Capítulo I

Primer pan:
Vivir el momento presente

Por Cardenal Fco. Xavier Nguyen Van Thuan

¡A lo largo de los caminos de la existencia diaria es donde podréis encontrar al Señor!... Esta es la dimensión fundamental del encuentro; no se trata de hacer alguna cosa, sino con Alguien, con el Viviente.

(Juan Pablo II, Mensaje para la XII Jornada Mundial de la Juventud, 1997, n. 1).

Me llamo Francois Xavier Nguyen Van Thuan y soy vietnamita. En Tanzania y en Nigeria los jóvenes me llaman «Uncle Francis»; es más fácil llamarme «Tío Francisco» o, simplemente, Francisco.

Hasta el 23 de abril de 1975 fui, por ocho años, obispo de Nhatrang, en el centro de Vietnam, la primera diócesis que me fue confiada, donde me sentía feliz, y para la cual conservo siempre mi predilección. El 23 de abril de 1975 Pablo VI me promovió a arzobispo coadjutor de Saigon. Cuando los comunistas llegaron a Saigón, me dijeron que mi nombramiento era fruto de un complot entre el Vaticano y los imperialistas para organizar la lucha contra el régimen comunista. Tres meses después fui llamado al palacio presidencial para ser arrestado: era el día de la Asunción de la Santísima Virgen, 15 de agosto de 1975.

«Yo no esperaré. Voy a vivir el momento presente, colmándolo de amor»

Esa noche, en el trayecto de una carretera de 450 km, que me llevó al lugar de mi residencia obligatoria, me venían a la mente muchos pensamientos confusos: tristeza, abandono, cansancio, después de tres meses de tensiones... Pero en mi mente surgió claramente una palabra que dispersó toda la oscuridad, la palabra que monseñor John Walsh, obispo misionero en China, pronunció cuando fue liberado después de doce años de cautiverio: «He pasado la mitad de mi vida esperando». Es verdaderísimo: todos los prisioneros, incluido yo mismo, esperan cada minuto su liberación. Pero después decidí: «Yo no esperaré. Voy a vivir el momento presente, colmándolo de amor».

No es una inspiración improvisada, sino una convicción que he madurado durante toda la vida. Si paso mi tiempo esperando, quizá las cosas que espero nunca llegarán. La única cosa que con seguridad me llegará será la muerte.

En el pueblo de Cáy Vóng, donde se designó mi residencia obligatoria, bajo vigilancia abierta y oculta de la policía «confundida» entre el pueblo, día y noche me sentía obsesionado por el pensamiento: «¡Pueblo mío! ¡Pueblo mío que tanto amo: rebaño sin pastor! ¿Cómo puedo entrar en contacto con mi pueblo, en este momento en que tienen más necesidad de pastor?». Las librerías católicas fueron confiscadas, las escuelas cerradas; las religiosas y los religiosos que enseñaban fueron enviados a trabajar en los arrozales. La separación es un shock que me destruye el corazón.

«Yo no esperaré. Voy a vivir el momento presente, colmándolo de amor; pero ¿cómo?».

Una noche vino la luz: «Francisco, es muy simple, haz como san Pablo cuando estuvo en prisión: escribía cartas a varias comunidades». La mañana siguiente, en octubre de 1975, hice una señal a un niño de siete años, Quang, que regresaba de la Misa a las 5, todavía oscuro: «Dile a tu mamá que me compre bloques viejos de calendarios». Muy entrada la tarde, también en la oscuridad, Quang me trajo los calendarios, y todas las noches de octubre y noviembre de 1975 escribí a mi pueblo mi mensaje desde la cautividad. Cada mañana el niño venía a recoger las hojas para llevarlas a casa y hacer que sus hermanos y hermanas copiaran el mensaje. Así se escribio el libro El camino de la esperanza, que ha sido publicado en ocho idiomas: vietnamita, inglés, francés, italiano, alemán, español, coreano y chino.

La gracia de Dios me dio la energía para trabajar y continuar, aun en los momentos de más desesperanza. El libro lo escribí de noche en mes y medio, tenía miedo de no poder terminarlo: temía ser transferido a otro lugar. Cuando llegué al número 1001 decidí detenerme: fueron como «las mil y una noches»...

En 1980, en la residencia obligatoria de Gian-gxá, en el Vietnam del Norte, siempre de noche yen secreto, escribí mi segundo libro, El camino de la esperanza a la luz de la Palabra de Dios y del Concilio Vaticano II, después mi tercer libro, Los peregrinos del camino de la esperanza: «Yo no esperaré. Vivo el momento presente, colmándolo de amor».

Los Apóstoles habrían querido elegir el camino fácil: «Señor, deja ir a la multitud para que se aprovisione de alimento...». Pero Jesús quiere actuar en el momento presente: «Denles ustedes de comer» (Lc 9, 13). En la Cruz, cuando el ladrón le dijo: «`Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino'. Jesús le dijo: 'te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso'» (Lc 23, 42-43). En la palabra «hoy» sentimos todo el perdón, todo el amor de Jesús.

«Lo importante no es el número de acciones que hacemos, sino la intensidad del amor que ponemos en cada acción» - Madre Teresa de Calcuta

El padre Maximiliano Kolbe vivía este radicalismo cuando repetía a sus novicios: «Todo, absolutamente, sin condición». Escuché a Dom Helder Cámara decir: «La vida es para aprender a amar». Una vez la Madre Teresa de Calcuta me escribió: «Lo importante no es el número de acciones que hacemos, sino la intensidad del amor que ponemos en cada acción».

¿Cómo llegar a esta intensidad de amor en el momento presente? Pienso que debo vivir cada día, cada minuto, como el último de mi vida. Dejar todo lo que es accesorio, concentrarme sólo en lo esencial. Cada palabra, cada gesto, cada telefonema, cada decisión es la cosa más bella de mi vida, reservo para todos mi amor, mi sonrisa; tengo miedo de perder un segundo viviendo sin sentido...

Escribí en el libro El camino de la esperanza: «Para ti el momento más bello es el momento presente (cfr. Mt 6, 34; St 4, 13-15). Vívelo en la plenitud del amor de Dios. Tu vida será maravillosamente bella si es como un cristal formado por millones de esos momentos. ¿Ves cómo es fácil?» (El camino de la esperanza, 997).

Queridos jóvenes, en el momento presente Jesús tiene necesidad de ustedes. Juan Pablo II los llama insistentemente a hacer frente a los retos del mundo actual: «Vivimos en una época de grandes transformaciones, en la que declinan rápidamente ideologías que parecía que podían resistir el desgaste del tiempo y en el planeta se van modificando los confines y las fronteras. Con frecuencia la humanidad se encuentra en la incertidumbre, confundida y preocupada (Mt 9, 36), pero la Palabra de Dios no pasa; recorre la historia y, con el cambio de los acontecimientos, permanece estable y luminosa (Mt 24, 35). La fe de la Iglesia está fundada en Jesucristo, único salvador del mundo: ayer, hoy y siempre (Hb 13, 8)» (Juan Pablo II, Mensaje para la XII Jornada Mundial de la Juventud, 1997, n. 2).

Oración

Preso por Cristo

Jesús, ayer por la tarde, fiesta de la Asunción de María, fui arrestado.

Transportado durante la noche
de Saigón hasta Nhatrang,
a cuatrocientos cincuenta kilómetros de distancia,
en medio de dos policías,
he comenzado la experiencia de una vida de prisionero.

Tantos sentimientos confusos
hay en mi cabeza: tristeza, miedo, tensión,
mi corazón desgarrado por haber sido alejado de mi pueblo.
Humillado recuerdo las palabras de la Sagrada Escritura:
«Lo contaron entre los malhechores» (Lc 22, 37).
En automóvil he atravesado mis tres diócesis:
Saigón, Phanthiet, Nhatrang.
Con tanto amor a mis fieles, pero ninguno de ellos sabe que su pastor está pasando la primera etapa de su vía crucis.
Pero en este mar de extrema amargura me siento más libre que nunca.
No tengo nada, ni un sólo centavo, excepto mi rosario
y la compañía de Jesús y María. En el camino de cautividad he orado:
«Tú eres mi Dios y mi todo».

Jesús,
ahora puedo decir como san Pablo: «Yo, Francisco, prisionero de Cristo, ego Franciscus, vinctud Jesu Guisa pro vobis» (Ef 3, 1).

En la oscuridad de la noche,
en medio de este océano de ansiedad, de pesadilla,
poco a poco me despierto:
«Debo afrontar la realidad». «Estoy en la cárcel.
Si espero el momento oportuno de hacer algo verdaderamente grande, ¿cuántas veces en mi vida se me presentaron ocasiones semejantes?

No, aprovecho las ocasiones que se presentan cada día
para realizar acciones ordinarias
de manera extraordinaria».

Jesús,
no esperaré, vivo el momento presente, colmándolo de amor.
La línea recta está hecha de millones de pequeños puntos unidos uno a otro.
También mi vida está hecha de millones de segundos y de minutos unidos uno al otro.

Coloco perfectamente cada uno de los puntos y mi línea será recta.
Vivo con perfección cada minuto y la vida será santa.

El camino de la esperanza está pavimentado de pequeños pasos de esperanza.

Como tú, Jesús, que has hecho siempre lo que es agradable a tu Padre.
Cada minuto quiero decirte:

Jesús, te amo, mi vida es siempre una «nueva y eterna alianza> contigo.

Cada minuto quiero cantar con toda la Iglesia: Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo...

Residencia obligatoria Cáy Vóng (Nhatrang, Vietnam Central),
16 de agosto de 1975, día siguiente a la Asunción de María.