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La Cuaresma, Camino de Conversión


Nivel superior En el camino de la esperanza 2004 Marzo Articulos

El mensaje de la Cuaresma 2004 de Monseñor Arizmendi.

“Con el sugestivo rito de la imposición de la ceniza, comienza el tiempo sagrado de la Cuaresma, durante el cual la liturgia renueva a los creyentes la llamada a una conversión radical, confiando en la misericordia divina” (No. 1), dice el Papa Juan Pablo II en su mensaje cuaresmal. Ante este tiempo, ¿cómo se siente nuestro corazón? ¿De qué necesitamos convertirnos? ¿Qué sombras hay en nuestras comunidades, que debemos transformar en luz de esperanza? ¿Qué relación tiene la Cuaresma con el Año de la Eucaristía?

“Señor, hemos pecado”


Por los graves problemas del campo mexicano, por el bajo precio del café y de los productos agrícolas, se ha generado mayor pobreza. Por ello, cada día emigran más personas a las ciudades, al norte del país y a los Estados Unidos, con peligro para sus vidas. Aunque mejore su economía, desbaratan su familia, se desarraigan de su cultura, pierden su identidad y a veces su fe.

Aunque en muchas comunidades se está aprendiendo a convivir en paz, en otras persisten las divisiones, por pertenecer a diferentes partidos, organizaciones, grupos o credos religiosos. Unos poseen y cultivan un terreno, y otros se sienten con derecho al mismo. Estas divisiones a veces llevan a la violencia y al derramamiento de sangre. En algunos casos, la abundante presencia militar ha generado intimidación y no ha impedido suficientemente el narcotráfico.

Muchos indígenas, sobre todo jóvenes y niños, están perdiendo su identidad cultural, ya no quieren usar la lengua y la ropa tradicional, se avergüenzan de las buenas costumbres de su pueblo, ya no participan en las asambleas comunitarias y copian los vicios de la sociedad dominante, como el alcoholismo y el consumo de drogas. Es excesiva la violencia que presentan los medios informativos, sobre todo la televisión y los videos.

Aumentan los casos de separaciones, divorcios e infidelidades matrimoniales, con grave daño para los hijos. Por la gran difusión de la pornografía y el libertinaje sexual, cada día hay más abortos, madres solteras y niños de la calle. Son particularmente dolorosos los casos de pequeños que sufren, a los que el Papa Juan Pablo II dedica este año su mensaje cuaresmal: “Hay menores profundamente heridos por la violencia de los adultos: abusos sexuales, instigación a la prostitución, implicación en el tráfico y en el uso de drogas, niños obligados a trabajar o enrolados para combatir, inocentes marcados para siempre por la disgregación familiar, niños víctimas del infame tráfico de órganos y personas. ¿Y qué decir de la tragedia del sida?” (No. 3).

Ha disminuido la práctica religiosa, muchos no participan en las celebraciones dominicales, hay una pulverización creciente de grupos y confesiones religiosas, se utiliza la religión para fines políticos partidistas, o se reduce la fe a la oración y al culto. Hay diversas maneras de entender y practicar la propia creencia; algunos se hacen intolerantes con quienes viven su fe de forma distinta.

“Vuélvanse al Señor”


El profeta Joel nos habla: “Esto dice el Señor: ‘Todavía es tiempo. Vuélvanse a mí de todo corazón con ayunos, con lágrimas y llanto... Vuélvanse al Señor Dios nuestro’” (Joel 2,12). Y antes de proclamar el Evangelio en la Misa del miércoles de ceniza, se nos invita: “Hagámosle caso al Señor, que nos dice: ‘No endurezcan su corazón’”.

El salmo 50 nos enseña a orar: “Misericordia, Señor, hemos pecado. Por tu inmensa compasión y misericordia, Señor, apiádate de mí y olvida mis ofensas. Lávame bien de todos mis delitos y purifícame de mis pecados”.

En relación con los niños y pequeños, escribe el Papa: “Jesús amó a los niños, que fueron sus predilectos... Por eso el Señor quiere que la comunidad les abra el corazón y los acoja como a El mismo: ‘El que recibe a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe” (Mt 18,5). Junto a los niños, el Señor sitúa a los ‘hermanos más pequeños’, esto es, los pobres, los necesitados, los que tienen hambre y sed, los forasteros, los desnudos, los enfermos y los encarcelados. Acogerlos y amarlos, o tratarlos con indiferencia y rechazarlos, es actuar así con El, ya que El se hace presente de manera singular en ellos” (No. 1).

Todos estamos llamados a convertirnos; es decir, a hacer morir en nosotros mismos todo pecado, el personal, el social y el estructural. Hemos de acabar con la injusticia y la marginación, enterrar las divisiones comunitarias y las ambiciones de placer y de poder. Que nuestros vicios y egoísmos mueran con Cristo y bajen al sepulcro, para que así, con El, por El y en El, podamos resucitar a una vida nueva de hijos de Dios, hermanos y miembros de un solo Cuerpo en Cristo, que es su Iglesia. Que florezcan la justicia y la paz, el amor y la vida, el progreso integral y la armonía social. Que venga una nueva primavera para Chiapas, para México y para el mundo. Que cada quien seamos una rama que retoña, unida al tronco que es Cristo, para que demos frutos abundantes de alegría y esperanza para la propia familia y para la comunidad.

El Señor es nuestra esperanza


¿Qué nos dice Dios, en este tiempo de conversión, ante la situación que vivimos? Que somos corresponsables para lograr los cambios que se necesitan. Que hemos de sumarnos a las acciones que ya se realizan, para construir la paz y la justicia. Que hemos de revisar nuestros métodos pastorales, para ver en qué hemos fallado.

El sueño de una patria, de un Estado de Chiapas y de una familia, donde todos seamos justos, fraternos, pacíficos y felices, se puede hacer realidad sólo con la fuerza del mismo Cristo, presente en su Palabra, en la oración, en los sacramentos, en la vida de la comunidad, en los pobres y sobre todo en la Eucaristía. El es la fuerza que nos da vida. Es el amor que nos contagia, para que nos tratemos como hermanos, y no actuemos como caínes que destruyen y matan.

La Eucaristía es la presencia viva del misterio pascual de Cristo; es la renovación sacramental de toda su vida, entregada por nosotros, en particular de su pasión, muerte y resurrección. Acerquémonos con fe y devoción a El, para que transforme nuestras sombras en luces de esperanza, y así seamos constructores de un mundo nuevo. Que el Espíritu Santo y la Virgen María nos acompañen en este camino cuaresmal de conversión.


25 de febrero de 2004

+ Felipe Arizmendi Esquivel
Obispo de San Cristóbal de Las Casas

+ Enrique Díaz Díaz
Obispo Auxiliar de San Cristóbal de L.C.

 

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