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Sección Sección Van Thuân - Intentado Vivir la Espiritualidad del Cardenal


Nivel superior En el camino de la esperanza 2005 Agosto Secciones

"Las más dolorosas de todas las ingratitudes, traiciones y calumnias, son las que vienen de la maldad irreflexiva de las personas de las que jamás se hubiera sospechado."

"Tu reacción ante ellas será: a) Las perdonarás desde el fondo de tu corazón; b) Llegarás hasta a pedirles perdón, si están a disgusto contigo; c) Las amarás y orarás por que se les abran los ojos; d) Y más que nunca rehusarás fiarte de la tranquilidad que el mundo pueda darte."

Card. F. X. Nguyên Van Thuân

Hace unos días me presentaron con una mujer de edad media. Se presentó bien vestida y maquillada. La precedía el reconocimiento de un esforzado trabajo de años a favor de una marginada etnia indígena de nuestro México, de vivir en una de las colonias más lujosas del país, y de estudiar una Maestría en Antropología. Tan pronto nos presentaron formalmente, de inmediato me reconoció, ya que ambos habíamos sido invitados meses atrás a un congreso a favor de la lucha contra la pobreza. De súbito se abalanzó incontenible lanzando calumnias y descalificaciones contra mi persona. El hecho no pudo ser más inoportuno, pues su insidia comprometía grandes beneficios para esta obra a favor de los pobres.

Entre sus profusas increpaciones reaparecía una y otra vez la de resultarle inaceptable el hecho de que, quien esto escribe, pertenece a una asociación civil y tiene la imperdonable desfachatez de confesar públicamente su fe católica. Pero lo que le parecía “aterrador e inaceptable” era saber que se evangelizara a los indígenas de Chiapas. Confesó incluso ser católica...

La mayoría de sus argumentos y acusaciones, además de aflictivos y contradictorios, eran fáciles de rebatir, esencialmente viscerales, no tenía fundamento antropológico, jurídico, histórico, científico ni teológico... vaya, ¡ni calidad dialéctica! Pero eso no era el punto; se trataba de una oportunidad magnífica de aprender a ser cristiano, de iluminar, no de deslumbrar; de convencer antes que vencer; de hacerme de un aliado para el Reino, no de proclamar una victoria argumentativa que produjera más calor que luz y que sólo alimentara mi ego.

El Cardenal Van Thuân, nuestro Fundador, nos instruye al respecto así: “Las más dolorosas de todas las ingratitudes, traiciones y calumnias, son las que vienen de la maldad irreflexiva de las personas de las que jamás se hubiera sospechado. Tu reacción ante ellas será: a) Las perdonarás desde el fondo de tu corazón; b) Llegarás hasta a pedirles perdón, si están a disgusto contigo; c) Las amarás y orarás por que se les abran los ojos; d) Y más que nunca rehusarás fiarte de la tranquilidad que el mundo pueda darte.

La oración de san Francisco, “Hazme un instrumento de tu paz”, apelaba menesterosamente a mi conciencia, a la vez que mi naturaleza colérica hacia violencia...

“Todo es gracia, todo es Providencia”, recordé. Fugazmente, vislumbre a mi Fundador amando a sus guardias durante el penoso y prolongado aislamiento en las prisiones y campos de reeducación (concentración) comunistas de Vietnam. Pedí a María Santísima su intercesión, la gracia del Espíritu Santo. La paz llegó, y me encontré mirando a mi acusadora con sana compasión (en su más profunda y cristiana acepción). Sus palabras no me herían, llegué a lamentar su condición y comprender el origen de sus romas posturas. Le pedí perdón hasta tres veces por lo que haya sido que en mi encontró ofensivo para sí. Le pedí me diera la oportunidad de explicarle como servimos a las comunidades indígenas en Chiapas, de nuestro compromiso con la promoción humana y desarrollo social, con el ecumenismo, la libertad religiosa, y la inculturación del Evangelio. Lo hice una sola vez. Ella seguía con sus inculpaciones. Con tono suave le pedí que dejara de increparme y de la necesidad de virar hacia la forma de encontrar elementos comunes, primero desde nuestras personas, después desde las obras e instituciones a las que representamos. Respondió favorablemente, aunque de vez en vez volvía a sus recriminaciones iniciales. Tras dos horas de encuentro, finalmente le hice saber que sería un honor unir esfuerzos para servir mejor a los pueblos indígenas, pero que yo no traicionaría mis principios. Ella, al menos aparentemente, aceptó, se retiró tranquila, y se despidió amablemente con una sonrisa.

Para ser mártires de la unidad, nos recuerda también el Cardenal Van Thuân, “hay superar toda autosuficiencia y acogernos unos a otros, para volver a abrir las puertas que pueden parecer cerradas para siempre, para reconocer nuestras culpas y para perdonarnos unos a otros, para amarnos con esa caridad del Evangelio que todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta (1 Co 13,7)”.

“Predisponernos al sacrificio de la unidad significa cambiar nuestra mirada, dilatar nuestro horizonte, saber reconocer la acción de Espíritu Santo que obra en nuestros hermanos, descubrir rostros nuevos de santidad, abrirnos a aspectos inéditos del compromiso cristiano” (S.S. Juan Pablo II, Unitatis Redintegratio, num.7).

 

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