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El Misterio de la Cruz


Nivel superior En el camino de la esperanza 2004 Marzo Articulos

Es la ley del Evangelio: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo, pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12,24).

Y es la ley que Jesús vivió en primera persona: su muerte fue real, pero aún más real es la vida en abundancia que broto de aquella muerte. Pero ¡cuánto costo esta vida!
Él había bajado a la tierra por amor a nosotros, para llevar a cabo, con unidad plena con la voluntad del Padre, su designo de salvación del mundo.

“A causa de su amor infinito por lo hombres –escribe Máximo el Confesor-, se hizo en verdad y por naturaleza eso mismo que Él amaba”.

Inefable kénosis –abajamiento- de Dios que Pablo nos hace contemplar en el célebre himno de la carta a los Filipenses, presentándonos a Cristo en el acto de despejarse de su forma divina para asumir “la condición de esclavo” y hacerse en todo semejante a nosotros los hombres (cf. Flp 2, 6-8).

Imagen de un Dios que se entrega sin reservas, que da su vida sin medida hasta subir a la cruz, donde toma sobre sí toda la culpa del mundo, hasta asumir, él, que es el “inocente” (Mt 27,4), el “justo” (1 P 3, 18), la semejanza con el hombre pecador.
“Cristo nos rescató de la maldición de la ley [o sea, del pecado], haciéndose él mismo maldición por nosotros”, afirma Pablo (Ga 3,13).

Intercambio admirable entre Dios y el hombre: commercium caritatis, dirá Agustín; comercium salutare, dirá León Magno.

Bibliografía
“Testigos de esperanza”, Cardenal Fco. X. Nguyen Van Thuan, Ciudad Nueva, p. 106

 

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