3. La doctrina de Cristo une, en efecto, la tierra con el cielo, ya que considera al hombre completo, alma y cuerpo, inteligencia y voluntad, y le ordena elevar su mente desde las condiciones tran- sitorias de esta vida terrena hasta las alturas de la vida eterna, donde un dÃa ha de gozar de felicidad y de paz imperecederas.
(Mater et Magistra, n. 2)
10. Como a la Iglesia se ha confiado la manifestación del misterio de Dios, que es el fin último del hombre, la Iglesia descubre con ello al hombre el sentido de la propia existencia, es decir, la verdad más profunda acerca del ser humano. Bien sabe la Iglesia que sólo Dios, al que ella sirve, responde a las aspiraciones más profundas del corazón humano, el cual nunca se sacia plenamente con solos los alimentos terrenos.
(Gaudium et Spes, n. 41)
11. Por eso la Iglesia, enriquecida con los dones de su Fundador, observando fielmente sus preceptos de caridad, de humildad y de abnegación, recibe la misión de anunciar el Reino de Cristo y de Dios, de establecerlo en medio de todas las gentes, y constituye en la tierra el germen y el principio de este Reino. Ella en tanto, mientras va creciendo poco a poco, anhela el Reino consumado, espera con todas sus fuerzas, y desea ardientemente unirse con su Rey en la gloria.
(Lumen Gentium, n. 5)
17. "La revelación cristiana ... nos conduce a una comprensión más profunda de las leyes de la vida social" (GS, n. 23). La Iglesia recibe del Evangelio la plena revelación de la verdad del hombre. Cuando cumple su misión de anunciar el Evangelio, enseña al hombre, en nombre de Cristo, su dignidad propia y su vocación a la comunión de las personas; y le descubre las exigencias de la justicia y de la paz, conformes a la sabidurÃa divina.
(CIC, n. 2419)
18. La doctrina social de la Iglesia, que propone una serie de principios para la reflexión, criterios para el juicio y directrices para la acción está enfocada en primer lugar a los miembros de la Iglesia. Es esencial que los fieles interesados en la promoción humana tengan un conocimiento firme de este valioso conjunto de enseñanzas y lo hagan parte integrante de su misión evangelizadora…. Los lÃderes cristianos en la Iglesia y en la sociedad, y especialmente hombres y mujeres laicos con responsabilidades en la vida pública, necesitan estar correctamente instruidos en esta enseñanza para que puedan inspirar y vivificar la sociedad civil y sus estructuras con la levadura del Evangelio.
(Ecclesia in Asia, n. 32)
20. Fiel a las enseñanzas y al ejemplo de su divino Fundador, que dio como señal de su misión el anuncio de la Buena Nueva a los pobres (Lc 7, 22), la Iglesia nunca ha dejado de promover la elevación humana de los pueblos, a los cuales llevaba la fe en Jesucristo.
(Populorum Progressio, n. 12)
21. La Iglesia comparte con los hombres de nuestro tiempo este profundo y ardiente deseo de una vida justa bajo todos los aspectos y no se abstiene ni siquiera de someter a reflexión los diversos aspectos de la justicia, tal como lo exige la vida de los hombres y de las sociedades. Prueba de ello es el campo de la doctrina social católica ampliamente desarrollada en el arco del último siglo, Siguiendo las huellas de tal enseñanza procede la educación y la formación de las con- ciencias humanas en el espÃritu de la justicia, lo mismo que las iniciativas concretas, sobre todo en el ámbito del apostolado de los seglares, que se van desarrollando en tal sentido.
(Dives in Misericordia, n. 12)
23. Ciertamente, no hay un único modelo de organización polÃtica y económica de la libertad humana, ya que culturas diferentes y experiencias históricas diversas dan origen, en una sociedad libre y responsable, a diferentes formas institucionales.
(Discurso a la L Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas, 1995, n. 3)
26. La enseñanza social de la Iglesia contiene un cuerpo de doctrina que se articula a medida que la Iglesia interpreta los acontecimientos a lo largo de la historia, a la luz del conjunto de la palabra revelada por Cristo Jesús y con la asistencia del EspÃritu Santo (SRS, n. 1). Esta enseñanza resultará tanto más aceptable para los hombres de buena voluntad cuanto más inspire la conducta de los fieles.
(CIC, n. 2422)
27. Puede, sin embargo, ocurrir a veces que, cuando se trata de aplicar los principios, surjan divergencias aun entre católicos de sincera intención. Cuando esto suceda, procuren todos observar y testimoniar la mutua estima y el respeto recÃproco, y al mismo tiempo examinen los puntos de coincidencia a que pueden llegar todos, a fin de realizar oportunamente lo que las necesidades pidan. Deben tener, además, sumo cuidado en no derrochar sus energÃas en discusiones interminables, y, so pretexto de lo mejor, no se descuiden de realizar el bien que les es posible y, por tanto, obligatorio.
(Mater et Magistra, n. 238)
29. La doctrina social de la Iglesia se desarrolló durante el siglo XIX, cuando se produjo el encuentro entre el Evangelio y la sociedad industrial moderna, con sus nuevas estructuras para la producción de bienes de consumo, su nueva concepción de la sociedad, del Estado y de la autoridad, sus nuevas formas de trabajo y de propiedad. El desarrollo de la doctrina de la Iglesia en materia económica y social da testimonio del valor permanente de la enseñanza de la Iglesia, al mismo tiempo, da el sentido verdadero de su Tradición siempre viva y activa (cf. CA, n. 3).
(CIC, n. 2421)
30. La doctrina social de la Iglesia no es, pues, una "tercera vÃa" entre el capitalismo liberal y el colectivismo marxista, y ni siquiera una posible alternativa a otras soluciones menos contrapuestas radicalmente, sino que tiene una categorÃa propia. No es tampoco una ideologÃa, sino la cuidadosa formulación del resultado de una atenta reflexión sobre las complejas realidades de la vida del hombre en la sociedad y en el contexto internacional, a la luz de la fe y de la tradición eclesial. Su objetivo principal es interpretar esas realidades, examinando su conformidad o diferencia con lo que el Evangelio enseña acerca del hombre y su vocación terrena y, a la vez, trascendente, para orientar en consecuencia la conducta cristiana. Por tanto, no pertenece al ámbito de la ideologÃa, sino al de la teologÃa y especialmente de la teologÃa moral.
(Sollicitudo Rei Socialis, n. 41)
32. La doctrina social, especialmente hoy dÃa, mira al hombre, inserido en la compleja trama de relaciones de la sociedad moderna. Las ciencias humanas y la filosofÃa ayudan a interpretar la centralidad del hombre en la sociedad y a hacerlo capaz de comprenderse mejor a sà mismo, como "ser social". Sin embargo, solamente la fe le revela plenamente su identidad verdadera, y precisamente de ella arranca la doctrina.
(Centesimus Annus, n. 54)
V. EVANGELIZACIÓN Y ENSEÑANZA SOCIAL DE LA IGLESIA
34. Lo que cuenta aquÃ, como en todo sector de la vida cristiana, es la confianza que brota de la fe, o sea, de la certeza de que no somos nosotros los protagonistas de la misión, sino Jesucristo y su EspÃritu. Nosotros únicamente somos colaboradores y, cuando hayamos hecho todo lo que hemos podido, debemos decir: "Siervos inútiles somos; hemos hecho lo que debÃamos hacer" (Lc 17, 10).
(Redemptoris Missio, n. 36)
36. La presentación del mensaje del Evangelio nos una contribución opcional para la Iglesia. Es un deber que le incumbe en razón del mandato del Señor Jesús, de manera que todos los hombres puedan creer y ser salvados. Este mensaje, en efecto, necesario. Es único. No puede ser suplido.
(Evangelii Nuntiandi, n. 5)
37. Hemos sido enviados. Somos enviados: estar al servicio de la vida no es para nosotros un motivo de vanagloria, sino un deber, que nace de la conciencia de ser el pueblo adquirido por Dios para anunciar sus alabanzas (cf. 1 Pt 2, 9). En nuestro camino nos guÃa y sostiene la ley del amor: el amor cuya fuente y modelo es el Hijo de Dios hecho hombre, que "muriendo ha dado la vida al mundo" (cf. Misal Romano, Oración antes de la comunión). Somos enviados como pueblo. El compromiso al servicio de la vida obliga a todos y cada uno. Es una responsabilidad propiamente "eclesial", que exige la acción concertada y generosa de todos los miembros y de todas las estructuras de la comunidad cristiana. Sin embargo, la misión comunitaria no elimina ni disminuye la responsabilidad de cada persona, a la cual se dirige el mandato del Señor de "hacerse prójimo" de cada hombre: "Vete y haz tú lo mismo" (Lc 10, 37).
(Evangelium Vitae, n. 79)
38. Todos juntos sentimos el deber de anunciar el evangelio de la vida, de celebrarlo en la liturgia y en toda la existencia, de servirlo con las diversas iniciativas y estructuras de apoyo y promoción.
(Evangelium Vitae, n. 79)