Capítulo III

Tercer pan:
Un punto firme, la oración

Por Cardenal Fco. Xavier Nguyen Van Thuan

Aprended a escuchar de nuevo, en el silencio de la oración, la respuesta de Jesús: «Venid y veréis»

(Juan Pablo II, Mensaje para la XII Jornada Mundial de la Juventud, 1997, n. 2).

Después de mi liberación, muchas personas me han dicho: «Padre, en la prisión usted ha tenido mucho tiempo para orar». No es tan simple como se podría pensar. El Señor me ha permitido experimentar toda mi debilidad, mi fragilidad física y mental. El tiempo pasa lentamente en la prisión, particularmente durante el aislamiento. Imaginen una semana, un mes, dos meses de silencio... son terriblemente largos, pero cuando se transforman en años se hacen una eternidad. Un proverbio vietnamita dice: «Un día en prisión es como mil otoños fuera». ¡Hay días en que, al extremo del cansancio, de la enfermedad, no logro recitar una oración!

Me viene a la mente una historia, la del viejo Jim. Cada día, a las 12, Jim entraba a la Iglesia por no más de dos minutos y luego salía. El sacristán, que era muy curioso, un día detuvo a Jim y le preguntó:

— ¿A qué vienes cada día?

— Vengo a orar

— ¡Imposible! ¿Qué oracion puedes decir en dos minutos?

— Soy un viejo ignorante, oro a Dios a mi manera.

— Pero ¿qué dices?

— Digo: Jesús, aquí estoy, soy Jim. Y me voy.

Pasaron los años. Jim, cada vez más viejo, enfermo, ingresó al hospital, en la sección de los pobres. Cuando parecía que Jim iba a morir, el sacerdote y la religiosa enfermera estaban cerca de su lecho.

— Jim, dinos ¿por qué desde que tú entraste a esta sección todo ha mejorado y la gente se ha puesto más contenta, feliz y amigable?

— No lo sé. Cuando puedo caminar, voy por todas partes visitando a todos, los saludo, platico un poco; cuando estoy en cama llamo a todos, los hago reír a todos y hago felices a todos. Con Jim están siempre felices.

— Y tú, ¿por qué eres feliz?

— Ustedes, cuando reciben diario una visita, ¿no son felices?

— Claro. Pero ¿quién viene a visitarte? Nunca hemos visto a nadie.

— Cuando entré a esta sección les pedí dos sillas: una para ustedes, y otra reservada para mi huésped, ¿no ven?

— ¿Quién es tu huésped?

— Es Jesús. Antes iba a la Iglesia a visitarlo ahora ya no puedo hacerlo; entonces, a las 12, Jesús viene.

— Y, ¿ qué te dice Jesús?

— Dice: ¡Jim, aquí estoy, soy Jesús!...

Antes de morir lo vimos sonreír y hacer un gesto con su mano hacia la silla cercana a su cama, invitando a alguien a sentarse... sonrió de nuevo y cerró los ojos.

Cuando me faltan las fuerzas y no logro ni siquiera recitar mis oraciones, repito: «Jesús, aquí estoy, soy Francisco». Me entra el gozo y el consuelo, experimento que Jesús me responde: «Francisco, aquí estoy, soy Jesús».

Ustedes me preguntan: ¿cuáles son tus oraciones preferidas?

Sinceramente amo mucho las oraciones breves y sencillas del Evangelio:

«No tienen vino» (In 2,3).

«Magníficat...» (Lc 1, 46-55).

«Padre, perdónalos...» (Lc 23, 34).

«En tus manos encomiendo mi espíritu...» (Lc 23, 46).

«Que todos sean uno... tú, Padre, en mí» (Jn 7, 21).

«Ten compasión de mí, que soy pecador» (Lc 18, 13).

«Acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino» (Lc 23, 42-43).

Como no pude llevar conmigo la Biblia a la cárcel entonces recogí todos los pedacitos de papel que encontré y me hice una pequeña agenda y en ella escribí más de 300 fases del Evangelio; este Evangelio reconstruido y reencontrado ha sido mi vademécum diario, mi estuche precioso del cual saco fuerza y alimento mediante la lectio divina.

Me gusta hacer oración con la palabra de Dios completa, con las oraciones litúrgicas, los Salmos y los cánticos. Amo mucho el canto gregoriano, que recuerdo de memoria en gran parte. ¡Gracias a la formación del seminario estos cantos litúrgicos entraron profundamente en mi corazón! Luego, las oraciones en mi lengua nativa, que toda la familia ora cada tarde en la capilla familiar, oraciones conmovedoras que me recuerdan mi primera infancia. Sobre todo las tres avemarías y el Acuérdate, oh piadosísima virgen María, que mi mamá me enseñó a recitar en la mañana y en la tarde.

Como ya lo dije, estuve nueve años en aislamiento, vigilado por dos guardias. Caminaba todo el día para evitar las enfermedades causadas por la inmovilidad, como la artrosis; me daba masajes, hacía ejercicios físicos... oraba con cantos como el Miserere, Te Deum, Veni Creator y el himno de los mártires Sanctorum mentís. Estos cantos de la Iglesia, inspirados en la Palabra de Dios, me comunican un gran ánimo para seguir a Jesús. Para apreciar estas bellísimas oraciones fue necesario experimentar la oscuridad de la cárcel y tomar conciencia de que nuestros sufrimientos se ofrecen por la fidelidad a la Iglesia. Esta unidad con Jesús, en comunión con el Santo Padre y toda la Iglesia, la siento de manera irresistible cuando repito durante el día: «Por Él y con Él y en Él...».

Me viene a la mente la sencillísima oración de un comunista que primero fue un espía y después se hizo mi amigo. Antes de que él fuera liberado me prometió: «Mi casa dista 3 km del Santuario de Nuestra Señora de Lavang. Iré allá a orar por usted». Yo creía en su amistad, pero dudaba que un comunista fuera a orar a la Santísima Virgen. Pero un día, quizá seis años después, en mi aislamiento ¡recibí una carta suya! Escribió: «Querido amigo, te había prometido ir a orar por ti ante Nuestra.Señora de Lavang. Lo hago cada domingo, si no llueve. Tomo mi bicicleta cuando oigo sonar la campana. La basílica está totalmente destruida por el bombardeo, por eso voy al monumento de la aparición que aún permanece intacto. Oro por ti así: Señora, no soy cristiano, no conozco las oraciones, te pido que des al señor Thuan lo que él desea». Estoy conmovido hasta el fondo de mi corazón; ciertamente, la Señora lo escuchará.

En el Evangelio que estamos meditando, antes de realizar el milagro, antes de dar de comer a la gente hambrienta, Jesús quiere enseñarme: antes del trabajo pastoral, social, caritativo, es necesario orar.

Juan Pablo II les dice a ustedes: «Conversad con Jesús en la oración y en la escucha de la Palabra; gustad la alegría de la reconciliacion en el sacramento de la Penitencia; recibid el Cuerpo y la Sangre de Cristo en la Eucaristía... Descubriréis la verdad sobre vosotros mismos, la unidad interior y encontraréis al `Tú' que cure de las angustias, de las preocupaciones, de aquel subjetivismo salvaje que no deja paz» (Mensaje para la XII Jornada Mundial de la Juventud, 1997, n. 3).

Oración

Breves oraciones evangélicas

Pienso, Señor,
que Tú me has dado
un modelo de oración.
A decir verdad, no has dejado sino sólo uno:
el Padre Nuestro. Es breve,
conciso y denso.

Tu vida, Señor, es una oración, sincera y simple, dirigida al Padre. Tu oración
fue ocasionalmente larga,
sin fórmulas ya hechas,
como la oración sacerdotal
después de la Cena:
ardiente y espontánea.

Pero habitualmente, Jesús, la Virgen, los Apóstoles hacen oraciones breves, muy bellas, que asocian a su vida diaria. Yo, débil y tibio, amo estas oraciones breves ante el Tabernáculo, en el escritorio, por la
calle, solo. Mientras más las repito más me penetran. Estoy cercano a Ti, Señor.

Padre, perdónalos,
porque no saben lo que hacen

Padre, que sean uno.

Soy la esclava del Señor.
No tienen vino.

¡He ahí a tu hijo, he ahí a tu madre!

Acuérdate de mí,
cuando llegues a tu Reino. Señor,
¿qué quieres que haga?

Señor, tú sabes todo, Tú sabes que te amo.

Señor, ten piedad de mí, pobre pecador.

Dios mío, Dios mío,
¿por qué me has abandonado?

Todas estas breves oraciones, ligadas una a otra, forman una vida de oración. Como una cade na de gestos discretos, de miradas, de palabras íntimas, hacen una vida de amor. Nos conservan en un ambiente de oracion sin quitarnos de las tareas presentes, pero ayudándonos a santificar todas las cosas.

En el aislamiento en Hanoi (Vietnam del Norte), 25 de marzo de 1987, Fiesta de la Anunciación.