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La Vida Cristiana como Vida Nueva


Nivel superior En el camino de la esperanza 2005 Julio Articulos

En el artículo que publicamos en Mayo sobre la conciencia moral, sentamos las bases para comprender que nuestra vida es un continuo proceso de aprendizaje y perfeccionamiento, de adquirir una conciencia recta y de vivirla. Este es el punto de partida para que del ser humano pueda surgir el ser cristiano, vivir como hijos de Dios.

La vida nueva, vida en Cristo es situarnos ante el tratado de la felicidad y del fin último del hombre. Para ello tenemos que partir del Nuevo Testamento para ver donde puede el hombre encontrar la perfección: Jesús se bautiza y comienza su predicación. Llama a unos pescadores y estos le siguen, y viven en comunidad con Él.

Esta comunidad tiene características que la diferencia de las demás de esa época:

a) Jesús, el Maestro, es quien elige a los Discípulos; y no al revés como era lo que se solía hacer en esa época.

b) El punto de reflexión está en la persona misma del Maestro, de Jesús, y no en torno a un libro.

c) Hay una relación personal y “eterna” entre el Maestro y los Discípulos.

La convivencia con Jesús, tres años más o menos, es una experiencia que durará en los Discípulos para siempre y que les marca existencialmente. Estos años tienen en sí un plan salvador y apostólico.

Esa convivencia con Jesús será perpetuada por medio de los Sacramentos, y especialmente con el Bautismo y la Eucaristía. El Bautismo es el inicio en la vida en Cristo. Borra el pecado original para llevarnos a una vida nueva; pues con Él participamos en la muerte de Jesús, que se ordena a la resurrección. El Bautismo hace al hombre “hijo de Dios”. El hombre bautizado está llamado a la vida de la Gracia; a la misma vida en Cristo. El Bautismo pone al hombre en condiciones de vivir la vida sobrenatural si uno quiere. Y ha de ser actualizado en cada momento. En la celebración de la Eucaristía es continuamente representado el Sacrificio de la muerte de Cristo. El acto de su donación ilimitada e incondicional en la Cruz acontece de nuevo cada vez que celebramos la Eucaristía. En la participación está el fundamento de nuestra vida en Cristo. A través de la Eucaristía, el creyente se abandona a la voluntad del Padre.

La Gracia es la perfección y la elevación de la libertad humana.

La gracia es la vida en Cristo. La perfección de la vida moral del hombre se consigue siendo dóciles a las mociones del Espíritu Santo. Para el hombre sólo hay un fin último, que es la identificación con Cristo, que se consigue por medio de los Sacramentos. Los actos buenos en la vida moral son los actos que me encaminan a la rectitud o santidad.

La felicidad es un estado de ánimo que sigue a la consecución de un fin.

Cuando ese fin consigue aquietar a la persona, es a lo que se le llama felicidad. La búsqueda de la felicidad no es libre, por naturaleza el hombre busca la felicidad en todas sus acciones. Es una exigencia de su propio ser.

Podemos hablar de dos tipos de felicidad:

• Felicidad natural: aquella que se consigue con las solas fuerzas naturales. Alcanzar lo que le corresponde al hombre como hombre natural (propiamente no existe, porque el hombre es un ser espiritual.)

• Felicidad sobrenatural: aquella que se consigue con la gracia, dada por Dios a sus hijos. Esta felicidad se puede dividir a su vez en dos:

- Felicidad absoluta: no se consigue en la vida terrena, se consigue cuando la identificación con Cristo es llevada acabo.

- Felicidad relativa: se necesita la esperanza en la felicidad absoluta para que pueda existir. Es consecución de aquello que es posible en mi estado actual para la perfección.

1. Felicidad relativa objetiva: cuando se alcanza aquello a lo que es llamado el hombre por naturaleza: a ser mejor.

2. Felicidad relativa subjetiva: es la experiencia propia de la felicidad. Es saberse feliz. Lo normal es que la objetiva me lleve a la subjetiva.


A partir de la década de los 50, del siglo XX, se identifica la felicidad absoluta con la felicidad subjetiva, es sentirse feliz, y si hay dolor, hay que resignarse al estilo del estoicismo. El estado de ánimo debe corresponder a una realidad existente. Ante el dolor el hombre debe a sumirlo, para llegar a la felicidad. No debe resignarse, sino aceptarlo: enseñar a vivir en el dolor.

Muchas veces, como insiste el Magisterio del Santo Padre Benedicto XVI, hay una visión muy relativista sobre la felicidad y su consecución. Cuando los medios que ponemos para alcanzar un bien, un placer, no están ordenados a esta vida en Cristo, vida de Gracia, vida de santidad a la que somos llamados desde el Bautismo, entonces somos incoherentes en nuestra fe, puesto que relativizamos la verdad para alcanzar una finalidad egoísta, puesto que no está rectificada a la luz de Dios.

Por eso, no podemos dejar de reflexionar que si no vivimos como aquello que decimos que creemos en la fe, terminaremos creyendo en aquello que vivimos, en un estado de egoísmo, cerrazón y apatía, relativismo moral pleno, que nos alejará de lo que precisamente es aquello que más deseamos alcanzar: la felicidad. Ojalá no nos suceda como a San Agustín, en el sentido de arrepentimiento por su vida anterior, cuando escribió: “Tarde te amé, oh Hermosura, tan antigua y tan nueva, tarde te amé”.

 

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