Capítulo VI

Primer pez:
María Inmaculada: mi primer amor

Por Cardenal Fco. Xavier Nguyen Van Thuan

A María encomiendo... las esperanzas y deseos de los jóvenes que, en cada rincón del mundo, repiten con Ella: «He aquí la sierva del Señor, hágase en mí según tu palabra» (cfr. Lc 1, 38)...

preparados para anunciar después a sus coetáneos, como los Apóstoles:«Hemos encontrado al Mesías» Un 1, 41).

«María Inmaculada mi primer amor»: este pensamiento es de Juan Bautista María Vianney, el cura de Ars. Lo leí en un libro de Francois Trochu, cuando yo estaba en el seminario menor.

Mi madre infundió en mi corazón este amor a María desde que era niño. Cada noche mi abuela,

después de las oraciones de familia, todavía reza un rosario. Le pregunté por qué: «Rezo un rosario pidiendo a María por los sacerdotes». Ella no sabe leer ni escribir, pero son estas mamás y estas abuelas las que han forjado la vocación en nuestros corazones.

María ha tenido un papel especial en mi vida. Fui arrestado el 15 de agosto de 1975, fiesta de la Asunción de María. Salí en el automóvil de la policía, con, las manos vacías, sin un centavo en el bolsillo, solo con el rosario, y estaba en paz. Esa noche en la larga carretera de 450 kilómetros, recité muchas veces el Acuérdate, oh piadosísima virgen María.

Me preguntaréis quizá, cómo me ayudo María a superar las abundantísimas pruebas de mi vida. Les contaré algunos episodios que permanecen aún muy vivos en mi memoria.

Cuando estudiaba en Roma siendo sacerdote, una vez, en septiembre de 1957, fui a la gruta de Lourdes para orar a la Virgen. La palabra que la Inmaculada dirigió a Bernadette me pareció que también estaba dirigida a mí: «Bernadette, no te prometo gozos y consolaciones en esta tierra, sino pruebas y sufrimientos». Acepté, no sin miedo, este mensaje. Después de haberme doctorado regresé a Vietnam como profesor, después fui rector del seminario, luego vicario general y obispo de Nhatrang desde 1967. Se podía decir que mi ministerio estaba coronado por el éxito, gracias a Dios.

Varias veces regresé a orar a la gruta de Lourdes. Me preguntaba con frecuencia: «¿Acaso las palabras dirigidas a Bernadette no serán para mí? ¿Son insoportables mis cruces de cada día? De cualquier manera, estoy dispuesto a hacer la voluntad de Dios».

Llegó el año de 1975 y con él el arresto, la prisión, el aislamiento y más de trece años de cautiverio. ¡Ahora comprendo que la Virgen quiso prepararme desde 1957!: «No te prometo gozos y consolaciones en esta tierra, sino pruebas y sufrimientos». Cada día comprendo más íntimamente el sentido profundo de este mensaje, y me abandono con confianza en las manos de María.

Cuando las miserias físicas y morales en la cárcel se hacían demasiado pesadas y me impedían orar, entonces decía el Ave María, repetía centenares de veces el Ave María; ofrecía todo en las manos de la Inmaculada, pidiéndole que distribuya gracias a todos cuantos las necesiten en la Iglesia. Todo con María, por María yen María.

No sólo pido a María su intercesion, sino con frecuencia también le pido: «Madre, ¿qué cosa puedo hacer por ti? Estoy listo para seguir tus órdenes, para realizar tu voluntad por el Reino de Jesús». Entonces invade mi corazón una inmensa paz, no tengo miedo.

Cuando oro a María no puedo olvidar a san José, su esposo: es un deseo de María y de Jesús, que tienen un amor grande a san José, por razones especialísimas.

María Inmaculada no me ha abandonado. Me ha acompañado a lo largo de todo mi camino en las tinieblas de las cárceles. En esos días de pruebas indecibles, oré a María con toda simplicidad y confianza: «¡Madre, si ves que ya no podré ser útil a tu Iglesia, concédeme la gracia de consumar mi vida en la prisión. Pero, en cambio, si tú sabes que todavía podré ser útil a tu Iglesia, concédeme salir de la prisión en un día que sea fiesta tuya!».

Un día de lluvia, mientras preparaba mi comida, oí sonar el teléfono de los guardias. «¡Quizá esta llamada es para mí! Y, verdaderamente, hoy es 21 de noviembre, fiesta de la Presentación de María en el Templo».

Cinco minutos más tarde llegó mi guardia:

— Señor Thuan, ¿ya comió?

— Todavía no, estoy preparando la comida.

— Después de comer, vístase bien y vaya a ver al jefe.

— ¿Quién es el jefe?

— No sé, pero me dijeron que se lo avisara.

— ¡Buena suerte!

Un automóvil me condujo a un edificio en el que encontré al Ministro del Interior, es decir, de la policía. Después de los saludos de cortesía, me preguntó:

— ¿Tienes algún deseo que expresar? — Sí, quiero la libertad.

— ¿Cuándo?

— Hoy.

Se quedó muy sorprendido. Y le expliqué:

— ¡Excelencia, he estado en prisión por mucho tiempo, bajo tres pontificados, el de Pablo VI, el de Juan Pablo I y el de Juan Pablo II. Y además, bajo cuatro secretarios generales del Partido Comunista soviético: Breznev, Andropov, Chernenko, Gorbachov!

Él se rió e hizo una señal con la cabeza:

— ¡Es verdad, es verdad!

Y dirigiéndose a su secretario, dijo:

— Hagan lo necesario para acceder a su deseo.

De ordinario, los jefes tienen necesidad de tiempo para despachar al menos las formalidades. Pero en ese momento pensé:

— Hoy es la fiesta de la Presentación de la virgen. María me libera ¡Gracias a ti María!

El momento en que me siento más hijo de María es en la Santa Misa, cuando pronuncio las palabras de la consagración. Estoy identificado con Jesús, en la persona de Cristo.

Me preguntarán ustedes quién es María para mí en mi elección radical de Cristo. En la Cruz, Jesús dijo a Juan: «Ahí tienes a tu madre» (In 19, 27). Después de la institución de la Eucaristía el Señor no podía dejarme nada más grande que su Madre.

Para mí, María es como un evangelio viviente, «de bolsillo», de amplia difusión, más accesible que la vida de los santos. Para mí, María es mi Madre, que me dio Jesús. La primera reacción de un niño que siente miedo, que está en dificultades o sufre, es la de clamar: «mamá, mamá», esta palabra es todo para el niño.

María vive plenamente para Jesús. Su misión fue la de compartir su obra de redención. Toda su gloria le viene de Él. Es decir, mi vida no valdrá para nada si me separo de Jesús.

María no se preocupaba sólo por Jesús, sino que mostró su cuidado por Isabel, por Juan y por los esposos de Caná.

Me gustan mucho las palabras de santa Teresa del Niño Jesús: «Cómo deseo ser sacerdote para poder hablar de María a todos».

Primero recurría a María Madre del Perpetuo Socorro, ahora escucho a María que me dice: «Hagan todo lo que Jesús les diga» (Jn 2, 5) y con frecuencia pregunto a María: «Madre, ¿qué puedo hacer por ti?». Siempre permanezco niño, pero un niño responsable que sabe compartir las preocupaciones de su mamá.

La vida de María se resume en tres palabras: Ecce, Fiat, Magníficat (He aquí, Hágase, Glorifica).

«He aquí la esclava del Señor» (Lc 1, 38).
«Hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38).
«Glorifica mi alma al Señor» (Lc 1, 46).

Oración

María, mi Madre

María, Madre mía, Madre de Jesús, Madre nuestra, para sentirme unido a Jesús y a todos los hombres, mis hermanos, quiero llamarte Madre nuestra. Ven a vivir en mí, con Jesús tu Hijo amantísimo, este llamado de renovación total, en el silencio y en la vigilia, en la oración y en la ofrenda, en la comunión con la Iglesia y con la Trinidad, en el fervor de tu Magníficat, en unión con José, tu santísimo esposo, en tu humilde y amoroso trabajo de llevar a cabo el testamento de Jesús, en tu amor por Jesús y José, por la Iglesia y la humanidad, en tu fe inquebrantable en medio de tantas pruebas soportadas por el Reino, en tu esperanza —que actúa ininterrumpidamente— de construir un mundo nuevo de justicia y de paz, de felicidad y de verdadera ternura, en la perfección de tus virtudes, en el Espíritu Santo, para llegar a ser testigo de la Buena Nueva, apóstol del Evangelio.

Continúa, Madre, obrando en mí, orando, amando, sacrificándome; continúa haciendo la voluntad del Padre, continúa siendo la Madre de la humanidad. Continúa viviendo la Pasión y la Resurrección de Jesús. ¡Oh Madre, me consagro a Ti, todo a Ti, ahora y para siempre. Viviendo en tu espíritu y en el de José, viviré en el espíritu de Jesús, con Jesús, José, los ángeles, los santos y todas la almas. Te amo, Madre nuestra, y compartiré tu fatiga, tu preocupación y tu combate por el Reino del Señor Jesús. Amén!

En el aislamiento de Hanoi
(Vietnam del Norte), 1 de enero de 1986,
Solemnidad de María Madre de Dios.