118. El principio capital, sin duda alguna, de esta doctrina afirma que el hombre en necesariamente fundamento, causa y fin de todas las instituciones sociales; el hombre, repetimos, en cuanto es sociable por naturaleza y ha sido elevado a un orden sobrenatural.
(Mater et Magistra, n. 219)
121. Fundamento y fin del orden social es la persona humana, como sujeto de derechos inalienables, que no recibe desde fuera sino que brotan de su misma naturaleza; nada ni nadie puede destruirlos; ninguna constricción externa puede anularlos, porque tienen su raÃz en lo que es más profundamente humano. De modo análogo, la persona no se agota en los condicionamientos sociales, culturales e históricos, pues es propio del hombre, que tiene un alma espiritual, tender hacia un fin que trasciende las condiciones mudables de su existencia. Ninguna potestad humana puede oponerse a la realización del hombre como persona.
(Mensaje de la Jornada Mundial de la Paz, 1988, n. 1)
II. LA SOCIEDAD FUNDADA EN LA VERDAD
122. Por eso, la convivencia civil sólo puede juzgarse ordenada, fructÃfera y congruente con la dignidad humana si se funda en la verdad. Es una advertencia del apóstol San Palo: "Despojándoos de la mentira, hable cada uno verdad con su prójimo, pues que todos somos miembros unos de otros" (Efe 4, 25). Esto ocurrirá, ciertamente, cuando cada cual reconozca, en la debida forma, los derechos que le son propios y los deberes que tiene para con los demás.
(Pacem in Terris, n. 35)
129. Para superar la mentalidad individualista, hoy dÃa tan difundida, se requiere un compromiso concreto de solidaridad y caridad, que comienza dentro de la familia con la mutua ayuda de los esposos y, luego, con las atenciones que las generaciones se prestan entre sÃ. De este modo la familia se cualifica como comunidad de trabajo y de solidaridad.
(Centesimus Annus, n. 49)
130. En esta marcha, todos somos solidarios. A todos hemos querido Nos recordar la amplitud del drama y la urgencia de la obra que hay que llevar a cabo. La hora de la acción ha sonado ya; la supervivencia de tantos niños inocentes, el acceso a una condición humana de tantas familias desgraciadas, la paz del mundo, el porvenir de la civilización, están en juego. Todos los hombres y todos los pueblos deben asumir sus responsabilidades.
(Populorum Progressio, n. 80)
132. De esta manera el principio que hoy llamamos de solidaridad y cuya validez, ya sea en el orden interno de cada nación, ya sea en el orden internacional, he recordado en la Sollicitudo Rei Socialis (cf. SRS, nn. 38-40), se demuestra como uno de los principios básicos de la concepción cristiana de la organización social y polÃtica. León XIII lo enuncia varias veces con el nombre de "amistad", que encontramos ya en la filosofÃa griega; por PÃo XI es designado con la expresión no menos significativa de "caridad social", mientras que Pablo VI, ampliando el concepto, de conformidad con las actuales y múltiples dimensiones de la cuestión social, hablaba de "civilización del amor" (cf. RN, n. 25; QA, n. 3; Pablo VI, HomilÃa para la Clausura del Año Santo, 1975).
(Centesimus Annus, n. 10)
133. La solidaridad nos ayuda a ver al "otro"-persona, pueblo o nación-no como un instrumento cualquiera para explotar a poco coste su capacidad de trabajo y resistencia fÃsica, abandonándolo cuando ya no sirve, sino como un "semejante" nuestro, una "ayuda" (cf. Gn 2, 18-20), para hacerlo partÃcipe como nosotros, del banquete de la vida al que todos los hombres son igualmente invitados por Dios.
(Sollicitudo Rei Socialis, n. 39)
140. Es esencial que todo hombre tenga un sentido de participación, de tomar parte en las decisiones y en los esfuerzos que forjan el destino del mundo. En el pasado la violencia y la injusticia han arraigado frecuentemente en el sentimiento que la gente tiene de estar privada del derecho a forjar sus propias vidas. No se podrán evitar nuevas violencias e injusticias allà donde se niegue el derecho básico a participar en las decisiones de la sociedad.
(Mensaje de la Jornada Mundial de la Paz, 1985, n. 9)
141. Es un estricto deber de justicia y de verdad impedir que queden sin satisfacer las necesidades humanas fundamentales y que perezcan los hombres oprimidos por ellas. Además, es preciso que se ayude a estos hombres necesitados a conseguir los conocimientos, a entrar en el cÃrculo de las interrelaciones, a desarrollar sus aptitudes para poder valorar mejor sus capacidades y recursos.
(Centesimus Annus, n. 34)
143. Cada ciudadano tiene el derecho a participar en la vida de la propia comunidad. Esta es una convicción generalmente compartida hoy en dÃa. No obstante, este derecho se desvanece cuando el proceso democrático pierde su eficacia a causa del favoritismo y los fenómenos de corrupción, los cuales no solamente impiden la legÃtima participación en la gestión del poder, sino que obstaculizan el acceso mismo a un disfrute equitativo de los bienes y servicios comunes.
(Mensaje de la Jornada Mundial de la Paz, 1999, n. 6)
145. Añádese a lo dicho que con la dignidad de la persona humana concuerda el derecho a tomar parte activa en la vida pública y contribuir al bien común. Pues, como dice nuestro predecesor, de feliz memoria, PÃo XII, "el hombre, como tal, lejos de ser objeto y elemento puramente pasivo de la vida social, es, por el contrario, y debe ser y permanecer su sujeto, fundamento y fin" (Mensaje por radio en la VÃspera de Navidad, 1944).
(Pacem in Terris, n. 26)
147. El hombre actual parece estar siempre amenazado por lo que produce, es decir, por el resultado del trabajo de sus manos y más aún por el trabajo de su entendimiento, de las tendencias de su voluntad. Los frutos de esta múltiple actividad del hombre se traducen muy pronto y de manera a veces imprevisible en objeto de "alienación", es decir, son pura y simplemente arrebatados a quien los ha producido; pero al menos parcialmente, en la lÃnea indirecta de sus efectos, esos frutos se vuelven contra el mismo hombre.
(Redemptor Hominis, n. 15)
150. La libertad es la medida de la dignidad y de la grandeza del hombre. Vivir la libertad que los individuos y los pueblos buscan es un gran desafÃo para el crecimiento espiritual del hombre y para la vitalidad moral de las naciones.
(Discurso a la L Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas, 1995, n. 12)
151. La libertad no es simplemente ausencia de tiranÃa o de opresión, ni es licencia para hacer todo lo que se quiera. La libertad posee una "lógica" interna que la cualifica y la ennoblece: está ordenada a la verdad y se realiza en la búsqueda y en el cumplimiento de la verdad. Separada de la verdad de la persona humana, la libertad decae en la vida individual en libertinaje y en la vida polÃtica, en la arbitrariedad de los más fuertes y en la arrogancia del poder.
(Discurso a la L Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas, 1995, n. 12)
153. Hay que indicar otro principio: el de que las relaciones internacionales deben ordenarse según una norma de libertad. El sentido de este principio es que ninguna nación tiene derecho a oprimir injustamente a otras o a interponerse de forma indebida en sus asuntos. Por el contrario, es indispensable que todas presten ayuda a las demás, a fin de que estas últimas adquieran una conciencia cada vez mayor de sus propios deberes, acometan nuevas y útiles empresas y actúen como protagonistas de su propio desarrollo en todos los sectores.
(Pacem in Terris, n. 120)
154. Por esto, la relación inseparable entre verdad y libertad- que expresa el vÃnculo esencial entre la sabidurÃa y la voluntad de Dios-tiene un significado de suma importancia para la vida de las personas en el ámbito socioeconómico y socio-polÃtico.
(Veritatis Splendor, n. 99)
159. Al desarrollar su actividad misionera entre las gentes, la Iglesia encuentra diversas culturas y se ve comprometida en el proceso de inculturación.... Transmite a las mismas sus propias calores, asumiendo lo que hay de bueno en ellas y renovando las desde dentro.
(Redemptoris Missio, n. 52)
163. El desarrollo humano integral-desarrollo de todo hombre y de todo el hombre, especialmente de quien es más pobre y marginado en la comunidad-constituye el centro mismo de la evangelización. Entre evangelización y promoción humana-desarrollo, liberación- existen efectivamente lazos muy fuertes. VÃnculos de orden antropológico, porque, el hombre que hay que evangelizar no es un ser abstracto, sino un ser sujeto a los problemas sociales y económicos.
(Ecclesia in Africa, n. 68)
169. La autoridad sólo se ejerce legÃtimamente si busca el bien común del grupo en cuestión y si, para alcanzarlo, emplea medios moralmente lÃcitos. Si los dirigentes proclamasen leyes injustas o tomasen medidas contrarias al orden moral, estas disposiciones no pueden obligar en conciencia. "En semejante situación, la propia autoridad se desmorona por completo y se origina una iniquidad espantosa" (PT, n. 51).
(CIC, n. 1903)
177. Si la situación actual hay que atribuirla a dificultades de diversa Ãndole, se debe hablar de "estructuras de pecado", las cuales- como ya he dicho en la Exhortación Apostólica Reconciliatio et Paenitentia se fundan en el pecado personal y, por consiguiente, están unidas siempre a actos concretos de las personas, que las introducen, y hacen difÃcil su eliminación. Y asà estas mismas estructuras se refuerzan, se difunden y son fuente de otros pecados, condicionando la conducta de los hombres.
(Sollicitudo Rei Socialis, n. 36)