Capítulo VII

Segundo pez:
He elegido a Jesús

Por Cardenal Fco. Xavier Nguyen Van Thuan

Un mensaje que vosotros, jóvenes de hoy, estáis llamados a acoger y gritar a vuestros coetáneos: ¡El hombre es amado por Dios!

Este es el simplicísimo y sorprendente anuncio del que la Iglesia es deudora respecto del hombre

(Christifideles Laici 34); (Juan Pablo II, Mensaje para la XII Jornada Mundial de la Juventud, 1997, n. 9).

Les he hablado de mis experiencias en el seguimiento de Jesús, para encontrarlo, vivir junto a Él y, por consiguiente, llevar su mensaje a todos.

Me preguntarán ustedes: ¿Cómo poner en práctica la unión total con Jesús en una vida lastimada por tantos cambios? No se los he ocultado, pero por claridad ¡les vuelvo a escribir mi secreto! (cfr. El camino de la esperanza, 979-1001).

Al principio de cada párrafo están unos números, del 1 al 24: he querido hacer que correspondan a las horas de un día. En cada número, he repetido la palabra «uno»: una revolución, una campaña, un slogan, una fuerza... Son cosas muy prácticas. Si de 24 horas vivimos 24 radicalmente por Jesús, seremos santos. Son 24 estrellas que iluminan el camino de la esperanza.

No les explico estos pensamientos, los invito a meditarlos serenamente, como si Jesús les hablara dulcemente, íntimamente al corazón. No tengan miedo de oírlo ni de hablar con Él. No duden, vuelvan a leerlos cada semana. Encontrarán que la gracia brillará transformando su vida.

Como conclusión, oremos con la oración «He elegido a Jesús», y no descuiden los catorce pasos en la vida de Jesús.

1. Tú quieres hacer una revolución: renovar el mundo. Podrás realizar esta preciosa y noble misión, que Dios te ha confiado sólo con «el poder del Espíritu Santo». Todos los días, allí donde vives, prepara un nuevo Pentecostés.

2. Comprométete en una campaña que tenga como fin hacer felices a todos. Sacrifícate continuamente con Jesús, para traer paz a las almas, desarrollo y prosperidad a los pueblos. Esta debe ser tu espiritualidad, discreta y concreta al mismo tiempo.

3. Permanece fiel al ideal de un apóstol: «dar la vida por los hermanos». De hecho «nadie tiene mayor amor, que el que da su vida por sus amigos» Un 15, 13). Gasta sin parar todas tus energías y está siempre listo a darte a ti mismo para conquistar a tu prójimo para Dios.

4. Grita un solo slogan: «Todos uno», es decir, unidad entre los católicos, unidad entre los cristianos y unidad entre las naciones. «Como el Padre y el Hijo son uno» (cfr. Jn 17, 22-23).

5. Cree en una sola fuerza: la Eucaristía, el cuerpo y la sangre del Señor que te dará la vida: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» Un 10, 10). Como el maná alimentó a los israelitas en su viaje a la tierra prometida, así la Eucaristía te alimentará en tu camino de la esperanza (cfr. In 6, 50).

6. Viste un solo uniforme y habla un solo lenguaje: la caridad: La caridad es la señal de que eres discípulo del Señor (cfr. In 13, 35). Es el distintivo menos costoso, pero es el más difícil de encontrar. La caridad es la «lengua» principal. San Pablo decía que es más preciosa que «hablar las lenguas de los hombres y de los ángeles» (1 Co 13, 1). Será la única lengua que sobrevivirá en el cielo.

7. Mantente en un solo principio guía: la oración. Nadie es más fuerte que la persona que ora, porque el Señor ha prometido conceder todo a los que oran. Cuando ustedes están unidos en la oración el Señor está entre ustedes (cfr. Mt 18, 20). Te aconsejo con todo el corazón: además del tiempo «oficial» de oración, retírate cada día una hora, o mejor dos, si puedes, para la oración personal. ¡Te aseguro que no será tiempo mal empleado! En mi experiencia de todos estos años, he visto confirmadas las palabras de santa Teresa de Ávila: «El que no ora no necesita que el demonio lo saque del camino: él solo se arrojará al infierno».

8. Observa una sola regla: el Evangelio. Esta «Constitución» es superior a todas las demás. Es la regla que Jesús dejo a los Apóstoles (cfr. Mt 4, 23). No es difícil, complicado o legalista como las otras: al contrario, es dinámica, amable y estimulante para tu alma. ¡Un santo alejado del Evangelio es un santo falso!

9. Sigue lealmente a un solo jefe: Jesucristo y sus representantes: el Santo Padre, los obispos, sucesores de los Apóstoles (cfr. In 20, 22-23). Vive y muere por la Iglesia es lo único que pide sacrificio: también vivir por la Iglesia exige mucho.

10. Cultiva un amor especial por María. San Juan Bautista María Vianney decía en confianza: «Después de Jesús, mi primer amor es para María». Si la escuchas, no perderás el camino; no fallarás en nada de lo que emprendas en su nombre. Hónrala y ganarás la vida eterna.

11. Tu única sabiduría será la ciencia de la Cruz (2 Co 2, 2). Mira a la Cruz y encontrarás la solución a todos los problemas que te preocupan. Si la Cruz es el criterio con el que haces tus decisiones tu alma estará en paz.

12. Conserva un solo ideal: estar vuelto hacia Dios Padre, un Padre que es todo amor. Toda la vida del Señor, todo su pensamiento y su acción tuvieron un solo fin: «Que el mundo sepa que yo amo al Padre y que hago lo que Él me ha mandado» (Jn 14, 31), y «Yo hago siempre lo que a Él le agrada» Un 8, 29).

13. Hay un solo mal que temer: el pecado. Cuando la corte del emperador de Oriente se reunió para discutir el castigo que debía darse a san Juan Crisóstomo por la franca denuncia dirigida a la emperatriz, se sugirieron las siguientes posibilidades:

a) Encarcelarlo, «pero, decían, tendría la oportunidad de orar y de sufrir por el Señor, como siempre lo ha deseado»;

b) exiliarlo, «pero, para él no hay ningún lugar donde no habite el Señor»;

c) condenarlo a la muerte, «pero así se hará un mártir y satisfará su aspiración de ir al Señor».

«Ninguna de estas posibilidades es para él un castigo; al contrario, las aceptará con gozo».

d) hay una sola cosa que él teme mucho y que odia con todo su ser: el pecado; «¡pero sería imposible forzarlo a cometer un pecado!».

Si temes sólo al pecado, tu fuerza será inigualable.

14. Cultiva un solo deseo: «Venga a nosotros tu Reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo» (Mt 6, 10). Que en la tierra puedan los pueblos conocer a Dios como es conocido en el cielo; que en ésta todos empiezan a amar a los demás como se ama en el cielo; que también en la tierra haya la felicidad que hay en el cielo.

Esfuérzate por difundir este deseo. Comienza a llevar la felicidad del cielo a cada uno en este mundo.

15. Te falta una cosa: «Ve y vende todo lo que tienes, dalo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; después ven y sígueme» (Mc 10, 21), es decir, debes decidirte de una vez por todas. El Señor quiere voluntarios, libres de todo apego.

16. Para tu apostolado usa el único método eficaz: el contacto personal. Con este método entras en la vida de los otros, los comprendes y los amas. Las relaciones personales son más eficaces que las predicaciones y que los libros. El contacto entre las personas y el intercambio «de corazón a corazón» son el secreto de la permanencia de tu obra y de su éxito.

17. Hay sólo una cosa verdaderamente importante: «María ha elegido la mejor parte» cuando se sentó a los pies del Señor (cfr. Lc 10, 41-42). Si no tienes una vida interior, si Jesús no es verdaderamente el alma de tu actividad, entonces... bueno, tú ya sabes bien, no tengo necesidad de que te lo repita.

18. Tu único alimento: «La voluntad del Padre» Un 4, 34); con ella debes vivir y crecer, tus acciones deben brotar de la voluntad de Dios. Ella es como un alimento que te hace vivir más fuerte y más feliz; si vives lejos de la voluntad de Dios, morirás.

19. Para ti el momento presente es el más hermoso (Mt 6, 34; St 4, 13-15). Vívelo plenamente en el amor de Dios. Tu vida será maravillosamente bella y como un gran cristal formado por millones de esos momentos. ¿Ves cómo es fácil?

20. Tienes una «carta magna»: las bienaventuranzas (Mt 5, 3, 12) que Jesús pronunció en el sermon de la montaña. Vívela en plenitud: experimentarás una gran felicidad que podrás luego comunicar a todos los que encuentres.

21. Ten un solo objetivo importante: tu deber. No importa si es pequeño o grande, porque tú colaboras con la obra del Padre celestial. Él ha establecido que éste sea el trabajo que debes cumplir para realizar su plan en la historia (cfr. Lc 2, 49; Jn 17, 4). Muchas personas se inventan modos complicados de practicar la virtud y luego se lamentan de las dificultades que de ellos se derivan. Pero cumplir el deber del propio estado es la forma más segura y más simple de perfección espiritual que podamos seguir.

22. Ten un solo modo de llegar a ser santo: la gracia de Dios y tu voluntad (cfr. 1 Co 15, 10). Dios no dejará que te falte su gracia: pero ¿tu voluntad es suficientemente fuerte?

23. Una sola recompensa: Dios mismo. Cuando Dios le dijo a santo Tomás de Aquino: «Has escrito bien acerca de mí, Tomás: ¿qué recompensa quieres?», santo Tomás respondió: «¡Sólo a Ti, Señor!».

24. ...tienes una patria.

La campana suena, grave, profunda,
Vietnam ora.
La campana sigue sonando, lacerante, llena de conmoción,
Vietnam llora.
La campana se oye de nuevo, vibrante, patética,
Vietnam triunfa.
La campana vuelve a tocar, cristalina, Vietnam espera.

Tú tienes una patria, Vietnam.
Un país muy querido,
que a través de los siglos
es tu orgullo, tu gozo,
ama sus montañas y sus ríos,
sus paisajes de brocado y de raso,
ama su historia gloriosa,
ama a su pueblo laborioso,
ama a sus heroicos defensores.

Los ríos corren impetuosos
como corre la sangre de su pueblo,
sus montañas son elevadas,
pero más elevados aún son los huesos
que allí se amontonan.
¡La tierra es estrecha, pero amplia tu ambición,
Pequeño País tantas veces nombrado!

Ayuda a tu patria con toda tu alma séle fiel,
defiéndela con tu cuerpo y con tu sangre,
constrúyela con tu corazón y tu mente,
comparte el gozo de tus hermanos
y la tristeza de tu pueblo.

Un Vietnam, un pueblo,
un alma,
una cultura,
una tradición.

¡Católico vietnamita!
¡Ama mil veces tu patria!
El Señor te lo enseña,
la Iglesia te lo pide.
¡Que el amor por tu país, pueda ser un todo con la sangre
que corre por tus venas!

Oración

«He elegido a Jesús»

Catorce pasos del camino con Jesús

Señor Jesús, en el camino de la esperanza,
desde hace dos mil años,
tu amor, como una ola,
ha arrollado a tantos peregrinos.

Ellos te han amado con un amor palpitante,
con sus pensamientos,
sus palabras y sus acciones.
Te han amado con un corazón
más fuerte que la tentación,
más fuerte que el sufrimiento
y más aún que la muerte.

Ellos han sido en el mundo tu palabra.
Su vida ha sido una revolución
que ha renovado el rostro de la Iglesia.

Contemplando desde mi infancia,
estos fúlgidos modelos,
he tenido un sueño;
ofrecerte mi vida entera,
mi única vida que estoy viviendo,
por un ideal eterno e inalterable.

¡Lo he decidido!
Si cumplo tu voluntad,
Tú realizarás este ideal
y yo me lanzaré en esta
maravillosa aventura.

Te he elegido,
y nunca he tenido añoranzas.
Siento que Tú me dices:
«¡Permanece en mí.
Permanece en mi amor!».

Pero ¿podría permanecer en otro?
sólo el amor puede realizar
este misterio extraordinario.
Comprendo que Tú quieres toda mi vida.
«¡Todo! ¡Y por amor a ti!»

En el camino de la esperanza
sigo cada uno de tus pasos.

1. Tus pasos errantes que caminan hacia el establo de Belén.

2. Tus pasos inquietos en el camino a Egipto.

3. Tus pasos veloces a tu casa de Nazaret.

4. Tus pasos gozosos para subir con tus padres al Templo.

5. Tus pasos fatigados en los treinta años de trabajo.

6. Tus pasos solícitos
en los tres años de anuncio de la Buena Nueva.

7. Tus pasos ansiosos que buscan a la oveja perdida.

8. Tus pasos dolorosos al entrar a Jerusalén.

9. Tus pasos solitarios ante el pretorio.

10. Tus pasos pesados bajo la Cruz en el camino al Calvario.

11. Tus pasos fracasados,
muerto y sepultado,
en una tumba que no es tuya.

Despojado de todo,
sin vestidos, sin un amigo,
abandonado de tu Padre
pero siempre sometido al Padre.

Señor Jesús, arrodillado,
de tú a tú ante el tabernáculo, comprendo:
no podría elegir otro camino,
otro camino más feliz,
aunque, en apariencia,
hay otros más gloriosos.
Pero Tú, amigo eterno,
único amigo de mi vida,
no estás allí presente.
En ti está todo el cielo con la Trinidad,
el mundo entero y la humanidad entera.

Tus sufrimientos son los míos.
Míos todos los sufrimientos de los hombres.
Mío todo lo que no tiene paz ni gozo,
ni belleza ni comodidad ni amabilidad.
Mías todas las tristezas, las desilusiones,
las divisiones, el abandono, las desgracias.
Mío es todo lo tuyo, porque Tú tienes
todo lo que hay en mis hermanos, porque
Tú estás en ellos.
Creo firmemente en Ti, porque tú has dado

12. pasos de triunfo.
«Sé valiente. Yo he vencido al mundo».
Tú me has dicho:

13. «Camina con pasos de gigante.
Ve por todo el mundo,
proclama la Buena Nueva,
enjuga las lágrimas del dolor;
reanima los corazones desalentados,
reúne los corazones divididos,
abraza el mundo con el ardor de tu amor,
acaba con lo que debe ser destruido,
deja en pie sólo la verdad, la justicia,
el amor».

Pero, Señor, iyo conozco mi debilidad!
Líbrame del egoísmo,
de mis seguridades,
para que no tema el sufrimiento
que desgarra.
Soy muy indigno de ser apóstol.
Hazme fuerte ante las dificultades.
Haz que no me preocupe
de la sabiduría del mundo.
Acepto ser tratado como loco
por Jesús, María, José...
Quiero ponerme a prueba,
dispuesto a todas las consecuencias,
despreocupado de todas ellas,
porque me has enseñado
a afrontar todo.
Si me ordenas dirigir valerosos mis pasos
hacia la Cruz,
me dejaré crucificar.
Si me ordenas entrar en el silencio
de tu tabernáculo hasta el fin de los tiempos.

14. Entraré en él
con pasos aventurados.
Perderé todo:
pero me quedarás Tú.
Allí estará tu amor
para inundar mi corazón.
Mi felicidad será total..
Y por eso repito:
Te he elegido.
Sólo te quiero a Ti
y tu gloria.

En la residencia obligatoria
en Giang-xá (Vietnam del Norte),
19 de marzo de 1980, solemnidad de san José.