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Dificultades en la Oración
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Nivel superior
En el camino de la esperanza
2005
Febrero
Articulos
Orar, hacer oración, no es difÃcil, pero se presentan dificultades. Es muy importante saber esto, ya que muchas personas que comienzan el camino de la oración pueden sentir "que no sirven para eso" o desanimarse rápidamente. Santa Teresa de Jesús, que llegó a las cumbres de la mÃstica, durante 20 años no pudo hacer oración mental adecuadamente.
Uno de los obstáculos más comunes y continuos en la oración es la distracción, los pensamientos o imaginaciones que desvÃan la atención del objeto propio de la oración, que es Dios. Sus causas son muy variadas. Unas son independientes de la voluntad: el temperamento del que está haciendo la oración (inclinación hacia las cosas exteriores, incapacidad de fijar la atención, pasiones vivas o no bien dominadas que atraen continuamente la atención hacia otras cosas); la salud, la fatiga mental, que impide fijar la atención; el demonio, etc.
La dificultad más común de la oración es pues la distracción. En la oración vocal, la distracción puede referirse a las palabras y al sentido de éstas. La distracción, de un modo más profundo, puede referirse a Aquél al que oramos, tanto en la oración vocal como en la meditación y en la oración contemplativa (…). La distracción descubre al que ora aquello a lo que su corazón está apegado. Esta humilde toma de conciencia debe empujar al orante a ofrecerse al Señor para ser purificado. El combate se decide cuando se elige a quién se desea servir [1].
Otras distracciones voluntarias son la falta de la debida preparación en cuanto al tiempo, el lugar, la postura, poco recogimiento, tibieza, etc.
Un remedio es la lectura de algún libro espiritual o fijar la atención en una imagen que inspire devoción, escribir o tomar notas durante la oración en una libreta, etc.
No hay que impacientarse, sino volver con suavidad al recogimiento interior, todas las veces que sea preciso. Es importante cuidar el silencio, la guarda de los sentidos y del corazón, la mortificación de la imaginación, etc.
La sequedad espiritual también es un problema. El Catecismo nos recuerda que “otra dificultad, especialmente para los que quieren sinceramente orar, es la sequedad. Forma parte de la contemplación en la que el corazón está seco, sin gusto por los pensamientos, recuerdos y sentimientos, incluso espirituales. Es el momento en que la fe es más pura, la fe que se mantiene firme junto a Jesús en su agonÃa y en el sepulcro ”[2].
La sequedad es un reflejo del combate de nuestras vidas. Asà como en la vida luchamos por hacer la voluntad de Dios, por cumplir sus mandamientos a pesar de los muchos obstáculos, tentaciones y debilidades que tenemos, en la oración también debemos combatir y luchar.
“La oración es un don de la gracia y una respuesta decidida por nuestra parte. Supone siempre un esfuerzo. Los grandes orantes de la Antigua Alianza antes de Cristo, asà como la Madre de Dios y los santos con El nos enseñan que la oración es un combate. ¿Contra quién? Contra nosotros mismos y contra las astucias del Tentador que hace todo lo posible por separar al hombre de la oración, de la unión con su Dios. Se ora como se vive, porque se vive como se ora. El que no quiere actuar habitualmente según el EspÃritu de Cristo, tampoco podrá orar habitualmente en su Nombre ” [3].
Una de las razones de la sequedad es la falta de humildad. Creemos que solamente depende de nosotros mismos el hacer oración y perseverar, sin darnos cuenta de que solos no podemos nada. Es una nueva oportunidad para verse objetivamente y abandonarse en Dios. A veces creemos que somos nosotros quienes determinamos la oración o somos su motor y esto no es asÃ, es el EspÃritu Santo el verdadero motor. En el combate de la oración, tenemos que hacer frente en nosotros mismos y en torno a nosotros a conceptos erróneos sobre la oración. Unos ven en ella una simple operación psicológica, otros un esfuerzo de concentración para llegar a un vacÃo mental. Otros la reducen a actitudes y palabras rituales. En el inconsciente de muchos cristianos, orar es una ocupación incompatible con todo lo que tienen que hacer: no tienen tiempo. Hay quienes buscan a Dios por medio de la oración, pero se desalientan pronto porque ignoran que la oración viene también del EspÃritu Santo y no solamente de ellos [4]. (CEC 2726)
No hay que olvidar que a Dios le gusta nuestra perseverancia y nos prepara. Cuando Dios permite nuestra sequedad, o nuestras distracciones, nos pone a prueba. Nuestro Dios está "celoso" de nosotros, lo que es señal de la verdad de su amor. Entremos en el deseo de su EspÃritu y seremos escuchados:
No hay que afligirse si no se recibe de Dios inmediatamente lo que se pide: es Él quien quiere hacerte más bien todavÃa mediante tu perseverancia en permanecer con él en oración. El quiere que nuestro deseo sea probado en la oración. Asà nos dispone para recibir lo que él está dispuesto a darnos.
La sequedad, las distracciones, la falta de tiempo son dificultades, pero pueden vencerse, primero pidiéndole a Dios que nos ayude y en segundo lugar procurando tener una voluntad cada vez más firme.
En alguna ocasión sentiremos que no tenemos deseo de hacer oración, que simplemente "no tenemos qué decir" y es precisamente en esos momentos cuando el estar dirigiéndonos a Dios cobra un sentido especial. Una idea clave en esto es pensar que somos como el guardia de un castillo, y que el Señor del Castillo está en su habitación. No sabemos si él quiere hablar con nosotros o no, o si nos necesita para algo, pero nosotros estamos ahà al pie de su puerta firmes, esperando y haciéndole saber que "ahà estamos".
A veces nos sentimos tan pecadores que tenemos miedo de acercarnos a Dios. Nuestro Fundador, el Cardenal Van Thuan, escribió sobre esto: “Por tu pecado no te atreves a presentarte ante Dios. Las palabras de la Iglesia deberÃan darte seguridad. “Por nuestro Señor Jesucristo…”. Toda la Pasión de Cristo, los méritos de la Virgen y de los Santos, ¿no serán suficientes para hacer llegar tu oración” [5] . Claro que debemos reconocernos pecadores, y con gran fe en la misericordia de nuestro Padre, implorar su bondad y no permitir que nuestra vida interior se haya visto turbada por una falta, aún si es grave. Si no nos acercamos con un corazón humilde, arrepentido, nuestra situación empeorará. Necesitamos acercarnos a Dios, porque Él no se sorprende de nuestras debilidades o caÃdas. Nuestro propósito debe ser firme en no ofenderlo más, pero si cometimos una falta debemos enmendar el error y volver a empezar la lucha.
Notas:
1. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2729.
2. Ibid., n. 2731
3. Ibid., n. 2725
4. Ibid., n. 2726
5. Card. F.-X. VAN THUAN. Mil y un pasos en el camino de la esperanza, n. 140.
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