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La paz necesita hombres «pacÃficos y pacificadores»
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Nivel superior
En el camino de la esperanza
2006
Marzo
Actualidad
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Autor: zenit.org
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Fecha de publicación: 28/02/2006 17:24
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Según el cardenal Martino, presidente del Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz
CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 29 enero 2006 (ZENIT.org).- La paz «nunca será sólo fruto de funcionamientos estructurales o mecanismos jurÃdicos y polÃticos»; necesita de hombres «pacÃficos y pacificadores», advierte el cardenal Renato Raffaele Martino, presidente del Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz.
La distinción que traza entre «PacÃficos, pacifistas, pacificadores» permite al purpurado llegar a la citada conclusión, según se desprende del capÃtulo final del libro que recientemente ha publicado bajo el tÃtulo «Paz y guerra» (Edizioni Cantagalli, Siena, 2005).
PacÃfico
«La paz es patrimonio de la persona, una cualidad ética y espiritual suya», por lo que instituciones o tratados internacionales --por ejemplo-- no son primariamente «pacÃficas»: «pacÃfico es ante todo el hombre, cada persona capaz, por don de Dios y por virtud propia, de vivir una relación no conflictiva consigo mismo y con los demás», explica el cardenal Martino.
De ahà que la paz sea «la riqueza humana propia de los hombres de paz, de los “pacÃficos”», y que jamás pueda haber estructuras de paz «sin hombres de paz, personas pacÃficas», añade.
«Con demasiada frecuencia en el pasado –alerta-- ha existido la ilusión de que mecanismos o procesos estructurales garantizaran un mundo de paz sin necesidad de hombres pacÃficos».
Y aunque acuerdos internacionales, organismos, etc., sean importantes recursos para la paz, sin embargo «son secundarios e indirectos», porque el «”principal” recurso son los hombres de paz, los pacÃficos», insiste.
Y es que «el hombre de paz siembra la paz a su alrededor»; «es pacÃfico siempre y en toda ocasión de la vida, porque la paz pertenece a su ser», puntualiza.
Pacifismo; riesgo de traicionar el objetivo de la paz
«Pacifista es, en cambio, quien se moviliza por la paz y hace de ella un proyecto social y polÃtico», distingue el cardenal Martino.
Y aunque «el pacifismo es algo bueno», «puede degenerar» --alerta--: «trae frutos positivos sólo si es llevado adelante por hombres de paz», de forma que «se puede decir que el pacifismo depende del ser pacÃficos».
Es más: «Se puede decir que el pacifismo, sin protagonistas pacÃficos, corre el riesgo de traicionar el objetivo de la paz. Se puede transformar en una ideologÃa, maniquea en sus juicios y hasta intolerante. Insensible a la complejidad de las situaciones (...)», recalca.
Según escribe el purpurado, «el pacifismo no se contenta con testimoniar, quiere convencer, adquirir consenso, traducirse en propuesta vencedora y, por lo tanto, también de poder».
De ahà que, aunque «el pacifismo es útil porque difunde una pasión por la paz», «necesita ser continuamente enmendado, reconducido a sus razones más profundas, o sea, a la paz que alberga en los corazones de los hombres pacÃficos», señala.
Desde el punto de vista histórico, el purpurado constata que el pacifismo «ha tenido tanto más éxito cuanto más ha conseguido encarnarse en hombres pacÃficos»: «ha logrado movilizar las conciencias y obtener también resultados polÃticos concretos precisamente porque sus protagonistas han sabido guiar el movimiento pacifista mediante sus cualidades de hombres pacÃficos».
Pacificador
Respecto al hecho de que en el pacifismo militante exista «en el fondo una voluntad de poseer la paz y de imponerla», apunta el cardenal Martino que «la sabidurÃa del realismo cristiano bien conoce que la paz es un don de Dios antes que una conquista humana, sabe también que la paz plena no es algo de este mundo y, por lo tanto, con paciencia, busca ser conquistado por la paz, más que conquistarla».
«En este sentido, no se pasa a ser “operadores de paz” si no se es capaz de acoger la paz dentro de nosotros», reconoce.
«He aquÃ, entonces, al pacificador. Él saca alimento del hecho de ser un hombre de paz para vincularse a otros hombres de paz y, como tales, introducirse en las situaciones históricas de conflicto para llevar palabras, actitudes y soluciones de paz», prosigue.
«Si el del pacÃfico es un modo de ser y el pacifismo un proceso», ser pacificador implica acción. Y asà como «el pacifismo puede ser utópico y abstracto», «la acción pacificadora es concreta y realista»; si «el pacifismo simplifica, juzga y a veces condena», en cambio «la acción pacificadora quiere entender la complejidad, ayudar a crecer, proponer soluciones que mejoren, convertir a la paz convirtiéndose a ella», diferencia.
«Si el pacifismo es orientado frecuentemente por la ideologÃa o recorre un proyecto polÃtico, el pacificador, u “operador de paz”, está guiado ante todo por el amor, porque, como escribÃa san AgustÃn, “Tener la paz significa amar”», recalca el purpurado.
La paz, don de Dios
Puntualiza igualmente que «la distinción entre las tres expresiones –pacÃfico, pacifista, pacificador-- se nutre en la primacÃa de la paz don de Dios respecto a la paz conquista del hombre».
«Sin esta distinción de dos planos complementarios no se entenderÃa por qué es que los primeros pacificadores son los hombres de oración --admite--. Ni se comprenderÃan las dos grandes iniciativas de oración propuestas por el Santo Padre y llevadas a cabo en AsÃs en 1986 y el 24 de enero de 2002».
«La paz es ante todo don de Dios –insiste el purpurado--: “Os dejo la paz, mi paz os doy. No os la doy como la da el mundo” (Jn 14, 27). La conciencia de que los hombres por sà solos no saben dársela pone en crisis el pacifismo ideológico y abre el espacio a los pacÃficos y pacificadores».
Por ello «hay necesidad de hombres pacÃficos y pacificadores, porque la paz nunca será sólo fruto de funcionamientos estructurales o de mecanismos jurÃdicos y polÃticos. Una paz “impersonal”, fruto de lógicas independientes de la persona, es una contradicción en los términos», concluye.
[Por cortesÃa del editor, el Observatorio Internacional Cardenal Van Thuân (www.vanthuanobservatory.org) pone Ãntegramente a disposición del internauta --en italiano e inglés-- el capÃtulo final del libro del cardenal Martino].
ZS06012910