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El ecumenismo como dimensión de la misión de la Iglesia


Nivel superior En el camino de la esperanza 2005 Febrero Articulos Ecumenismo

La misión es la tarea característica de la Iglesia en el tiempo presente, hasta la segunda venida de Cristo, cuando Dios sea todo en todas las cosas (1 Cor 15,28) y la misión sea sustituida por la visión[1] .

Hemos de recordar la triple dimensión de la misión de la Iglesia[2] :

(1) dimensión misionera: la misión ad gentes; recoge y realiza lo más históricamente originario del Evangelio; llamada también «misión ad extra» por los cardenales Suenens y Montini;

(2) dimensión pastoral: la tarea que la Iglesia tiene respecto de sus propios hijos, sobre los que debe proyectarse de con¬tinuo (predicación, catequesis, sacramentos) para conducirlos a la íntima unión con Dios; sería la «misión ad intra»;

(3) dimensión ecuménica: la responsabilidad que la Iglesia tiene respecto de las comunidades cristianas separadas con vista a reintegrarlas en la unidad; se da por razón de las rupturas de la unidad entre los cristianos; es la forma que toma la misión pastoral de la Iglesia como consecuencia de la realidad histórica de las divisiones y los cismas; esta misión es a la vez ad intra y ad extra; la Iglesia ha ido tomando conciencia cada vez más de que la dimensión ecuménica es más ad intra que ad extra. Por ser una dimensión de la misión de la Iglesia, el ecumenismo cae dentro de la eclesiología. Por ser una dimensión de la misión de la Iglesia, afecta a todos los cristianos y a todos los católicos.

Por esto, el ecumenismo consiste en «promover la unitatis redintegratio de todos los cristianos[3]». Dentro de las iglesias cristianas, hay valores cristianos que permanecen en unión con la Iglesia Católica: el sentido de la confesión de Cristo[4]; el amor a la Sagrada Escritura[5]; la vida sacramental[6]; la vida con Cristo [7].

Sabemos que existen graves divergencias entre la doctrina de estos cristianos y la doctrina de la Iglesia católica aun respecto a Cristo, Verbo de Dios encarnado, de la obra de la redención y, por consiguiente, del misterio y ministerio de la Iglesia y de la función de María en la obra de la salvación. El amor y la veneración y casi culto a las Sagradas Escrituras conducen a nuestros hermanos separados el estudio constante y solícito de la Biblia. Pero cuando los hermanos separados reconocen la autoridad divina de los sagrados libros sienten —cada uno a su manera— diversamente de nosotros en cuanto a la relación entre las Es¬critu¬ras y la Iglesia. Sin embargo, las Sagradas Escrituras son, en el diálogo mismo, instrumentos preciosos en la mano poderosa de Dios para lograr aquella unidad que el Salvador presenta a todos los hom¬bres. El bautismo constituye un poderoso vínculo sacra¬mental de unidad entre todos los que con él se han regenerado. Sin embargo, el bautismo por sí mismo es tan sólo un principio y un comienzo, porque todo él se dirige a la consecución de la plenitud de la vida en Cristo: se ordena a la profesión íntegra de la fe, a la plena incorporación, a los medios de salvación determinados por Cristo y, finalmente, a la íntegra incorporación en la comunión eucarística.

Las comunidades eclesiales separadas, aunque les falte esa unidad plena con nosotros que dimana del bautismo, y aunque creamos que, sobre todo por la carencia del sacramento del orden, no han conservado la genuina e íntegra sustancia del misterio eucarístico, sin embargo, mientras conmemoran en la santa cena la muerte y la resurrección del Señor, profesan que en la comunión de Cristo se representa la vida y esperan su glorioso advenimiento.

La vida cristiana de estos hermanos se nutre de la fe en Cristo y se robustece con la gracia del bautismo y con la palabra de Dios oída. Su culto muchas veces presenta elementos claros de la antigua Liturgia común. Muchos cristianos no entienden siempre el Evangelio en su aspecto moral, en la misma manera que los católicos, ni admiten las mismas soluciones a los problemas más complicados de la sociedad moderna, pero no obstante quieren seguir, lo mismo que nosotros, la palabra de Cristo, como fuente de virtud cristiana. En este campo hemos de trabajar en los distintos niveles: personal, apostólico y pastoral.

Notas:

1. Pedro Rodríguez, Iglesia y Ecumenismo, RIALP, 1979, p. 13.
2. Ib., pp. 11-13
3. Decreto Unitatis Redintegratio, n. 1
4. Ib., n. 20.
5. Ib., n. 21.
6. Ib., n. 22.
7. Ib., n. 23.

 

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