de un aborto.

En la labor que desempeño en el Centro de Ayuda para la Mujer, como consejera, he entendido más claramente el profundo impacto que produce el aborto en las madres y porqué éstas son sus víctimas. El enorme sufrimiento producido a raíz del aborto, tiene como origen, el que el niño abortado no murió por una enfermedad o por una causa natural. La realidad es que el niño fue matado y esa muerte se debió a la decisión de los padres.

“Toda mujer, cualquiera que sea su edad, antecedentes o sexualidad, resulta traumatizada al interrumpir un embarazo. Un nivel de su humanidad se ve afectado. Es parte de su propia vida. Al destruir el embarazo se destruye ella misma. No hay forma de que el aborto resulte inocuo. Se trata de la fuerza de la vida ...No es un hecho tan inofensivo como lo pregonan lo defensores del aborto. Hay que pagar un precio psicológico. ... Algo ocurre en los niveles mas profundos de la conciencia de la mujer cuando destruye un embarazo...”

Después de escuchar el impactante relato de Rocío y habiendo confrontado su realidad de duelo, oramos juntas pidiéndole a Dios la gracia de la vida eterna para esos bebés y le sugerí que en otro momento de intimidad a solas con Dios pudiera escribirle a sus hijos una carta pidiéndoles perdón .

Ella volvió para continuar con su tratamiento ginecológico e informó que está tomando una terapia de sanación, la cual es un proceso largo y con el cual gradualmente se está recuperando.

Ojalá que la parábola del hijo pródigo haga eco en nosotros para que podamos acompañar a quienes sufren la pena del aborto, para ayudarles a encontrar su propia recuperación y ser reconciliados, para que sepamos compartir con ellos el mensaje de gozo que sólo se encuentra en la vida de Dios.

Alegrémonos y celebremos. Porque esta hermana nuestra estaba muerta y ha vuelto a la vida, estaba perdida y ha sido encontrada.

 

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