Capítulo V

Quinto pan:
Amar hasta hacer la unidad
es el testamento de Jesús

Por Cardenal Fco. Xavier Nguyen Van Thuan

Queridísimos jóvenes, estáis llamados a ser testigos creíbles del Evangelio de Cristo, que hace nuevas todas las cosas... Os amaréis los unos a los otros

(Jn 13, 35); (Juan Pablo II, Mensaje para la XII Jornada Mundial de la Juventud, 1997, n. 8).

Una noche, cuando me encontraba enfermo en la prisión de Phú Khánh, vi pasar un policía y le grité:

«Por caridad, estoy enfermo, déme algo de medicina». Él me respondió: «Aquí no hay caridad ni amor, sólo hay responsabilidad». Esta era la atmósfera que se respiraba en la prisión.

Cuando me pusieron en un separo, primero me asignaron un grupo de cinco guardias: dos de ellos estaban siempre conmigo. Cambiaban a los jefes cada dos semanas a otro grupo para que yo no los «contaminara». Después decidieron no cambiarlos más, porque entonces ¡todos quedarían contaminados!

Al principio los guardias no me hablaban, respondía sólo «sí» o «no». Esto era verdaderamente triste; quería yo ser amable con ellos, pero era imposible, evitaban hablar conmigo. No tengo nada que regalarles: soy prisionero, hasta la ropa, toda, está marcada con grandes letra cai—tao, es decir, «campo de reeducacion». ¿Qué debo hacer?

Una noche me vino un pensamiento: «Francisco, tú todavía eres muy rico. Tú tienes el amor de Cristo en tu corazón. Ámalos como Jesús te ama. A la mañana siguiente empecé a amarlos, a amar a Jesús en ellos, sonriendo, intercambiando palabras amables. Entonces empecé a contarles de mis viajes al extranjero, de cómo viven en los países como Estados Unidos, Canadá, Japón, Filipinas, Singapur, Francia, Alemania... les platiqué sobre la economía, la libertad, la tecnología. Esto estimuló su curiosidad y los animo a preguntarme muchísimas cosas. Poco a poco nos hicimos amigos. Querían aprender lenguas extranjeras, francés, inglés... ¡Mis guardias se convirtieron en mis alumnos! Cambió mucho el ambiente de la prisión, mejoró mucho la calidad de nuestras relaciones. Hasta con los jefes de la policía. Cuando vieron la sinceridad de mis relaciones con los guardias, no solo me pidieron que continuara ayudándolos en el estudio de las lenguas extranjeras, me mandaron nuevos estudiantes.

Un día un jefe me preguntó:

— ¿Qué piensa usted del periódico El Católico?

— Ese periódico no hace bien ni a los católicos ni al gobierno más bien ha ampliado la fosa de separación.

— Porque se expresa mal; usan mal los vocablos religiosos, y hablan de manera ofensiva. ¿Cómo se podrá remediar esta situacion?

— Primero, hay que comprender bien qué significan las palabras, esa terminología religiosa... — ¿Puede usted ayudarnos?

— Sí, les propongo escribir un pequeño vocabulario del lenguaje religioso, de la A a la Z, y cuando tengan un momento libre les explicaré. Espero que así puedan comprender mejor la estructura, la historia, el desarrollo de la Iglesia, sus actividades...

Me dieron papel y escribí un vocabulario de 1,500 palabras, en francés, inglés, italiano, latín, español y chino, con las explicaciones en vietnamita. Así poco a poco, con la explicación, mi respuesta a las cuestiones sobre la Iglesia, y aceptando también las críticas, este documento llego a ser «una catequesis práctica».

Tenían mucha curiosidad en saber qué es un abad, un patriarca, cuál es la diferencia entre ortodoxos, católicos, anglicanos, luteranos; de dónde provienen los fondos financieros de la Santa Sede...

Este diálogo sistemático de la A a la Z ayudó a corregir muchos errores, muchas ideas preconcebidas; cada día se hizo más interesante y hasta fascinante.

En una ocasión me enteré que un grupo de 20 jóvenes de la policía estudiaba latín con un ex catequista, para tener capacidad de comprender los documentos eclesiásticos. Uno de mis guardias pertenecía a este grupo; un día me pidió si podía enseñarle un canto en latín.

— Hay tantos y tan hermosos, le respondí. — Usted cante y yo elijo, me propuso.

Canté Salve Regina, Veni Creator, Ave Maris Stella... ¿Pueden adivinar cuál canto eligió? El Veni Creator.

No puedo decir cuán conmovedor era oír cada mañana a un policía comunista bajar las escaleras de madera, hacia las 7, para ir a hacer gimnasia, y después lavarse cantando el Veni Creator en la prisión.

Cuando hay amor se siente el gozo y la paz, porque Jesús está en medio de nosotros. «Viste un sólo uniforme y habla una sola lengua: la caridad» (El camino de la esperanza, n. 984).

En las montañas de Viñh Phú, en la prisión de Viñh Quang, un día lluvioso tuve que cortar leña. Pregunté al guardia:

— ¿Puedo pedirle un favor?

— ¿Qué es? Lo ayudaré.

— Quiero cortar un pedazo de madera en forma de cruz.

— ¿No sabe que está severamente prohibido tener cualquier signo religioso?

— Lo sé, pero somos amigos, y prometo esconderla.

— Sería extremadamente peligroso para nosotros dos.

— Cierre los ojos, lo voy a hacer ahora y seré muy cauto.

Él se fue y me dejó solo. Corté la cruz y la tuve escondida en un pedazo de jabón hasta mi liberacion. Con un marco de metal, este pedazo de madera llegó a ser mi cruz pectoral. En otra prisión, pedí un pedazo de alambre eléctrico a mi guardia que ya se había hecho mi amigo. Él, asustado, me dijo:

— He estudiado en la escuela de policía que si alguno quiere un alambre eléctrico significa que quiere suicidarse.

Le expliqué:

— Los sacerdotes católicos no se suicidan. — Pero ¿qué va a hacer con un alambre eléctrico?

— Quiero hacer una cadenilla para llevar mi cruz.

— ¿Cómo puede hacer una cadena con un alambre eléctrico? Es imposible.

— Si me trae unas pinzas pequeñas se lo mostraré.

— ¡Es muy peligroso!

— ¡Pero somos amigos!

Dudó y luego dijo:

— Le responderé en tres días.

Después de tres días me dijo:

— Es difícil negarle a usted cualquier cosa. He pensado así: esta noche le traigo las pinzas pequeñas de las 7 a las 11 y tenemos que terminar el trabajo en este tiempo. Dejaré ir ami compañero a «Hanoi de noche». Si él nos viera tendríamos una denuncia peligrosa para los dos.

Cortamos el alambre en pedazos del tamaño de un fósforo, los enzarzamos... y antes de las 11 la cadena ya estaba hecha.

Esa cruz y esa cadena las llevo conmigo todos los días, no porque son un recuerdo de la prisión, sino porque indican una convicción mía profunda, son un constante reclamo para mí: sólo el amor cristiano puede cambiar los corazones, no las armas, las amenazas, los medios de comunicación.

Ha sido muy difícil para mis guardias comprender cómo se puede perdonar, amar a los enemigos, reconciliarse con ellos:

— ¿De veras nos ama?

— Sí, los amo sinceramente.

— ¿A pesar de que le hacemos mal? ¿Aun sufriendo por haber estado años en prisión sin haber sido juzgado?

— Piensen en los años en que hemos vivido juntos. ¡Realmente los he amado!

— Cuando quede en libertad, ¿no mandará a los suyos a hacernos el mal, a nosotros o a nuestras familias?

— No, continuaré amándolos, aunque me quisieran matar.

— Pero, ¿por qué?

— Porque Jesús me ha enseñado a amarlos. Si no lo hiciera, no sería digno de ser llamado cristiano.

No hay suficiente tiempo para contarles otras historias, muy conmovedoras, que son testimonios del poder liberador del amor de Jesús.

En el Evangelio, viendo Jesús a la multitud que lo seguía durante tres días, dijo: «Siento compasión de la gente» (Mt 15, 32) porque estaban «como ovejas que no tienen pastor» (Mc 6, 34)... En los momentos más dramáticos en la prisión, cuando estaba casi agotado y sin fuerza para orar ni meditar, busqué un modo para recuperar lo esencial de mi oración, del mensaje de Jesús y usé esta frase: «Vivo el testamento de Jesús», es decir, amar a los otros como Jesús me amó, en el perdón, en la misericordia, hasta la unidad, como oró Él: «Que todos sean uno como Tú, Padre, en mí y yo en ti» (Jn 17, 21). He orado con frecuencia: «Vivo el testamento de amor de Jesús». Quiero ser el muchacho que ofreció todo lo que tenía. Casi nada, cinco panes y dos peces, pero era «todo» lo que tenía, para ser «instrumento del amor de Jesús».

Queridos jóvenes, el Papa Juan Pablo II les lanza su mensaje: «Encontraréis a Jesús allí donde los hombres sufren y esperan: en los pequeños pueblos diseminados en los continentes, aparentemente al margen de la historia, como era Nazaret cuando Dios envió su Ángel a María; en las grandes metrópolis donde millones de seres humanos frecuentemente viven como extraños... Jesús vive junto a nosotros... su rostro es el de los más pobres, de los marginados, víctimas casi siempre de un modelo injusto de desarrollo, que pone el beneficio en el primer puesto y hace del hombre un medio en lugar de un fin... Jesús vive entre los que le invocan sin haberlo conocido... Jesús vive entre los hombres y las mujeres 'que se honran con el nombre de cristianos'... En vísperas del tercer milenio, cada día es más urgente reparar el escándalo de la división entre los cristianos» (Mensaje para la XII Jornada Mundial de la Juventud, 1997, n. 4 y 5).

El más grande error es el no darse cuenta que los otros son Cristo. Hay muchas personas que no lo descubrirán sino hasta el último día.

Jesús fue abandonado en la Cruz y ahora lo sigue estando en el hermano y en la hermana que sufre en cualquier rincón del mundo. La caridad no tiene límites; si los tiene no es caridad.

Oración

Consagración

Padre de inmenso amor, omnipotente, fuente de mi esperanza y de mi gozo.

1. «Todo lo mío es tuyo» (Lc 15, 31). «Pidan y se les dará» (Mt 7, 7).

Padre, creo firmemente que tu amor nos sobrepasa infinitamente. ¿Cómo puede el amor de tus hijos competir con el tuyo?

¡Oh! ¡La inmensidad de tu amor paterno! Todo lo tuyo es mío: Me has aconsejado orar con sinceridad. Por eso me confío a Ti, Padre lleno de bondad.

2. «Todo es gracia». «Su Padre sabe lo que ustedes necesitan antes de que se lo pidan» (Mt 6.8).

Padre, creo firmemente que desde siempre has ordenado todas las cosas para nuestro mayor bien. No dejas de guiar mi vida. Me acompañas en cada uno de los pasos de mi vida. ¿Qué puedo temer? Postrado adoro tu voluntad. Me pongo totalmente en tus manos, todo viene de Ti. Yo, que soy tu hijo, creo que todo es gracia.

3. «Todo lo puedo en Aquel que me conforta» (Flp 4, 13). «Para alabanza de la gloria de su gracia» (Ef 1, 6).

Padre, creo firmemente que nada supera el poder de tu Providencia. Tu amor es infinito y yo quiero aceptar todo con corazón gozoso. Eterna es la alabanza y eterno el agradecimiento. Unidos a la Virgen María y asociando sus voces a las de todas las naciones, san José y los ángeles cantan la gloria de Dios por los siglos de los siglos. Amén.

4. «Hacedlo todo para gloria de Dios» (1 Co 10, 31). «Hágase tu voluntad» (Mt 6, 10).

Padre, creo firmemente y sin dudar que Tú obras y actúas en mí. Soy objeto de tu amor y de tu ternura. ¡Realiza en mí todo lo que puede darte aún más alabanza!

No pido otra cosa que tu gloria, esto basta para mi satisfacción y mi felicidad. Esta es mi más grande aspiración, el deseo más intenso del alma.

5. «¡Todo por la misión! ¡Todo por la Iglesia! Padre, creo firmemente que me has confiado una misión, toda ella marcada por tu amor. Me preparas el camino. Yo no dejo de purificarme y de afirmarme en esta decisión.

Sí, estoy decidido: seré una ofrenda silenciosa, serviré de instrumento en las manos del Padre.

Consumaré mi sacrificio, momento a momento, por amor a la Iglesia: «Aquí estoy, estoy listo».

6. «Ardientemente he deseado comer esta Pascua con ustedes» (Le 22, 15). «Todo está cumplido» Un 19, 30).

¡Amadísimo Padre! Unido al santo Sacrificio que continúo ofreciendo, me arrodillo en este instante y por Ti pronuncio la palabra que sube de mi corazón: «Sacrificio».

Un sacrificio que acepta la humillación como la gloria, un sacrificio gozoso, un sacrificio integral... Canta mi esperanza y todo mi amor.

Prisión de Phú Khánh
(Vietnam central),
1 de septiembre de 1976,
fiesta de los santos mártires vietnamitas.